Anti-Colonialismo moderno por Bartolomé de las Casas


Cronista y obispo de Chiapas, protector de indios, uno de los principales promotores del ideal del buen Salvaje, escritor del primer alegato escrito contra el Colonialismo moderno.


BARTOLOMÉ DE LAS CASAS 


Fray Bartolomé de las Casas nació en Sevilla, en 1474. Provenía de una familia con ascendientes de origen judío-francés, que se apellidaban Casaus.

La reina Isabel II, ya en 1500, había prohibido la esclavitud, pero a menudo la realidad del Nuevo Mundo y las leyes que se dictaban desde la Corte no guardaban relación. Se trataba de un territorio vasto y difícil de controlar. Las buenas intenciones indigenistas de Montesinos y la orden dominica no hubieran tenido tanta influencia sin la intervención de Bartolomé de las Casas. Este se convirtió en el paradigma de la defensa indigenista frente a la parte más cruel de la colonización.

Después de haber estudiado Humanidades, Filosofía y Derecho en la Universidad de Salamanca, en 1502, llegó a la isla La Española. Allí trabajó como doctrinero de Nicolás de Ovando, recibiendo una encomienda. Se ordenó sacerdote en 1510, y viajó a Cuba como capellán de Pánfilo de Narváez en 1512, ya muy influido por un sermón de fray Antonio de Montesinos de 1511, y por el encuentro que tuvo con fray Pedro de Córdoba, enviado por los dominicos a predicar en el Nuevo Mundo.

En 1514, recibió una encomienda en Jaguá, en la que los indios trabajaban en la minería, y ya calificó este trabajo de injusto. Tras renunciar a sus posesiones, decidió viajar a España, donde alzar la voz contra el brutal régimen de encomenderos. En la Corte se entrevistó con el rey Fernando el Católico y el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, que le nombró procurador universal y protector de los indios en 1516.

Aunque no fue el único, si llegaría a ser el más famoso de los eclesiásticos que eligieron ser fiel defensor de indios, siempre en litigio con los intereses de los conquistadores, del Consejo de Indias y de los teólogos y jurisconsultos que, como Ginés de Sepúlveda, rechazaron sus tesis.

Tras la muerte de Fernando y la regencia de Cisneros, sus buenas relaciones con el emperador Carlos V beneficiaron sus postulados y facilitaron la creación de las Nuevas Leyes de Valladolid, que prohibían a los encomenderos explotar a los indígenas Americanos. Este monarca además aprobó su Plan de Tierra Firme en Cumaná, en la actual Venezuela. Regresó a España en 1520, pero esta vez no pudo defender el pacifismo de los indios, porque se habían sublevado en su ausencia. Desengañado entró en la Orden de Santo Domingo, que ya criticaba en la Escuela de Salamanca, a través de Francisco de Vitoria, muchos aspectos de la colonización de América, entre ellos el sistema de encomiendas.

BARTOLOMÉ DE LAS CASAS
A partir de 1521, comenzó a escribir su Historia de las Indias, obra que no fue publicada hasta el siglo XIX, y entre 1535 y 1539 intentó la colonización pacífica de Vera Paz en Guatemala, con relativo éxito.

Regresó de nuevo a España en 1540, visitó a Carlos I en Valladolid. Sus informes orales y escritos impresionaron tanto al emperador, que este dispuso la destitución de varios miembros del Consejo de Indias y la elaboración de las Leyes Nuevas, aprobadas en Barcelona el 20 de noviembre de 1542. El nuevo código de leyes era claramente favorables a los derechos de los indios y muy perjudicial a los intereses de los encomenderos: prohibía la esclavitud de los indios, y se ordenaba que quedaran libres de los encomenderos, y fueran puestos bajo la protección de la Corona, o que en las tierras aún no exploradas dos religiosos vigilaran que los contactos con los indios fueran pacíficos.

