Quietismo de Miguel de Molinos


Miguel de Molinos ha pasado a la historia del Pensamiento español por fundar la corriente filosófica y espiritual heterodoxa denominada Quietismo, también llamado Molinismo. Fue teólogo, escritor místico y considerado un hereje.

MIGUEL DE MOLINOS

Miguel de Molinos Zuxia nació en Muniesa, provincia de Teruel, en 1628. A los 18 años comenzó a estudiar teología en el Colegio de San Pablo de la Compañía de Jesús, en Valencia. Tras ordenarse sacerdote el 21 de diciembre de 1652, fue confesor de monjas, perteneciendo al Colegio del Corpus Christi y a la Cofradía Escuela de Cristo, que fomentaba la reflexión espiritual.

En 1663, la Diputación valenciana le nombró postulador en Roma para promover un proceso de beatificación de Francisco Jerónimo Simón de Rojas. En esta ciudad transcurrió el resto de su vida, asentado en la iglesia agustina de San Alfonso, destacó como predicador, confesor, director espiritual y gran ascético iluminado. Llegó a convertirse en una de las figuras centrales de los círculos eclesiásticos e intelectuales de Roma. Aunque consiguió destacados adeptos, finalmente se hundió en el descrédito.

Fue figura eminente de un movimiento ligado con el Jansenismo, Carmelismo y Jesuitismo, pero al que Miguel de Molinos aportó originalidad, y lo llamó Quietismo. Escribió en prosa anterior a la decadencia de la época barroca, e incluso a la de Quevedo o Gracián, que recuerda la de fray Luis de León o San Juan de la Cruz. La doctrina Quietista está muy relacionada con el Budismo y su búsqueda del nirvana, existían ya antecedentes en las religiones orientales y en el Neoplatonismo, pero también estuvo influenciada por la obra de San Agustín.


ESCULTURA DE MIGUEL DE MOLINOS EN ZARAGOZA

Su Guía espiritual representó el último ejemplar de la tradición mística española, un auténtico "best-seller" de la época que se tradujo al latín, francés, holandés, alemán e inglés y del que se hicieron veinte ediciones en quince años. Fue publicada en italiano en Roma en 1675 con el significativo subtítulo de Que desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz.

Para el Quietismo molinista, existen dos vías para llegar a Dios: a través del discurso y la meditación; y mediante el recogimiento interior y la contemplación. Se trataba de una concepción dualista esotérico-elitista. Consideraba su modelo de fe era superior, el otro inferior; por ello lazó críticas contra el método escolástico y los padres espirituales, que defendían un tipo de fe conceptual y externa.

La doctrina molinista representa la autonegación del yo llevada a su máximo extremo: la aniquilación personal como espacio de relación con Dios. Para llegar a la paz interior, es necesario renunciar a la propia voluntad y someterse sin condiciones a la voluntad divina, eliminando todo vestigio de amor propio y de autoestima: “Esta hidra de siete cabezas del amor propio se ha de degollar para llegar a la cumbre del alto monte de la paz”. Quien ama a Dios no puede amarse a sí mismo: "No está la dicha en gozar sino en padecer con quietud y resignación".

Molinos definía como perfecta aniquilación a "tenerse en baja estima a sí mismo y a todas las cosas del mundo". El camino para llegar a la fusión con Dios es la nada: "Vístete de esa nada y de esa miseria, y procura que esa miseria y esa nada sea tu continuo sustento y morada". La elección voluntaria del no-ser o del no-yo es la culminación del verdadero ser: "Por el camino de la nada has de llegarte a perderte en Dios, que es el último grado de la perfección".

En definitiva, el mejor camino para llegar a Dios y encontrar la felicidad es no hacer nada: el alma tiene que estar pura y sin pecado, aligerada de toda preocupación o meditación, y para ello debe estar quieta. Este vacío del espíritu es el camino más corto para llegar a Dios, y este se encargará de hacer lo demás.


GUÍA ESPIRITUAL

La influencia del Quietismo se extendió por naciones católicas y protestantes. Tan curiosa doctrina sobre la oración mental ganó numerosos adeptos, y no sólo en los conventos. Fue recibido por personalidades de su época, como el general de la Compañía de Jesús, Paolo Oliva, se hizo amigo del papa Inocencio XI, y mantuvo correspondencia con la reina Cristina de Suecia.

El Quietismo repercutió sobre todo en Italia, donde Molinos consiguió ganarse la amistad de los cardenales Casanata, Carpegna, Azzolini y D´Estress, siendo este último más tarde su enemigo, y tuvo como seguidores a Leandro Coloredi, Cíceri y Petrucci, obispo de Jesi. En Francia difundieron el Quietismo el padre François Lacombe, madame Jeanne-Marie Guyon y el escritor Fénelon, que apoyó las doctrinas de Molinos sobre el amor divino. En Inglaterra la Guía espiritual ejerció una notable influencia sobre el movimiento cuáquero, y en Alemania sobre el místico August Hermann Francke.

A pesar de que en el extranjero lograse bastante notoriedad, Molinos no tuvo la misma reputación en España. El historiador Marcelino Menéndez Pelayo lo llamó "clérigo oscuro" en su Historia de los heterodoxos españoles. Siglos más tarde, el Quietismo influyó en José Ángel Valente, que inspiró su poesía del silencio en algunos postulados de Molinos, y en el escritor portugués Miguel Torga.

MIGUEL DE MOLINOS

Fuera del contexto teológico, en su Dictionnaire Historique et Critique de 1697, Pierre Bayle lo consideró un antecedente de la Ilustración, efectuando una descalificación del pensamiento oriental sobre la base de homologarlo al Quietismo. La filosofía de Schopenhauer y su crítica a la voluntad como la encarnación del mal están muy cerca del Quietismo molinista. También existe una relación entre la sublimación molinista de la nada y la ontología existencial de Heidegger, aunque éste designe lo realmente auténtico no en ser-nada, sino como ser-para-la muerte.

Los miembros de la Compañía de Jesús, cada vez más reacios a aceptar la experiencia mística como vía legítima del conocimiento de Dios, establecieron una campaña difamatoria contra Molinos. Fue el método de unión mística basado en la aniquilación, el recogimiento, la muerte mística, la oración de quietud y la suspensión de palabra y entendimiento, lo que cayó bajo sospecha teológica. Se estaban enfrentando dos conceptos de espiritualidad: el contemplativo molinista y el discusivo jesuita.

En 1678, movidos en parte por la envidia, los jesuitas Gotardo Bell´Uomo y Paolo Segneri criticaron las teorías molinistas, incluyeron sus obras en el Índice de libros prohibidos de 1681 y pusieron sobre aviso a la Inquisición. Para hacer frente a las acusaciones, en 1680 Molinos escribió Defensa de la contemplación, que no pudo ser editada. Escribió además La devoción de la buena muerte (Valencia, 1662) y Cartas a un caballero español desengañado para animarle a tener oración mental (Roma, 1676).

La Guía espiritual fue también denunciada por el cardenal d´Estrées, embajador en Roma del rey Luis XIV, que consideraba a los quietistas partidarios de la Casa de Austria y enemigos de Francia. Molinos fue detenido por la Inquisición el 18 de julio de 1685 y su proceso se prolongó dos años ante la dificultad de hallar pruebas incriminatorias sobre las supuestas desviaciones doctrinales de su Guía espiritual.

El 13 de septiembre de 1687 tuvo lugar el acto de abjuración solemne en la iglesia de Santa María Sopra Minerva. Bajo tortura y ante 23 cardenales, pidió perdón y confesó cualquier cosa que le imputaban. Fue condenado por "inmoralidad y heterodoxia" a prisión perpetua. Conducido de la mazmorra a un monasterio en Roma, Molinos moría el 28 de diciembre de 1696.

El 20 de noviembre de 1687, Inocencio XI publicaba la bula Coelestis Pastor condenando 68 proposiciones molinosistas de la Guía Espiritual por heréticas, blasfemas, subversivas, inmorales e incitar al pecado sexual.