Se le ofreció el obispado de Cuzco, que no aceptó, pero sí el de Chiapas en 1543, con el encargo de poner en práctica sus teorías. Residió dos años en la Ciudad Real de Chiapas, hoy San Cristóbal de las Casas, y regresó a España en 1547. Durante el resto de su vida continuó su labor a favor de los indios, por lo que fue conocido como el Apóstol de los Indios.

Entre 1550 y 1551, formó parte principal de la llamada Controversia de Valladolid, el gran debate sobre los Derechos Humanos que puso en cuestión el modo en que se estaba realizando la colonización del Nuevo Mundo. El “debate sobre los naturales” entre teólogos y juristas españoles, De las Casas defendía las tesis de Francisco de Vitoria, enfrentándose a su principal rival, Juan Ginés de Sepúlveda, quien defendía la licitud de la conquista.

Encargado por el Consejo de Indias de elaborar un sumario, fray Domingo de Soto dictaminó a favor de las tesis lascasianas, y el Consejo declaró ilegítimo el uso de la esclavitud en los indígenas americanos, aunque se continuó con la conquista.

Recobrado su prestigio, De las Casas decidió retirarse al convento de San Pablo, de Sevilla, para redactar Memoriales.


BREVISIMA RELACIÓN DE LA DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS


A finales de 1552, publicó en Sevilla, aunque terminada provisionalmente diez años ates en Valencia, su Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias, dirigida al rey Felipe II, para que conociese las injusticias que se estaban dando en el Nuevo Mundo. En este libro había basado su defensa durante la Controversia de Valladolid.

Los treinta capítulos narran a modo de sumario lo ocurrido en el Nuevo Mundo (enumeración por provincias, siguiendo el orden de las conquistas) relatando la larga lista de abusos cometidos por los colonizadores. No se trata de una obra historiográfica, sino un memorial de agravios, con carácter tendencioso y tono panfletario. Aunque se basa en hechos reales, de las Casas exageró de forma deliberada lo sucedido para llamar más la atención sobre el caso. Menéndez Pidal, en su obra El padre las Casas, su doble personalidad, califica estas dramatizaciones como "enormizaciones". Aunque Gabriela Mistral resumió su admiración denominándole "honor del género humano".

Caracterizó a los indios como "ovejas mansas", y a sus opresores colonizadores de "leones y tigres crudelísimos de muchos días hambrientos". Durante cuarenta años, los españoles no han hecho otra cosa que "desplazar" a las mansas ovejas, "matarlas, aniquilarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas". Para ello, se han valido de dos procedimientos, el primero por medio de "injustas, crueles, sangrientas y tiránicas guerras”, el segundo, "oprimiéndoles con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres y bestias pudieron ser puestas". Y el único motivo de este cruel proceder no es otro que el afán de acumular "oro y henchirse de riqueza en muy breves días".

El dominico se sirvió de estas exageraciones de manera cuantitativa para describir el número de indígenas asesinados. En la obra habla de más de 15 millones de muertos, aunque si se suman realmente sus números el resultado es más de 24 millones, este dato es imposible. Además de las matanzas también hubo epidemias que acabaron con la vida de muchos indígenas (por ejemplo la de viruela en 1545) y plagas de hambre por falta de cosechas fructíferas. El hilo en sí del argumento es real, pero está exagerado.

Los datos dados por De las Casas fueron recogidos por el italiano Jerónimo Benzoni en Historia nueva del mundo (1581), traducida a varios idiomas europeos, así como se tradujo también la Brevísima Relación al latín (1598), italiano (1626), flamenco (1567), francés (1579), inglés (1583) y alemán (1597). En cambio, en España el libro tuvo poca difusión, prohibido por la Inquisición en 1659, circuló más como un libro clandestino que público.

EL TORMENTO DE CUAUHTÉMOC, POR LEANDRO IZAGUIRRE (1898)

Bartolomé de las Casas ha pasado a la historia por ser precursor del pensamiento racionalista francés del siglo XVIII, defensor de los derechos humanos y un adelantado del anticolonialismo de la Modernidad.

Fue uno de los precursores del Anticolonialismo moderno, pues aunque aceptó a veces la tesis de la asimilación, en otros textos se reafirmó en la opinión de que todo régimen político o jurídico, impuesto por la fuerza, es ilegítimo: todos los pueblos son libres, por lo que no pertenecían a los reyes de Castilla. Incluso atacó el pretendido derecho de propiedad sobre las riquezas explotadas por los conquistadores, no admitió nunca el dominio político sobre América, sino un simple impulso de difusión pacífica del evangelio, siendo su crítica la primera que se hizo a la moderna colonización.

En la obra Apologetica historia sumaria, De las Casas tuvo el deliberado propósito de reivindicar al indio como el buen Salvaje, impugnando el concepto de salvaje aplicado al indio, pues gozan de plena capacidad racional.

El pensamiento de la Ilustración francesa del siglo XVIII estuvo muy influenciado por el mito del buen Salvaje de Bartolomé de las Casas, traducido en la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano, igualdad de los hombres ante la Ley. Fue de gran inspiración para los franceses ilustrados: Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Diderot y Holbach. Había inspirado el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1754) de Rousseau, y Supplément au voyage de Boungaillive (1772) de Diderot: taitianos bondadosos y felices, en vida primitiva, y europeos falsos y corruptos, en mundo artificial. El buen Salvaje de De las Casas fue un tópico del siglo XVIII, con antecedente en De los vehículos y De los caníbales de Montaigne.


Cuando De las Casas afirmaba que los judíos y musulmanes que habitaban en un reino cristiano no deberían estar sometidos, en materia religiosa, a la jurisdicción de sus príncipes, estaba reconociendo el principio de libertad religiosa. De la misma manera, cuando afirmó que a los judíos no se les podían imponer trabajos ni opinión contra Derecho, estaba señalando el trato de respeto y tolerancia que debe darse a una minoría racial y religiosa residente en una sociedad con otro tipo de creencias. Y llegó a reconocer el origen democrático del poder legislativo cuando dijo que todo legislador, al proceder su autoridad del pueblo o de la comunidad, puede obligar a sus súbditos a hacer o soportar lo que convenga al bienestar y salvación de toda República. Incluso se manifestó contra el genocidio al considerar que la antropofagia y el sacrificio de inocentes no son causas justificadas de guerra, por considerar que se ocasionaría así un mal mayor del que se pretende evitar. 


BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

Por otra parte, la obra de De las Casas dio lugar en Europa a la fundación de la Leyenda Negra, que sirvió de eficaz propaganda contra el Imperio de la Monarquía hispánica y a favor de sus enemigos. Supuso un violento ataque contra la imagen exterior, porque enfatizaba los defectos y crueldades de algunos colonos, narrando las matanzas y estragos de gentes inocentes, pero de forma exagerada, sin rigor científico. Además, el dominico sevillano profirió olvidarse de los muchos beneficios que tuvo la colonización española de América, y de la postura de la Corona española, siempre a favor de los indígenas americanos. Puso los intereses del Cristianismo muy por encima de los nacionales, y se comportó también como el judío converso que era, por lo que intentó cambiar su apellido en Casaus, para librarse en parte del odio que por él sintieron los cristianos viejos.

Es por eso que esta Brevísima relación y las Relaciones de Antonio Pérez hayan sido consideradas como el origen de la leyenda negra antiespañola. Posteriormente, fueron utilizados como libros propagandísticos desde los cuales lanzar violentos ataques contra el Imperialismo español. Se discutían las supuestas barbaries que cometían los españoles en suelo americano como una forma de desprestigiar su conquista y deslegitimar su autoridad para hacerlo. Países protestantes y enemigos de España (Portugal, Francia, Inglaterra, Países Bajos, etc.) fueron los principales valedores que fomentaron esa leyenda, ya que la conquista española iba en contra de sus intereses.