El argumento teológico más reiterado es el de la inmoralidad y la incitación al pecado, es decir, al deseo sexual. Acusaba a Molinos de promover una espiritualidad que dejaría en suspenso, en virtud de la apelación a la quietud, la responsabilidad moral, que derivaría hacia la irresponsabilidad moral del pecado sexual. En síntesis, los tres principales argumentos serían los siguientes:
1. encarnar la tendencia natural a evitar esfuerzos y práctica de virtudes.
2. exagerar la gracia divina y la pasividad espiritual, hasta el punto de eliminar la voluntad, el esfuerzo y la responsabilidad, lo que conduciría a la ociosidad espiritual.
3. modificar el carácter de la unión mística, derivando hacia una especie de panteísmo donde no queda definido el límite entre el hombre y Dios.
En 1695, una ola de anti-misticismo, encabezada por Boussuet, condenaba en Francia la doctrina del Quietismo y perseguía a todos sus fieles.

DEFENSA DE LA CONTEMPLACIÓN

Instituciones políticas del Reino hispano-visigodo


Las sucesivas oleadas de invasiones germánicas en el Imperio romano comenzaron en el siglo I d.C., pero fueron contenidas casi todas por los ejércitos; fue pues la paulatina debilidad del Imperio la que permitió que estas invasiones fueran cada vez más numerosas, y tuviesen más éxito.

La muerte del emperador Teodosio, en 395, fue un acontecimiento decisivo, pues a partir de entonces los germanos invadieron el Imperio cruzando el Rhin y el Danubio.

En 409,  suevos, vándalos y alanos, empujados por los hunos de Atila, penetraron en la provincia de Hispania. Y en 414, penetraron también los visigodos, al frente de Ataúlfo, que estableció su capital en Barcelona. Los suevos se extendieron por Galicia, los alanos por Lusitania y los vándalos por Bética, dentro de una Hispania en descomposición interna.

En 476, el Imperio romano de Occidente se desvanecía debido a la fuerza de las invasiones de los pueblos bárbaros. Tras más de un siglos de luchas entre etnias bárbaras, los visigodos llegaron a unificar casi todo el territorio de la península Ibérica, expulsando al resto de tribus hacia África y derrotando a los bizantinos que se habían asentado en parte sureste.

La condición de pueblo nómada de los visigodos y el predominio de su actividad militar determinaron la estructura social hispano-visigoda, constituyéndose como una superestructura de una nobleza militar de unos doscientos mil bárbaros que se distanciaba de la población autóctona de unos cuatro millones de hispanorromanos.

El rey Leovigildo fundó el Reino hispano-visigodo con capital en Toledo en 573, reuniendo bajo su poder la mayor parte del territorio de la antigua provincia romana de Hispania, en un Estado independiente. La fusión ética entre visigodos e hispanorromanos mediante la legalización de los matrimonios mixtos permitió una mayor cohesión social y estabilidad política que duró hasta la invasión musulmana de 711.



LA CONVERSIÓN DE RECAREDO, POR MUÑOZ DEGRAIN

 
Por otro lado, el elemento religión fue fundamental en el asentamiento y desarrollo del reino. Los visigodos fueron un pueblo creyente en el Arrianismo (doctrina de Arriano), una herejía que había tenido gran importancia en épocas pasadas, y conservaron como una característica más de su personalidad étnica. Sin embargo, la realidad política convenció a los monarcas de la necesidad de una unificación religiosa, que se efectuó por la conversión al rito de Nicea. El rey Recadero abrazó el Cristianismo de la Iglesia católica en el III Concilio de Toledo, celebrado el 8 de mayo del 589, considerado como el acto fundacional del reino católico visigodo de España. Recadero presentó ante la asamblea un texto escrito por él mismo, demostrativo de la acción de la corona, de la noble y el clero godo y del pueblo de adjurar del Arrianismo para abrazar la fe católica. Aquella intensas sesiones de trabajo estuvieron supervisadas por el obispo San Leandro y el abad Eutropio, auténticos promotores espirituales, reunidos junto a 72 obispos.

Las resoluciones aprobadas en el concilio dirigieron la organización religiosa, la estructura estatal y la vida social del pueblo hispanovisigodo. Se reconoció al rey para ocuparse del gobierno y religión. Se concedían funciones conjuntas a obispos y jueces, dejando para los primeros el control e inspección de los segundos sobre su actuación en las provincias administrativas donde trabajaban funcionarios del patrimonio fiscal. Con esta medida se intentaba eliminar la corrupción judicial existente en muchas zonas del reino.

El III Concilio de Toledo dimensionó la estructura del Estado visigodo. Sus decisiones pasaron a ser ley al quedar articuladas y escritas, y resultaban ser de la conformidad y aprobación real tras publicarse un edicto de confirmación del concilio.

Esta unidad religiosa condujo a una estrecha relación entre la Iglesia y la Monarquía, fortaleciéndose ambas por medio de esta dependencia, y se hizo especialmente acusada en la crisis de la Monarquía. Tras años manteniendo su tradición y sus ideas heréticas, los visigodos terminan adoptando como suyo el patrimonio y legado hispanorromano. La cultura clásica grecorromana acabó triunfando sobre la germánica.

A partir de la conversión al cristianismo, alcanzaron extraordinaria importancia política los Concilios de la Iglesia Nacional, que se reunían desde la época romana: Elvira (300), Córdoba (330), Zaragoza (380), Toledo I (397), etc. La serie visigoda de los Concilios de Toledo abarcó desde el III (589) hasta el XVIII (702).

Simples asambleas eclesiásticas en su origen, se convirtieron desde el 589 en uno de los órganos fundamentales del Estado visigodo. Correspondía al rey la convocatoria y apertura de los concilios, rodeado de miembros del Aula Regia. Las sesiones comenzaban con la lectura temporal del Tomo Regio (mensaje real), resumen de las cuestiones temporales y espirituales a tratar, y finalizaban con la sanción real de los acuerdos, que de este modo se convertían en leyes civiles. Los concilios no sólo se limitaron a la actividad legislativa, sino también a la confirmación de ciertos actos del rey e incluso la legalidad de la ascensión al trono.


WAMBA RENUNCIANDO A LA CORONA, POR RIBERA Y FERNÁNDEZ


El 5 de diciembre de 633 sesenta y ocho obispos de toda España se reunieron en la basílica de Santa Leocadi para celebrar el IV Concilio de Toledo, auspiciada por San Isidoro de Sevilla. Durante la unión se acordaron nuevas medidas que regularan la elección monárquica, acordando que la llegada al trono de Sisenando era justa y necesaria, y marcaron las directrices sobre cómo se debería gobernar el Estado visigodo en años venideros.

Este cónclave sirvió para unificar las posiciones defendidas por aristocracia e iglesia, en detrimento del poder del rey que, desde entonces, sufriría un declive ante la abolición de cualquier posibilidad de sucesión dinástica y dejando la elección del rey en manos de nobles y obispos. La Iglesia mantenía cierta autonomía en relación a las decisiones gubernamentales. El Estado visigodo nunca fue teocrático, pero desde el IV Conclio de Toledo, el rey quedaba vinculado a las medidas que se adoptasen en los concilios. En estos podían participar miembros de la alta nobleza, así como grandes terratenientes elegidos por su peso específico en la corte.

En los V y VI Concilios de Toledo, convocados por el rey Chintila, se intentó redefinir la figura del rey con leyes nuevas que prohibían el atentado contra el monarca, aseguraron las herencias para nobles y cargos públicos, así como la seguridad para fieles servidores leales a reyes anteriores.

El VIII Concilio de Toledo fue convocado bajo el reinado de Recesvinto el 16 de diciembre del 653, en la iglesia de los Santos Apóstoles. Se reunieron sesenta y dos obispos y delegados, además de ilustres seglares, principalmente condes, que participaron por primera vez en las decisiones conciliares. La más importantes fue la aprobación del Liber Iudiciorum, un compendio de leyes que afianzaba el proceso de unificación poblacional entre godos e hispanos. Dos nuevos concilios toledanos se organizaron en el reinado de Recesvinto, el IX fue como un sínodo de la provincia cartaginense, y el X como consecuencia de las disputas entre la monarquía cada vez más fuerte y una iglesia dispuesta a mantener su supremacía. 