MONUMENTO A BARTOLOMÉ DE LAS CASAS EN SEVILLA

Cafés literarios de Madrid


Durante el final del siglo XIX y el principio del XX, la zona centro de Madrid se convirtió en sede de decenas Cafés literarios donde artistas, políticos, escritores, periodistas, científicos y toda clase de intelectuales organizaron tertulias casi a diario, siempre en el mismo café, en cierto modo para socializar la soledad de su creación.

Cafés literarios como la Fontana de Oro, del Príncipe, de la Montaña, el Suizo, el Fornos, el Central, el Levante, el Comercial, el Pombo, el Sevilla, o el Gijón. Se podía observar un microclima en cada mesa, formado por el olor cargado a café y licor y la niebla del humo del tabaco expirado. Un ambiente entre romántico y londinense, entre añejo e intelectual. Allí acudían literatos, filósofos y eruditos de todo tipo para impulsar tendencias literarias y alentar posiciones políticas avanzadas. 

Un antecedente a estas tertulias cafeteras en Madrid estuvo en las academias literarias del Siglo de Oro. Se trataba de reuniones de poetas en el domicilio de algún noble o aristócrata, a imitación de las academias italianas renacentistas. En ellas se discutía sobre temas literarios e incluso se componían poemas y pequeñas obras para ser leídas en el transcurso de las mismas. En Madrid la más famosa fue quizás la Academia Mantuana, en la que participó Lope de Vega, donde leyó su Arte Nuevo de Hacer Comedias.

De la evolución de una de estas academias, la Academia del Buen Gusto, cuyos miembros se reunían entre los años 1749 y 1751 en un local de la plazuela del Ángel, convocado por la condesa de Lemos Josefa de Zúñiga, apareció la que es considerada la primera de las tertulias de café. Fue la Tertulia de la Fonda de San Sebastián, fundada por Nicolás Fernández de Moratín un par de década después que la anterior academia. Supuso el arma dialéctica de un grupo de ilustrados que querían acabar con el estilo rococó de la cultura española. Allí se hablaba de los ideales de Rousseau y los ilustrados franceses, se apostaba por una literatura distinta y vanguardista, y por un teatro neoclásico. Por aquellas tertulia innovadora, precedente de las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, pasaron entre otros intelectuales ilustrados Félix María Samaniego, Tomás de Iriarte, Gaspar Melchor de Jovellanos o Francisco de Goya.

PINTURA CAFÉ GIJÓN


A principios del siglo XIX, Madrid experimentaba una realidad sociopolítica bastante convulsa. Primero con el Levantamiento del Dos de Mayo y la resistencia frente a la invasión francesa. Tras la vuelta al trono del rey absolutista Fernando VII, fue seguido de un periodo de inestabilidad producido del Trienio liberal de 1820 y 1823. Fue aquella realidad convulsa la que impulsó los debates y tertulias en las céntricas cafeterías madrileñas. Los liberales encontraron en estos puntos de reunión un espacio en el que expresar sus ideales, defender la Constitución de las Cortes de Cádiz de 1812, apoyar el pronunciamiento liberal del general Riego y atacar las instituciones absolutistas.

Dos locales destacaron especialmente entre las mentes liberales: el Café Lorenzini, sito en la plaza del Sol, y la Fontana de Oro, a pocos metros en la calle de la Victoria. Ambos se convirtieron en círculos de pensamiento y poder políticos paralelos, cuyos usuarios exaltaron a Riego en su llegada a Madrid tras sublevarse en Cabezas de San Juan.

El escritor canario Benito Pérez Galdós, de tendencia liberal, dedicó su novela con el mismo título a aquel café que frecuentaba y describió:
"En la Fontana es preciso demarcar dos recintos, dos hemisferios, el correspondiente al café y el correspondiente a la política. En el primer recinto había unas cuantas mesas destinadas al servicio. Más al fondo, y formando un ángulo, estaba el local en el que se celebraban las sesiones. Al principio, el orador se ponía en pie sobre la mesa y hablaba; después, el dueño del café se vio obligado a construir una tribuna."

CAFÉ LA FONTANA DE ORO


El siglo XIX transforma el paisaje de Madrid, no solo era un lavado de cara a sus edificios, plazas y avenidas, sino que experimentó un amplio crecimiento demográfico. De los 176.000 habitantes que recogía el censo de 1804, se pasó a 540.000 en los primeros años del siglo XIX. Todo este auge contribuyó a una mayor expresión cultural, a un aumento de la relevancia de las tertulias, y a una decisiva influencia en el pensamiento político y social de finales de siglo y principios del siguiente.

El Romanticismo se impuso en el siglo XIX como la corriente literaria de mayor auge, gracias a la pluma de escritores romanticistas como Espronceda, Larra o Zorrilla.

Azorín denominó al Café del Príncipe como "el solar del romanticismo castellano", porque fue el que alcanzó mayor relevancia dentro del círculo sociocultural romántico. Estaba situado en la calle Príncipe, junto al actual Teatro Español, y su tertulia recibía el nombre del Parnasillo. Larra describió al lugar de encuentro literario más afamado y respetado de su época como "reducido, puerco y opaco", y miserable y mezquino por otros de sus moradores, pero acogía la esencia del movimiento en alza. Se reunían escritores, políticos y artistas de la talla de Larra, Zorrilla, Mesonero Romanos, Donoso Cortés, Bravo Murillo, Deleguer, etc. Todos ellos y muchos más formaban coloquio en al final del reinado de Fernando VII, cuando el Liberalismo comenzaba a asomar en la Historia del pensamiento político español.

Con el tiempo, este antro reformado fue recibiendo a los prohombres de la cultura y de la política hasta convertirse en el centro neurálgico del debate político y cultural del momento. El éxito se consideraba real cuando recibía el aplauso de sus compañeros de profesión en la tertulia del Parnasillo, en cuyo lugar el periodista romántico Mariano José de Larra recibió el pseudónimo de "Figaro", impuesto por el empresario teatral Juan Grimaldi, responsable del Teatro Español. Así, un escritor del siglo XIX lo es tanto por la obra que publique como por la asistencia a las tertulias.


PINTURA DE UN CAFÉ MADRILEÑO


Por lo general, lo cafés literarios madrileños eran sombríos y discretos, en contraposición a la suntuosidad y elegancia de los parisinos. Pero una excepción fue el Café Suizo, situado en la intersección de las calles Sevilla y Alcalá e inaugurado en 1845 por dos suizos. Poseía un elegante mobiliario, con lujosas mesas de mármol y grandes ventanales, y atraía a mujeres de clase alta. Allí, los hermanos Becquer organizaban una tertulia a la que tomaban parte artistas del nivel de José Casado de Alisal, el gran retratista de los principales sucesos históricos nacionales del siglo XIX.

Una de las tertulias más originales fue la de Bilis Club de carácter humorístico, que se organizaba en la Cervecería la Escocesa, situada en la carrera de San Jerónimo. Fue fundada en 1871 por un grupo de estudiantes universitarios de Derecho, liderados por Leopoldo Alas "Clarín", y que recibirían el pseudónimo de "los asturianos", por su lugar de procedencia. Se trataba de una tertulia de humor inteligente, que no permitía la torpeza y simpleza creativa. Apoyaban la corriente del Krausismo y el Regeneracionismo, y entre ellos se encontraban juristas como Adolfo Munillas o periodistas como José Ortega Munillas, padre de José Ortega y Gasset.

En aquella época, finales del siglo XIX, España se convertía en un país periférico, con el trágico final de la pérdida de las últimas provincias ultramarinas: Cuba, Puerto Rico y Filipinas; en 1898. La conciencia nacional sufría con pasión la definitiva decadencia de su grandeza imperial. A artistas e intelectuales les "duele España", y encontraron en las tertulias un  modo de expresar sus sentimientos e ideales  al tiempo que hacían una reflexiva crítica a la clase política. Estos factores propiciaron el mayor auge de las tertulias en la historia nacional.