 
CONCILIO DE TOLEDO, CÓDICE VIRGILIANO

Humanismo patriótico de Alfonso García Matamoros


Humanista, retórico, profesor de gramática del siglo XVI en pleno Renacimiento español


UNIVERSIDAD DE ALCALÁ DE HENARES


Alfonso García Matamoros nació en Villarasa (Huelva) en 1490, aunque fue llamado "hispalense", por haberse naturalizado en la capital andaluza. Después de cursar estudios primarios en Sevilla y superiores en Valencia, fue requerido para dirigir el estudio de gramática en Játiva desde 1531 hasta 1540.

Desde 1542 y durante veintidós años, estuvo a cargo de la cátedra de Retórica de la Universidad de Alcalá de Henares, uno de los principals focos humanistas españoles de su época. Entre sus alumnos estuvo por ejemplo, Benito Arias Montano. Posteriormente, fue canónigo de la Catedral de Sevilla. Murió en 1572.

El humanismo de Alfonso García Matamoros participó del patriotismo de obras como Generaciones y semblanzas de Fernán Pérez de Guzmán, o Claros varones de Castilla de Hernando del Pulgar. Consideraba que el saber distingue al ser humano de los animales, aproximando la vida especulativa a la activa, y buscando virtudes morales e intelectuales, con apego a la antigüedad hebrea y a la Biblia.

Fue un ferviente seguidor de Erasmo de Rotterdam y mantuvo estrechas relaciones con los humanistas de su siglo. Entre sus amistades figuró Juan Téllez Girón, conde de Ureña, a quien está dedicada su principal apología.


DE RATIONE DICENDI LIBRI DUO


Entre su extensa obra humanística destaca su famosa apología de la nación español Laus Hispaniae (De adserenda Hispanorum eruditione, sive De viris Hispaniae doctis narratio apologetica), escrita en esa ciudad en 1553, con el patriótico fin de acabar con el desprecio que tenían algunas naciones de Europa a los humanistas españoles, fruto de ligerezas e injusticias. Este opúsculo es una mezcla de leyendas, fábulas, anécdotas y literatura culta y popular, para dar amenidad a la exposición de lo que han supuesto las letras españolas a lo largo de la Historia. El autor demuestra un buen conocimiento de Cicerón, Virgilio, Plauto y Tácito entre los escritores romanos, y entre los griegos cita también a Homero, Aristóteles y Platón, y a los Padres de la Iglesia.

En 1558, publicó el discurso que pronunció en la investidura de Diego Sobaños como doctor y, en 1559, empezaron sus ataques de reúma crónico, de los que se lamentaba todavía en el prólogo a su De tribus dicendi generibus, de 1569.

Otras obras suyas fueron In Aelii Antonii Nebrissensis Grammaticae IV librum scholia (Valencia, 1539); De ratione dicendi libri duo (Alcalá de Henares, 1548); Methodus constructionis (Alcalá de Henares, 1553); y Methodo concionnandi liber urnus (Alcalá de Henares, 1570). En Opera Omnia fue reunida y editada toda su obra (Madrid, 1769).


EDICIÓN MODERNA DE OPERA OMNIA

Conciencia e Identidad española en la Edad Media

Los distintos reinos de España, que nacieron como focos de resistencia frente al poder musulmán, se desarrollaron separadamente y crearon instituciones jurídicas y estatales diferentes. Este fue un hecho natural y universal en la Europa medieval. España, en cambio, experimentó una unidad meta-política, consecuencia de la lucha contra un enemigo común definido por un antagonismo religioso.

Los reinos cristianos hispánicos no siempre disfrutaron de paz entre sí, luchando en varias ocasiones entre ellos por ambiciones de los reyes, por conflictos territoriales y por la hegemonía entre ellos, pero siempre pervivió, por encima de estas diferencias, la idea de ser todos ellos herederos de una España perdida en Guadalete y que todos estaban obligados a recuperar.

Los monarcas cristianos celebraron numerosos tratados para repartirse las tierras ganadas a los musulmanes, y lo que es más significativo, las que estaban aún por ganar, lo que demuestra su conciencia de estar embarcados en una empresa común. Es lo que hicieron, por ejemplo, en previsión de sus futuras conquistas Alfonso VII de Castilla y el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV en 1150. Un cuarto de siglo más tarde, en 1178, Alfonso II de Aragón y Alfonso VIII de Castilla celebraron un nuevo tratado ratificando y actualizando el anterior. Y en 1244 lo volvieron a hacer Jaime I de Aragón y Alfonso X de Castilla. Se trataba de una conciencia común basada en un derecho y una obligación de conquistar unas tierras que se consideraban propias e irrenunciables.

No hay otros casos en la historia de Europa en el que unos territorios medievales surgidos de la fragmentación señorial y territorial causada por el desmoronamiento de un reino, encaucen su devenir histórico, a pesar de las rivalidades propias del medievo europeo, hacia una tarea común y hacia una progresiva reunificación, concebida desde siglos antes de Isabel y Fernando como el remedio al mal que significaba la partición de los reinos. Por ejemplo, en el prólogo de la Estoria de Espanna de Alfonso X el Sabio, escrita en el siglo XIII, se anunciaba el propósito de explicar el devenir histórico de España, entre lo que se encontraba la caída del Reino visigodo y la conquista musulmana "y del daño que vino a ella por partir los reinos, por lo que no se pudo recobrar más pronto".

La consecuencia de la invasión musulmana fue el fraccionamiento de la Hispania visigoda. En varios lugares del norte fueron surgiendo núcleos de resistencia cristiana que, con el paso de los años, fueron afirmándose como unidades políticas independientes, con distintos desarrollos jurídicos, instituciones y lingüísticos. De haber continuado existiendo el Reino visigodo la fragmentación jurídica probablemente no se hubiera dado en tal medida y también probablemente las variantes lingüísticas fueron surgiendo en nuestra difícil geografía habrían coexistido con alguna lengua romance que, por ser la propia de la administración, habría cumplido la función de lengua franca, como, por otra parte, acabó sucediendo con el céntrico castellano.
 
La común tarea reconquistadora acabó conduciendo a una progresiva cohesión hasta su unificación con los Reyes Católicos. Pero, a pesar de la fragmentación, unía a dichos reinos hispánicos independientes:
- un origen étnico común, formado por la fusión de las poblaciones que habían habitado desde tiempos prerromanos hasta la Edad Media;
- un origen estatal común, pues llevaban siglos formando parte de una única comunidad política, común provincia del Imperio y como Reino visigodo;
- una herencia cultural de la romanidad;
- una historia compartida hasta el 711;
- una tradición jurídica común, el Fuero Juzgo, basada en el Liber Iudiciorum hispano-visigodo, que no sólo estuvo vigente en León, Aragón o Cataluña, sino que hasta siguió rigiendo a la comunidad mozárabe muchos siglos después de la conquista musulmana, dando testimonio de la unidad cultural y política previa, que se prolongó mediante la unidad jurídica y que fue invocada como la "costumbre de España" sin importar de qué territorio se tratase;
- una lucha común de enfrentamiento contra el Islam;
- una religión oficial, el Cristianismo, factor identitario esencial por encima de cualquier otro;
- un sentimiento compartido de ser los legítimos herederos del Reino hispánico desaparecido en Guadalete.

El lamento por la España perdida en Guadalete, ya encontrada en la Crónica mozárabe del año 754, fue compartido por todos los peninsulares, de una punta a la otra:
"¡Ay dolor! …este reino tan noble, tan distinguido, blandida contra sí mismo la propia espada… se derrumbó en los prolegómenos de un solo ataque. Y fueron conquistadas las ciudades de España… Apenas queda quien llore lo que destruyó el golpe de la muerte, quien grite ya sin vida a los caminantes: Mirad si hay un dolor como el mío. Su voz se oye como de ultratumba y su palabra resuena como desde el fondo de la tierra. España llora a sus hijos y no puede ser consolada porque no hay quien lo haga… ¿Qué calamidades no recayeron sobre España?... ¿Quién suministrará agua a mi cabeza y una fuente de lágrimas a mis ojos para que pueda llorar la ruina de los hispanos y la calamidad del pueblo de los godos?"