VALLE-INCLÁN EN CAFÉ DE LEVANTE


En la segunda mitad del siglo XIX, una docena de cafés con sus respectivas tertulias se ubicaban en los alrededores de la céntrica Plaza del Sol. Es el tiempo del Café de Levante, situado hasta en tres locales diferentes aunque próximos entre ellos. El más influyente fue el de la calle Arenal, gracias al magisterio que mostraba la gran figura de la tertulia española, Ramón María del Valle Inclán, quien llegó a escribir que "el Café de Levante ha ejercido más influencia en la literatura y el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias juntas".

Allí se produjeron anécdotas como la que escribió el intelectual republicano y masón Mateo Hernández Barros, en su obra El oso y el madroño
"Hay un episodio formidable en la historia de aquella tertulia. Anita Delgado y su hermana, preciosas danzarinas malagueñas, fueron gloria de aquel Kursaal. Por entonces estaba en Madrid el maharajá de Kapurtala; todas las noches iba a ver a Anita Delgado, entusiasmado y prendado de ella. A sus requerimientos halló siempre la misma respuesta: o casamiento, o nada. Y entonces, en la tertulia de Nuevo Levante se armó la conspiración de facilitar aquella boda… Decía Valle Inclán: Casamos a una española con un maharajá indio, va a India; allí a instancias de Anita el maharajá armarla sublevación contra los ingleses, libera la India y nos vengamos de Inglaterra que nos robó Gibraltar."

En aquel ambiente de farolas con luces de gas se movía la figura de la bohemia madrileña que tanto inspiró a Valle Inclán para crear al personaje de Max Estrella en Luces de Mohemia.

En el modernista Café del Gato Negro, situado situado en la calle Príncipe, se desarrollaba la tertulia de Jacinto Benavente. 

El Café Fornos estaba ubicado frente al antiguo Café Suizo, en una esquina de la calle Alcalá. Fue inaugurado en 1870, siendo durante el día un respetable restaurante, y por la noche los reservados de sus sótanos se llenaban de música y juerga. Los reyes Alfonso XII y Amadeo I eran asiduos, y Pío Baroja y Miguel de Unamuno se conocieron en él.


TERTULIA DEL CAFÉ DE POMBO, POR JOSÉ GUTIÉRREZ SOLANA


La tertulia del Café de Pombosituado en la calle Carretas, alcanzó gran relevancia desde su fundación, en 1912, por su promotor, el escritor Ramón Gómez de la Serna. Junto a él, se reunían reputados escritores dedicados a la novela, el ensayo, la poesía, el teatro, la crítica artística y el periodismo como Manuel Abril, Tomás Borrás, José Bergamín, José Cabrero, Mauricio Bacarisse y Pedro Emilio Coll, y además los pintores Salvador Bartolozzi y José Gutiérrez Solana. Este último inmortalizó estos encuentros en su obra Tertulia del Café de Pombo.

Otros muchos café que se abrieron a comienzos del siglo XX estableció habitual tertulia en su interior: Café Colonial, Café Oriental, Café Sevilla, etc. La mayoría de ellos terminaron cerrando durante la Guerra Civil.

El que sobrevivió fue el Café Comercial, situado en la glorieta de Bilbao y abierto en 1887. Fue durante un tiempo lugar de tertulia de periodistas y punto de juego entre ajedrecistas. Algunos de sus ilustres de la posguerra fueron Alfonso Paso, Ignacio Aldecoa o Berlanga. 

Pero fue el Café Gijón el café literario que alcanzó más fama durante el Régimen franquista. Fue fundado en 1888 por Gurmenesindo García, un emigrante asturiano en Cuba, en el paseo de Recoletos. Su tertulia fue un medio vertebrador de una España intelectual perseguida, asesinada o exiliada. Su elegancia supo atraer a intelectuales del nivel de Pío Baroja, Santiago Ramón y Cajal, Benito Pérez Galdós o Jacinto Benavente. Los jóvenes de la Generación del 27 pudieron intercambiar impresiones e ideales en su interior, convirtiéndose en fuente de inspiración para escritores como Camilo José Cela, que se sirvió de él para ambientar La Colmena

A partir de los años 50, fue lugar de reunión habitual para cineastas como Fernán Gómez, Manuel Aleixandre o Paco Rabal, novelistas como Francisco Umbral o Buero Vallejo, y poetas como Ángel González o García Nieto.


CAFÉ GIJÓN

Represión filosófica andalusí


Abd el-Ramán III y su sucesor Al-Hakam II fueron califas letrados cordobeses con un alto grado de tolerancia, que protegieron a filósofos, artistas, científicos y eruditos en su Corte. Durante el califato de Abd el-Ramán III, entre los años 912 y 961, Córdoba experimentó un esplendor cultural que convirtió a esa ciudad en la más admirada y relevante de Occidente: aumentaron sus bibliotecas y escuelas, así como los eruditos y artistas al servicio del califa. Al-Hakam II fundó la mayor biblioteca de Occidente, con cerca de 400.000 volúmenes sobre todas las disciplinas del saber, traídos en su mayoría de otras ciudades islámicas.


CALIFATO DE CÓRDOBA CON ABDERRAMÁN III


Dos años antes de la muerte de Al-Hakam II, comenzaba el movimiento de regresión dogmática por parte de los Fuqahas, que estaban esperando una oportunidad para imponerse sobre sus adversarios, entre ellos los filósofos, los científicos y los artistas. El califa sufría una grave enfermedad y, aterrorizado por la idea de la muerte, concedió todas las exigencias de los fuqahas a cambio de que estos exculparan sus pecados de tolerancia dogmática.

Cuando al final murió Al-Hakam II, su sucesor, Hisham II no pudo retener las ambiciones revanchistas de su visir supremo, Huha­med lbn Yakba Al Mansur, al mando del Ejército cordobés. El general Almanzor relanzó la “guerra santa” contra los cristianos y emprendió una nueva política militar contra los reinos del norte peninsular. Dentro de Al-Ándalus, se declaró enemigo de los filósofos, haciéndolos víctimas de su ambición y su celo islámico. Para afianzar su poder, anuló la influencia de la culta aristocracia andalusí, hizo expurgar todas las bibliotecas, incluida la Biblioteca califal, y eliminar todas las obras filosóficas y científicas (excep­tuando las de medicina y matemáticas), aunque perdonó únicamente los tratados ortodoxos de jurisprudencia.

Tras él, Al Zubaydi de Sevilla, preceptor del ca­lifa Hisham II y consejero teológico de Al Mansur, publicó un panfleto contra aquellos islámicos díscolos: “Hay que arrancar la máscara a los impíos”. Enseguida tomó la palabra el tradi­cionalista Abu Omar Ibn Lub de Salamanca, que escribió un voluminoso tratado con el fin de “desenmascarar la impiedad”.


ALMANZOR


La inquisición de los fuqa­has malekitas se desencadenaba y eruditos, filósofos, artistas y todo aquel que no se sometió a la disciplina dogmática del Islam sufrió la persecución y la represión. Muchos musulmanes prefirieron la convivencia con los cristianos del norte que estar sometidos a los bárbaros africanos traídos por Almanzor, los almohades o los almorávides.

Los fuqa­has implantaron su ideología e hicieron reinar total­mente su oscurantismo, gracias al apoyo constante de un poder autoritario y centralizador. Entre sus víctimas se encontraron: Ibn Masa­rra, Ibn Bayya, Ibn Hazin, Ibn Tofayl, Ibn Ruschd (Averroes) o Ibn Arabi, entre otros.

El gran geómetra Abd er Rahman, conocido como el “Euclides español”, tuvo que exilarse de Córdoba. Saïd el Himar, de Za­ragoza, autor de un tratado de música y de una iniciación a la filosofía titulada El árbol de la ciencia, fue encarcelado acusado de ateísmo, y obligado a retractarse de sus ideas hasta que pudo refugiarse en Sicilia.