RODRIGO XIMÉNEZ DE RADA

El mismo lamento por la pérdida de España fue recogida por el navarro Rodrigo Ximénez de Rada (1170-1247), arzobispo de Toledo, en su Historia de los hechos de España, libro III, capítulos XXI y XXII:
"Castilla, Portugal, Navarra y Aragón son independientes, pero partes de un todo superior que es algo más que la geografía o que el eco histórico de lejanas latinidades: una comunidad de sentimientos, de intereses y de cultura. Sólo los que forman esos pueblos españoles tienen derecho a ocupar el suelo peninsular; hijos del mismo padre, cada uno es dueño de una parte de la herencia, pero la herencia debe ser solamente patrimonio de ellos. Todo tercero que ocupe alguna parte y que se apropie de tierra hispana es un usurpador y los cuatro pueblos hermano deben unirse para expulsarle de los dominios heredados."

Unas décadas más tarde, el dolor por la España perdida fue recogido casi textualmente por la Estoria de Espanna, escrita por Alfonso X el Sabio. Aquella idea de la patria común perdida, el mismo sentimiento de herencia y la misma exigencia de recobrar lo perdido movió a castellanos, leoneses, aragoneses, portugueses, navarros y catalanes:
"Ca esta nuestra historia de las Espannas general la levamos, nos, de todos los reyes et de todos los sus fechos que acaescieron en el tiempo pasado, et de los que acaescen en el tiempo present en que agora somos, tan bien de moros como de cristianos et aun de judios si y acaesciere."

Según la epístola de Historias e conquestas dels excellentissims e catholic Reys de Aragó e de lurs antecessors, los comptes de Barcelona, escrita en 1495 por el catalán Pere Tomich autor de la primera mitad del siglo XV, escribió sobre el rey Rodrigo y el conde Julián que: "ab lurs enormes peccats perderen, ¡o, dolor!, la Espanya: los comtes e reys ab lurs inmortals virtuts la recobraren."

Con ocasión de la guerra contra los almohades por la conquista de Al-Ándalus aún en poder islámico, el papa Honorio III, en su epístola decretal a Fernando III de Castilla (1225), le dijo:
"Aunque el negocio de que se trata contra los sarracenos de España lo sea de todos los fieles, no es dudoso, sin embargo, que os incumbe más especialmente a ti y a otros reyes de las Españas, porque ellos tienen ocupada tu tierra y la tierra de ellos, aunque en oprobio de toda la Cristiandad."


ALFONSO X EL SABIO

Es significativo que mientras los musulmanes introdujeron el nuevo topónimo de Al-Ándalus, todos los reinos cristianos surgidos durante los primeros siglos de la Reconquista se considerasen reinos españoles, por encima de sus territorios divididos, y sus reyes se llamasen reyes de España: Regnum Hispaniae, Reges Hispanici, Reges Hispaniae, etc.

La idea medieval de España hace referencia a una comunidad de identidad histórica, religiosa y cultural, que en su pasado visigótico había estado unida también políticamente. Los reinos cristianos son legítimos propietarios de las tierras de España, por ser todos ellos herederos por igual de la España previa a la conquista islámica. Existía entre ellos una solidaridad asentada sobre esa unidad histórico-religioso-cultural y esto les confería una identidad frente al Islam dentro de la Europa cristiana. 
En palabras del historiador moderno José Antonio Maravall Casesnoves, en su obra El concepto de España en la Edad Media, lo explicaba de esta manera:
"La Divisio Regnorum es un sistema, si no querido, por lo menos aceptado y que se mantiene de tal forma que se da, a la vez, una variedad de reinos y pluralidad de reyes con la conservación de una conciencia de unidad del que concomitantemente se llama Regnum Hispaniae."

Por ejemplo, en la Crónica de Alfonso III se pone en boca de Pelayo, en contestación a la intimación del traidor Oppas a rendirse antes de iniciar la batalla de Covadonga, su esperanza de llevar a cabo la "la salvación de España".

El anónimo autor del Poema del Mío Cid recordó la gloria póstuma del caballero castellano
Rodrigo Díaz de Vivar por haber casado a sus hijas con los reyes de Navarra y Aragón:
"Oy los reyes d'España sos parientes sona todos alcança onrra por el que en buena ora naçio."
Fernando III el Santo (1199-1252) en su lecho de muerte dirigió estas palabras a su hijo Alfonso X, recogidas en la Estoria de Espanna, escrita por iniciativa propia:
"Señor te dexo de toda la tierra de la mar acá, que los moros ganado ovieron del rey don Rodrigo de Espanna; et en tu señorío finca toda: la una conquerida, la otra tributada."

La Estoria de Espanna de Alfonso X el Sabio (1221-1284), también llamada Primera Crónica General recoge el permanente de recuerdo por parte de nuestros historiadores de la unidad moral y política perdida. En esta historia Alfonsina, escrita en 1270, trataba los valores humanos:
"Espanna sobre todas es engennosa, atrevuda et mucho esforzada en lid, ligera en affan, leal al sennor, afincada en estudio, palaciana en palabra, complida de todo bien; non a tierra en el mundo que la semeje en abondança, nin se eguale ninguna a ella en fortalezas et pocas a en el mundo tan grandes como ella. Espanna sobre todas es adelantada en grandez et mas que todas preciada por lealtad. ¡Ay Espanna! Non a lengua nin engenno que pueda contar su bien."

ALFONSO III EL GRANDE

El mismo Alfonso X, en una ocasión en que se vio en gran apuro frente a los moros de Murcia, pidió ayuda a su suegro Jaime I de Aragón (1208-1276). Con motivo de esta conquista ambos reyes estipularon el acuerdo de Almizra, en el cual se repartían los territorios conquistables por cada uno de los reinos, marcando los límites de cada área y obligándose ambas coronas a devolver las plazas que se ocupasen indebidamente. Según escribió el propio rey Jaume I el Conquistador en su Crónica de Jaume I, al encontrarse deliberando con sus caballeros sobre la necesidad de acudir en ayuda del rey castellano, intervino un fraile franciscano quien auguró que "el rey de Aragón que se llama Jaime salvará a España de los males que la amenazan".

La Crónica del reinado de Jaume I, que él mismo escribió y que comenzó mencionando a su santo patrón Santiago, se expresó del siguiente modo a sus barones sobre la colaboración de los soldados catalano-aragoneses en beneficio del Reino de Castilla, a propósito de una sublevación de moros andaluces y la invasión de los benimerines africanos: "… car nos ho fem la primera cosa per Deu, la segona por salvar Espanya, la terça qie nos e vos haiam tan bon preu e tan gran honor que per nos e per vos salvada Espanya." (... pues lo hacemos, en primer lugar, por Dios, en segundo para salvar a España, y en el tercero para que nos y vos tengamos gran mérito y buen renombre por haber salvado a España.)

Sobre su padre escribió: "Nostre pare lo Rey en Pere fo lo pus franch Rey que anch fos en Espanya"; y sobre su reino: "que es lo meylor Regne de Espaya".

El mismo Jaime I al salir en Lyon del concilio en el que se había ofrecido para ir en cruzada a Oriente, declaró: "Barons, anar nosem podem, que huy es honrada tota Espanya". (Barones, ya podemos marcharnos, que hoy ha sido honrada toda España).

Los "fechos de España", los "fets d’Espanya", constituyen una experiencia histórica común y general, dentro de la que se articulaban las demás, y de la cual cabe alcanzar un conocimiento válido en los asuntos que atañen a varios reinos. Así, en la Crónica de Jaume I, el rey de Navarra dice al de Aragón: "Rey, en los fets d’Espanya tinch jo molt a saber". Porque, en definitiva, si existe una historiografía española, existe también, como el cronista catalán Pere Tomich la llamó, una "Historia española".

Bajo el reinado de Jaume I surgió una gran literatura medieval en legua catalana. Además de la eminente figura de Ramón Llull, el propio rey fue el autor de la primera de la cuatro grandes crónicas de la literatura clásica catalana: el Llibre del fets, que es la Crónica de Jaume I; el Llibre del rei en Pere d´Aragó de Bernat Desclot; la Crónica de Ramón Muntaner; y la Crónica de Pedro III el Ceremonioso.

Pero también en tiempos de Jaume I era patente el bilingüismo en tierras de la Corona de Aragón. El romance castellano había suplantado al romance navarroaragonés y se había convertido en una lengua de relación o lengua franca entre los reinos hispánicos cristianos, gracias a la gran extensión y posición central del Reino de Castilla. La lengua castellana fue la utilizada por los reyes aragoneses en su correspondencia oficial tanto con los otros reyes cristianos como los musulmanes, como lo demuestran los documentos de aquellos siglos.

Los reyes aragoneses escribieron en latín, en catalán y en castellano, según quien fuese el destinatario, así como en su uso cortesano y parlamentario. Según la documentación de su reinado, que se conserva en el Archivo de la Corona de Aragón, Jaume I escribió la mayoría de sus textos y decretos en lengua castellana para su fácil entendimiento de sus destinatarios. Por ejemplo, el 3 de agosto de 1257, emitió en Lérida esta carta a sus súbditos:
Don Jaimes, por la gracia de Dios Rey de Aragon, de Mayorgas, et de Valencia, Comde de Barcelona et de Urgel, et senyor de Montpesler, á todos los homnes del nuestro senyorio del regno de Aragon, de Mayorgas, et de Valencia, et del comdado de Barcelona, et de Urgel, et del senyorio de Montpesler, tambien a christianos quomo á moros et á judios, que esta nuestra carta vieren saludes et gracia. Fazem vos saber que agora quando ovieron nuestras vistras con el mucho horrado Rey de Castiella, que tomamos acuerdo amos á dos de quomo se emendassen todas las pendras et todos los danyos que se fazieren de la nuestra tierra á la suya, et de la suya á la nuestra...

JAUME I EL CONQUISTADOR

Bernat Desclot, uno de los grandes autores catalanes de comienzos del siglo XVI, dejó el testimonio en su Llibre del rei en Pere d´Aragó e dels seus antecessors passats de que ante la invasión del ejército francés los varones catalanes, impacientes, hicieron saber a Pedro III que deseaban luchar y no esperar en las ciudades como si fuesen mercaderes, porque de lo contrario quedaría "avergonzada y menospreciada toda la caballería de España".

Estos caballeros catalanes no pensaban en defender la existencia o el honor de tal o cual reino, sino que se sentían parte de una comunidad humana llamada España, que estaba por encima de los reinos en los que se encontrase organizada.

Desclot también se refiere en su Llibre del rei a la batalla de las Navas de Tolosa narrando los hechos de "los tres reyes de España, de los cuales uno de ellos fue el rey de Aragón Pedro II". Sobre la participación del rey aragonés Pedro II y sus huestes en esta contienda, escribió que "cuando hubieron vencido a los sarracenos y conquistado muchas ciudades, villas y castillos, el rey de Aragón y los otros reyes de España volvieron a sus tierras".

El título del quinto capítulo explica claramente cómo eran concebidos los reyes de los reinos cristianos:
"De cómo Miramamolín, sarraceno muy poderoso, entró en España, y de cómo los tres reyes de España le salieron al encuentro y vencieron a los sarracenos."
José Antonio Maravall lo explicaba de esta manera:
“España aparece como un ámbito de poder regido solidariamente por varios reyes, cuya condición de tales resulta esencialmente afectada por esta situación.”
En su obra Llibre del rei, B. Desclot transmitió cómo se presentó el conde de Barcelona ante el emperador de Alemania al acudir a defender con su espada el honor de la emperatriz acusada:
"Senyor, yo son hum cavaller de Spanya."
Y ante la emperatriz:
"Yo son hum compte de Spanya a qui dien lo compte de Barcelona." (Yo soy un conde de España al que llaman el conde de Barcelona.)

Este autor finalizó el relato de la vida de Pedro III recordando que a su muerte "fue más llorado que ningún rey que haya habido en España".

 
ALFONSO III EL GRANDE

La Historia de Cataluña se escribe, como la de las restantes partes, sobre el tronco de la historia de España. Esto lleva consigo el desarrollo de un sentimiento de honor de la propia historia conjunta, de la historia de España que afirmativamente se quiere conservar y realzar. En este sentido los testimonios de los historiadores catalanes son sumamente expresivos y toman un aire de empeño honroso y hasta polémico.

La Crónica Sumari d’Espanya, escrita por Berenguer de Puigpardines en la segunda mitad del XV, se declara compuesta para exaltar esa historia del tronco común, a la vez que de la rama particular catalana, por la razón de que "los actes seguits en Espanya hi en lo principal de Catalunya se van oblidant, posat ni haja alguns llibres", en los que la noticia de esos hechos se conserve.

Continuando en Cataluña, Ramón Muntaner (1265-1336), famoso soldado e historiador, secretario de Roger de Flor en la expedición de los almogávares a Oriente, escribió, por ejemplo, de Iacme de Xirica, sobrino del rey de Aragón, que “fo dels mellors barons e del puns bonrrats d´Espanya”; sobre el infante don Sanxo, hijo de Jaume I, que fue arzobispo de Toledo, escribió Muntaner que se trató de una prelado “qui molt ajuda a crexer la sancta fe catholica en Espanya”.

Este autor catalán ha dejado la mejor explicación de la solidaridad política que, por encima de ambiciones y enfrentamientos, informó a todos los monarcas medievales españoles, cuando en su Crónica o descripció dels fets e hazanyes del inclyt Rey don Jaume primer Rey D´Aragó e de molts de sus descendents reclamaba una política conjunta de todos los reyes “de Espanya, qui son una carn e una sang". Exactamente, Muntaner decía en su Crónica que:
"i aquest quatre reis que ell nomena, d'Espanya, qui son una carn e una sang, se tenguessen ensems, poc dubtaren e prearen tot l'altre poder del mon."
La primera enunciación conocida de una voluntad imperial española, dos siglos antes de Carlos V, de labios de un catalán.

Un siglo después de Puigpardines, Muntaner y Desclot, el gerundense Francesc Eiximenis (1337-1409) en su obra Lo Crestiá exaltaba a Barcelona entre las otras ciudades de España como Mallorca, Sevilla y Valencia, y decía de ella que “en todo tiempo ha sido más rica que cualquier otra ciudad de España. Y de los venecianos escribió en Regiment de la cosa pública, que eran un "poble especial e elet entre los altres de tota Espanya".

Este sentimiento de pertenencia a la comunidad hispánica superior al de reinos, principados, condados y señoríos en que estaba dividido, conllevó a historiadores catalanes a redactar los hechos de España.

Así, el catalán autor anónimo del Flos Mundi se lamentaba a principios del siglo XV de que la "Historia de Spanya", por haber estado en manos de extranjeros, no se haya hecho, más que de forma superficial: "Yo empero, qui son spanyol, texiré e reglaré la dita istoria".

Todavía el estudio de Massó Torrents nos permite recoger unos datos secundarios que tienen interés innegable. Escrita en la primera mitad del XV (1438), la obra de Tomich se conoció con el título de Histories y conquetes del reyalme d’Aragó e principat de Catalunya. Sin embargo, uno de los manuscritos conservados de fines del XV, comienza así:
"Esta es la taula del present libre lo quall es appellat les Conquestes despanya, en lo qual libre resita largament tots los actes fets per aquells gloriosos comtes… etc.".

Y otro manuscrito de la misma obra, titulado Les Histories de Espanya, advierte que un texto dedicado preferentemente a Cataluña y sus condes se consideraba propio llamarlo Historia de España. Este último hecho se repite en el Dietario de un capellán de Alfonso V, que empieza bajo la rúbrica "Canoniques de Espanya dels Reys de Aragó e dels Comptes de Barcelona".

Este rey aragonés, Alfonso V, envió a sus embajadores Juan de Hijar y Mosén Berenguer Mercader a la Corte del rey castellano, Juan II, a quien ofrecieron su voluntad por lograr la unidad de la Iglesia, llegando a un acuerdo entre ambos monarcas y, asimismo, con los de Navarra y Portugal, para que "axi unida tota Spanya o pur la major part", otros príncipes cristianos se adhieran y les sigan, y de esta concordia obtendrían "gran merit davant Deu, gran gloria en tot lo mon, e sería gran honor de tota la naçió de Spanya".

ALFONSO V EL MAGNÁNIMO

De tierras catalanas a las navarras. En el prólogo del Fuero General de Navarra (finales del siglo XIII) se lee:
"Aquí empieça el libro del primer fuero que fue fayllado en Espayna asi como ganauan las tierras sines rey los montayneses."

En el diploma del 12 de noviembre de 1022 sobre la restauración de la iglesia de Pamplona se explica de este modo la invasión árabe de tres siglos antes:
"Porque después que el execrable pueblo ismaelita invadió el Reino de España, apenas tuvo el culto de la divina Religión lugar alguno digno de veneración en las iglesias de nuestra Patria."

El arzobispo navarro Jiménez de Rada, al escribir en referencia a los caballeros y tropas que de Aragón, Cataluña, León, Castilla y Navarra iban llegando a la concentración para la batalla de las Navas de Tolosa, lo tituló "Sobre la venida de los obispos y nobles de España a la concentración”. Por el contrario, a los caballeros franceses y del resto de Europa los denominaron siempre ultramontanos. Y cuando la mayoría de estos desistió del empeño partiendo hacia sus tierras antes de la batalla, el autor explicaba que "quedaron los hispanos solos junto con los pocos ultramontanos citados más arriba". Y de entre esos ultramontanos no se olvidó de recalar que uno de ellos, Teobaldo de Blazón, de tierras del Poitou, era "hispano de origen y de familia castellana".

Otro navarro, y de estirpe regia, Carlos el Príncipe de Viana, fue incluso más explícito en su quehacer historiográfico. Hermanastro de Fernando el Católico, vivió apasionadamente el turbulento período de guerras civiles que precedió al reinado de los Reyes Católicos. Nunca llegó a reinar, pero se consideró a sí mismo, como heredero frustrado de Navarra, partícipe de una sólida realidad española a la que se refiere de este modo al hablar de la jornada de las Navarras en La Crónica de los Reyes de Navarra del Príncipe de Viana:
"E quoando el rey de Castill, e los otros reyes de Espaynna, huvieron oydas todas estas palabras e menzas, ajustáronse todos e huvieron consejo."

El historiador y obispo de Pamplona Prudencio de Sandoval en su Catálogo de los obispos de Pamplona (1614) dice refiriéndose al reinado de Teobaldo I, a partir del cual el Reino de Navarra pasa a manos de la casa de Champaña (segunda mitad del siglo XIII):
"De aquí adelante los reyes de Navarra, por tener en Francia tanta sangre, y estados tan principales, olvidaron lo de España y fueron tenidos por más franceses que españoles. Pero ya que los reyes lo fuesen, no los que vivieron y viven en esta tierra, que son tan finos españoles como los de Toledo."

CARLOS DE VIANA

Desde fines del XIV, los ejemplos de historias de amplitud hispánica se suceden: Alonso de Cartagena, Sánchez de Arévalo, Diego de Valera, Pedro López de Ayala, Carlos el Príncipe de Viana, y algunos otros. Fuera del marco de Castilla y de Cataluña, otros historiadores se fueron sumando a la historiografía común, y de importante valor son la Crónica del obispo de Bayona, por fray García de Euguí; la Crónica del gran Maestre de Rodas, por Fernández de Heredia; y La Crónica de los Reyes de Navarra del Príncipe de Viana.

También aparecen ejemplos en la fundación de mayorazgos, como lo demuestra la recogida en el preámbulo de la fundación de mayorazgo que hizo el mariscal de Castilla Juan Ramírez de Guzmán, señor de Teba y Ardales (Málaga), previa facultad del rey Enrique IV, en 1460, al referirse a “los reyes de nuestra España de gloriosa memoria, ya los pasados y los que viben”.

En la fundación del solar de Muñatones, en Somorrostro (Vizcaya), por Juana de Butrón y Múgica, esposa del banderizo y cronista Lope García de Salazar, en 1469, en virtud de la facultad real dada por Juan II de Castilla, y en la que se indica que se da preeminencia a los hijos mayores sobre los otros, "lo qual guarda y comúnmente es guardado, y se acostumbra a guardar en todo el mundo, y especialmente en España, y aún singularmente en estas montañas y costa de la mar". Este documento demuestra la integración del Señorío de Vizcaya en la Corona de Castilla y la idea de España que tenían los vascos de la época.

Lope García se definía en 1471 como "morador en Somorrostro, vassallo del muy alto y esclarecido Príncipe y muy poderoso Rey y Señor nuestro, el Rey don Enrique [IV], Rey de Castilla e de León, a quien Dios mantenga".

Desde los últimos siglos dela Edad Media ya existía un concepto muy elaborado sobre la existencia histórico-cultural de España, no solo geográfico, que permitiría en el futuro planificar y justificar proyectos de convergencia política.

LOPE GARCÍA DE SALAZAR

En el importante Concilio de Constanza, de 1414, que puso fin al Cisma de Occidente, las decisiones fueron tomadas mediante la votación de eclesiásticos y de representantes de las cinco partes constituyentes de la Cristiandad Europea, partes que fueron denominadas naciones (cada una de ellas dividida, naturalmente, en diversos reinos, principados, ducados, condados, señoríos, etc.), consideradas en virtud de su común cultura y trayectoria histórica.

Según el Liber Pontificalis acudieron gentes itálicas, gálicas, germánicas, hispánicas y ánglicas. De las cinco naciones europeas con voz y voto en este concilio, Italia y España habían mantenido su nombre romano, mientras que Francia, Alemania e Inglaterra habían adoptado el sus pueblos bárbaros que se habían asentando en ellas.

Formaron parte la denominada nación española delegados procedentes del Reino de Castilla y León, de la Corona de Aragón, del Reino de Navarra y del Reino de Portugal. Aunque hubiera algunas divergencias entre los representantes de los diversos reinos, no tuvieron el menor inconveniente en constituir una única nación, actuaban como una unidad y emitían un voto unitario. 

En 1470, el historiador Rodrigo Sánchez de Arévalo explicaba en su Compendiosa Historia Hispanica que la procedencia común de los distintos reinos cristianos hispánicos de la Edad Media estaba en el Reino hispano-visigodo:
"Inclyti gotthi monarchiam omnium Hispaniarum obtinuerunt; ...post dictum Pelagium in diversa regna divisa est Hispaniae monarchia."
(La ínclita monarquía goda obtuvo todas las Españas: ...después de Pelayo en diversos Reinos se dividió la Monarquía Española.)

Para los historiadores medievales, España era una entidad humana asentada en un territorio que la define y caracteriza y a la cual le sucede algo en común, toda una historia propia.

Etapas de la Ciencia hispano-árabe


La España musulmana escribió uno de los episodios más brillantes en la historia intelectual de la Europa de la Edad Media. Desde mediados del siglo VIII hasta comienzos del XIII, los árabes dominaron el mundo con su civilización y fueron los protagonistas indiscutibles de la historia. Ellos recogieron el conocimiento legado por los autores clásicos grecorromanos, lo ampliaron y enriquecieron con contribuciones propias, y lo transmitieron a la Europa cristiana del Renacimiento. En todo este proceso, España tuvo una importante participación como promotora y transmisora.

Ante el oscurantismo crónico en que estaban sumidos, los territorios cristianos se rindieron a la supremacía científica y cultural del Islam y adquirir los conocimientos de las fuentes árabes.

Tras la caída del Imperio romano y las invasiones bárbaras, la única institución que dirigió la sociedad fue la Iglesia católica. La ciencia de la Europa cristiana estaba reunida en los monasterios, siendo el clero la clase culta, y no la realeza y aristocracia.

En contraposición a este panorama intelectual del Cristianismo en la Edad Media, el Islam, que irrumpió en la historia en el siglo VII, tenía en su poder todo el amplio conocimiento antiguo. La importancia de la ciencia árabe radicaba en haber sido el eslabón intermedio e imprescindible en la cadena que unía la ciencia clásica, fundamentalmente la griega, con la ciencia de la Europa de los siglos XV, XVI y XVII.

Este proceso se desarrolló en tres etapas principales:

1. etapa de traducción (750 - 850)

2. etapa de producción (850 - s.XII)

3. etapa de transmisión (s.XII - s.XIII)




ETAPA DE TRADUCCIÓN

A mediados del siglo VIII el islam ya se extiende desde el mediterráneo hasta China, es la época en la que el pueblo árabe comenzó a asimilar las culturas de los pueblos que iba sometiendo, sentando las bases del esplendor que caracterizó al primer periodo de la dinastía Abbasí (750-1000). En oriente, el contacto con las civilizaciones bizantina y persa le permitió adquirir el legado de las antiguas culturas.

En el siglo IX, se inició el desarrollo de la educación y la práctica médicas en el Islam, pues fue cuando se produjo un notable ascenso en la fundación de instituciones de carácter público y privado, como escuelas, hospitales y bibliotecas, que contribuyeron al avance y el auge de la educación médica entre los árabes. Fue el momento culminante de todo un proceso evolutivo que había comenzado casi un siglo y medio antes, con la llegada al poder de los abasíes. Los califas de esta dinastía se rodearon de intelectuales y patrocinaron la empresa de transmitir los legados literarios y científicos de las civilizaciones antiguas: Grecia, India, Persia y Egipto.

De esta manera, fueron vertidos al árabe los escritos más importantes del siríaco, persa, sánscrito, nabateo, copto y, sobre todo, griego, es decir, las obras de Ptolomeo, Hipócrates, Hermes, Trimegisto, Galeno, Dioscórides, Aristóteles y Platón, entre otros muchos, la mayoría de las cuales están perdidos en su original y se han conocido gracias a su traducción árabe.

Respecto a la filosofía y las ciencias (matemáticas, astronomía, astrología, alquimia, medicina, farmacología, alquimia, medicina, farmacopea, etc.), la influencia más acusada se debió a la cultura helénica.

Edessa, el principal centro de los sirios cristianos, Harran, Antioquía, Alejandría y los diversos enclaves de Siria y Mesopotamia: todas estas ciudades sirvieron como centros de irradiación de los estímulos helenísticos. En un principio los árabes no sabían griego. Fueron, por tanto, los nestorianos cristianos de Siria los que tradujeron primeramente del griego al siríaco y, después, del siríaco al árabe, convirtiéndose en el primer punto de encuentro entre el Helenismo y el Islam a través del siríaco.

El apogeo de la influencia griega hay que buscarlo bajo el califa Al-Ma´mun, quien en el año 830 fundó en Bagdad su famosa Baut al Hikma (Casa de la Sabiduría), una mezcla de biblioteca, academia y centro de traducción.

Uno de los traductores pioneros del griego fue Ibn Al-Bitriq (800), a quien se le atribuye la versión al árabe de las mejores obras de Hipócrates y galeno, así como el Quadripartium de Ptolomeo.

Otros traductores importantes fueron Ibn Masawayh (857) y su discípulo Hunayn ibn Ishaq (808-873), conocido en la tradición latina como Johannitius. Éste último y sus colaboradores tradujeron, entre otras muchas obras, una gran parte del corpus hipocrático, los libros de Galeno, los escritos y compilaciones de Oribasios, los siete libros de pablo de Egina; el Corpus Hermeticum de Hermes Trimegisto, que recoge el conocimiento médico del Egipto helenizado rescatado por la cultura bizantina y expresado a través de unas creencias sanadoras relacionadas con la magia, la astrología y la alquimia, la República de Platón, y las Categorías, la Física y la Magna Moralia de Aristóteles, etc. Además, en botánica Johannitius revisó las traducciones árabes de los cinco tratados de la Materia Médica de Dioscórides, que habían sido realizadas por Istifan ibn Basil: este libro fue estudiado por los alumnos de medicina y farmacia de entonces y fue de consulta imprescindible por parte de los autores árabes posteriores, siendo la base de la rica farmacopea árabe medieval.

Los herboristas y médicos árabes investigaron sobre esta forme base, añadieron observaciones personales sobre drogas y remedios y ampliaron las investigaciones farmacológicas.

Paralelamente a este grupo de traductores nestorianos, especialmente representados por Joahannitius, se encontraba otro, el de los sabeos de Harran, entre los cuales destaca Thabit ibn Qurrah (901), que estaban interesados fundamentalmente en la astronomía y las matemáticas y a cuyo fundador Yusuf ibn Matar se le atribuye haber hecho la primera traducción de los Elementos de Euclides y una de las primeras del Almagesto de Ptolomeo.

Todo este saber adquirido a través de las traducciones en el siglo IX pronto llegó a al-Ándalus, gracias al contacto cultural a través de los viajes recíprocos de los intelectuales, una costumbre muy usual y arraigada entre los árabes de entonces. Otros factores que colaboraron en la rápida difusión del conocimiento científico y favorecieron el apogeo del panorama bibliográfico e intelectual en todos los confines del mundo islámico fueron el auge de la industria del papel manufacturado, de invención china, que facilitó la producción literaria, y el avance en el arte de escribir y de copiar los libros y los tratados en el Islam.




ETAPA DE PRODUCCIÓN

La etapa de traducción fue seguida por otra actividad creativa o de producción propia de los árabes, que se podría situar aproximadamente entre mediados del siglo IX y fines del siglo XII, aunque hay algunos autores más tempranos o más tardíos también muy importantes.

Los árabes asimilaron el antiguo saber de India y Persia, así como la herencia clásica de Grecia, y lo adoptaron a sus propias necesidades y vías de pensamiento. Ellos, por tanto, recibieron toda la herencia antigua y la enriquecieron con sus inigualables tareas, contribuciones y hallazgos.

En cuanto a la medicina, ésta era básicamente una medicina hipocrática y galénica con ciertas influencias egipcias e hindúes, y tenía algunos aspectos comunes con la cristiana como, por ejemplo, el abandono de los estudios anatómicos, el desinterés por la cirugía y el apego a la cauterización. Pero ya en el siglo IX se combatía la charlatanería, se propiciaba una formación del médico, se estimulaba la observación, se fomentaba la salud pública y se abogaba por un control central de la medicina.

La medicina islámica poseía por sus raíces religiosas un profundo sentido de compasión fraternal por el enfermo, que adquirió carácter profesional formal en sus primeros escritos médicos al recoger la tradición hipocrática. La patología estaba basada en la doctrina griega de los humores, según la actual la enfermedad es considerada como un desequilibrio en cualquiera de los cuatro elementos de la naturaleza, es decir, lo frío, lo seco, lo húmedo y lo caliente. Como factores etiológicos se aceptaban las alteraciones en las seis cosas no naturales de Galeno, esto es, aire y ambiente, comida y bebida, sueño y vigilia, trabajo y descanso, ingesta y excreta y movimientos del ánimo, así como también el alimento y la bebida. Por otra parte la dieta ocupaba un lugar decisivo tanto como causa de enfermedad como factor terapéutico. La terapéutica constaba de las tres ramas galénicas tradicionales: la dietética, que era la base del tratamiento y que se entendía como la regulación total del género de vida; la farmacología; y la cirugía, que estaba muy poco desarrollada. Se le daba mucha importancia a la dieta y a la higiene, y se avanzó sobremanera en el campo de la materia médica, con el uso de los remedios simples y compuestos, dando lugar a la prestigiosa farmacopea árabe medieval. La dietética iba dirigida a evitar la enfermedad mediante normas muy sencillas para los enfermos, que trataban de regular las seis cosas no  naturales del galenismo. También eran importantes la luz, el aire, el agua, la situación geográfica y el clima, así como mantener el ritmo del trabajo y el descanso, del sueño y la vigilia, la higiene, la actividad sexual equilibrada, los estados de ánimo y los afectos del alma, pues la enfermedad mental y la dolencia espiritual estaban atendidas y consideradas al mismo nivel que la corporal, y eran motivo de preocupación científica.


Por otra parte, en España los estudios astronómicos se cultivaron asiduamente después de la 2ª mitad del siglo X y fueron vistos con especial interés por los gobernantes de Córdoba, Sevilla y Toledo. Siguiendo a Abu Ma´shar de Bagdad, muchos astrónomos andalusíes creían en la influencia astral como la causa de los sucesos acaecidos desde el nacimiento hasta su muerte. El estudio de esta influencia astral hizo que la astrología contribuyera al estudio de la astronomía.

Los astrónomos árabes hispanos contaban con las obras astronómicas y astrológicas precedentes de sus colegas de Oriente. Ellos reprodujeron el sistema aristotélico y con el nombre de Aristóteles combatieron la representación ptolomeica de los movimientos celestes. Entre los astrónomos, destacan Al-Mayriti (¿-1007) de Córdoba, Al-Zarqali (¿-1087) de Toledo, Ibn Aflah (siglo XII) de Sevilla, y Al-Bitruyi (¿-1204).

Los factores que determinan y explican el alto nivel de la ciencia árabe, en general, y de la medicina, en particular, durante la Edad Media fueron tres:

1. la transmisión del saber antiguo, en especial el griego, por medio de las traducciones.

2. la propia contribución científica de grandes pensadores árabes o que compusieron en árabe, debida en gran parte al conocimiento adquirido a través de las obras antiguas traducidas.

3. la fundación de organismos públicos y privados a través de los cuales se canalizaba este complejo abanico de ideas y en los que estudiantes recibían la educación teórica y la práctica necesarias para llegar a ser expertos médicos.


La instrucción de la medicina árabe se llevó a cabo por medio de tres tipos de escuelas o modelos de enseñanza:

1. A través de las escuelas médicas públicas conectadas a los hospitales y provistas de todas las instalaciones y materiales precisos para su funcionamiento y para la educación teórica y práctica de los alumnos: bibliotecas, boticas, salas de lectura y de almacenamiento, salas de preparación de medicamentos, etc. En España, el documento más antiguo sobre un hospital árabe es la inscripción fundacional del hospital de Granada en el siglo XIV, aunque se piensa que tuvo que haber otros anteriores de similares características.

2. A través de las escuelas médicas privadas dirigidas por eminentes médicos a cuyas lecturas acudían estudiantes de todas partes atraídos por su fama. Por ejemplo, en Al-Ándalus, Al-Mayriti dirigió una de estas escuelas médicas y, al parecer, también Al-Zahrawi.

3. A través de la enseñanza médica privada e individualizada, según el cual un aprendiz se ponía bajo las órdenes de un maestro del que recibía educación médica, tanto teórica como práctica. El tutor solía ser de la misma familia, dando lugar a linajes de médicos muy conocidos, como por ejemplo los Zuhr, en Al-Ándalus.




ETAPA DE TRANSMISIÓN A EUROPA

La tercera y última de esta cadena comenzó hacia finales del siglo XI y se extendió a lo largo de los siglos XII y XIII, cuando todo este cúmulo de saber greco-árabe pasó a Europa, gracias a las traducciones que de las obras de estos (y otros muchos) autores árabes, o que compusieron en árabe, se hicieron al latín en África del norte, Sicilia y, sobre todo, España, en la famosa Escuela de Traductores de Toledo, imponiéndose en Occidente hasta los siglos XVI y XVII.

La influencia árabe se ejerció también a través del comercio del Mediterráneo, especialmente en las ciudades italianas, y por el contacto entre Occidente y el mundo árabe en las Cruzadas en los siglos XI, XII y XIII.

El iniciador de este significativo movimiento de adquisición por parte de Occidente de la ciencia de los árabes, a través de su traducción al latín, fue Constantino el Africano (siglo XI), que perteneció a la legendaria escuela médica de Salerno y que tradujo la parte teórica del Libro real de Al-Mayusi con el título de Liber regius.

En segundo lugar en el tiempo, hay que destacar la figura de Gerardo de Cremona (siglo XII), que tradujo al latín una enorme cantidad de obras árabes muy importantes, algunas de las cuales ya han sido citadas anteriormente.

En tercer lugar en la cronología, destaca la aportación de Faray ibn Salim, según la tradición latina Fararius y Faragut, un judío siciliano que tradujo en 1279 el Continens de Al-Razi.

Gracias a Constantino, Gerardo de Cremona y Faray ibn Salim, la Europa medieval conoció la medicina árabe. Allí estaban amalgamadas las tres principales tradiciones médicas: la musulmana, la judía y la cristiana.

En este proceso de transmisión del conocimiento árabe en Occidente, Toledo, que mantuvo su posición después de la conquista cristiana en 1085 como un destacado centro de conocimiento islámico, actuó como el eslabón principal. Allí, por iniciativa del arzobispo Raimundo I se fundó en el siglo XII una escuela de traducción, la famosa Escuela de Traductores de Toledo, donde florecieron varias generaciones de traductores, desde aproximadamente 1135 hasta 1284, y donde, atraídos por su prestigio, acudieron sabios y doctos procedentes de diversas partes de Europa, incluidas las islas Británicas, a las que pertenecían Michael Scot, y Robert de ChesterEste último hizo en 1145 la primera traducción del álgebra de Al-Khwarizmi. Fue también en Toledo donde se estableció la primera Escuela Europea de Estudios Orientales en 1250 por la Orden de los Predicadores.

El nombre de Adelardo de Bath, que visitó España y Sicilia en esta época, fue uno de los más grandes de la ciencia inglesa antes de Roger Bacon. Tras su paso por Siria y Sicilia, vertió al latín en 1126 las tablas astronómicas de Al-Mayriti. También tradujo varios tratados astronómicos y matemáticos, y se convirtió en el primer arabista inglés.

En el siglo XIII, el escocés Michael Scot, estudió y trabajó en España antes de llegar a ser astrólogo de la Corte de Federico II en Sicilia. En Toledo tradujo, entre otros, los trabajos de astronomía de Al-Bitruyi y De coelo et mundo de Aristóteles. En Sicilia tradujo otros libros árabes, que él dedicó a Federico, el más importante de los cuales es la versión de Avicena sobre la zoología de Aristóteles.

Sin embargo, el traductor más prolífico de la Escuela de Toledo fue el ya muy citado Gerardo de Cremona, que tradujo al latín, además de las aludidas con anterioridad, la versión de Al-Fargani de Almagesto de Ptolomeo, el comentario de Al-Farabi sobre Aristóteles, los Elementos de Euclides y varios tratados de Aristóteles, Hipócrates y galeno; en total 71 obras árabes.

Los judíos, tanto los ortodoxos como los conversos, jugaron un papel relevante en esta labor de traducción al latín. Uno de los más representativos fue Abraham ben Ezra de Toledo (siglo XII) que vertió del árabe el comentario de Al-Biruni sobre las tablas de Al-Khwarizmi. También habría que destacar a su contemporáneo Juan de Sevilla, que tradujo obras de aritmética, astronomía, astrología, medicina y filosofía de Al-Fargani, Abu Ma´shar, Al-Kindi, Ibn Gabirol y Al-Gazzali, de las cuales la más importante fue la astronomía de Al-Fargani.

Así, a fines del siglo XIII, la ciencia y la filosofía árabes ya han sido transmitidas a Europa y la labor de España fue de intermediaria. Este cúmulo de saber pasó desde Toledo a la Provenza a través de los Pirineos; de allí traspasó los Alpes hasta Lorena, Alemania y Europa central, llegando has Inglaterra.

En esta tercera etapa, en virtud a las traducciones hechas del árabe al latín, tiene lugar la primera entrada a las lenguas europeas de términos técnicos y científicos árabes. Ejemplos en español: julepe, arrope, soda, alcohol, sirope, alambique, antimonio, atutía, cero, álgebra y muchos nombres de estrellas, etc., son de etimología árabe y testifican el rico legado del Islam en la Europa cristiana.