En tiempos de los reinos de Taifas, ya descompuesto el Califato de Córdoba, la escuela sufí de Ibn Masarra fue obligada a la clandestini­dad. Sus últimos discípulos, reunidos en Almería, fueron los únicos en protestar cuando los fanáticos fuqahas quemaron las obras de Ghazali por orden del sultán almorá­vide Yusuf Ibn Tashfin en el año 1106.

Toda la grandeza del pensamiento islá­mico de Occidente estaba en contradicción con la de estos fuqahas. Estos sacerdotes, que formaban una oligarquía jurídica, se convirtieron en un auténtico tribunal inquisitorial. Fueron ellos quienes prepararon la invasión extranjera de los almorá­vides en el año 1086, y fueron ellos los principales responsables de la decadencia y la derrota del Islam en la península Ibérica.

Su ortodoxia islámica degeneró hacia un forma­lismo sin alma y un ritualismo arcaico. Era un Islam de beatos, serviles con el poder, promotora de delaciones a la menor inobservancia de los ritos, predicadora del fatalismo y la resignación, que no podía extenderse como una idea vivificadora y que si lo había hecho el Islam primitivo, abierto y creador.

Un ejemplo de intransigencia religiosa de los faqihs que terminó causando una reacción en su contra fue la expulsión de los mozárabes de Al-Ándalus a tierras del norte de África en 1095, con el acuerdo del al­morávide Yussuf. Esos mismos cristianos, en el año 1125, pidieron ayuda al rey aragonés Alfonso I el Ba­tallador, para que los rescatara de aquel exilio.


PROCLAMA PÚBLICA DE LOS FUGAHAS


Paradójicamente, en aquel escenario de represión y oscurantismo al pensamiento libre, el califa almohade Yusuf consiguió abrir una vía de respeto y de paz sobre el cerco ideológico de los fuqahas malekitas, entre los años 1154 y 1182. Durante este corto periodo, el califa protegió a lbn Ruschd “Averroes”, hasta que el sectarismo tomó un nuevo impulso. Entonces, el pensamiento de Ibn Ruschd fue perseguido, o el judío Maimónides abandonaba Córdoba. El cadí de Toledo Ben Said llegó a relatar como los sabios y eruditos se refugiaban en los reinos cristianos, más tolerantes.

Pero la ciencia y la filosofía de la esplendorosa Al-Ándalus alcanzaron un nivel de erudición y profusión que ni la persecución de Almanzor y la posterior represión de los fuqahas en tiempos de los reinos de Taifas pudieron cerrar todas las escuelas y bibliotecas, quemar todos los libros e imponer un pensamiento ortodoxo único. Incluso, tras las invasiones de los almorávides y almohades sobresalieron grandes talentos de la cultura hispanoárabe. En ciudades como Sevilla, Toledo, Zaragoza y más tarde en otras del Al-Ándalus surgieron escuelas y centros de estudios que trataron de alcanzar el anterior nivel de producción filosófico y científico de Córdoba. Los reyes de Taifas acogieron a letrados en sus Cortes y sus bibliotecas reunieron miles de volúmenes de las obras más importantes. Las hospederías se multiplicaron, el comercio con el Mediterráneo se mantuvo en plena actividad y la artesanía continuó en progresión.

Los reyes Moctádir y Motamin, de la taifa de Toledo, hospedaron al Cid Rodrigo Díaz de Vivar durante su destierro y se distinguieron como filósofos y matemáticos. Y cuando los almorávides invadieron la península, Valencia y Zaragoza buscaron en el Cid su protección contra los africanos.

Quien también estuvo desterrado en Toledo fue el rey leonés Alfonso VI durante el reinado de Mamún. Esta era una práctica habitual: cuando los caballeros y príncipes cristianos eran desterrados por sus señores, solían refugiarse en las cortes musulmanas. Alfonso pudo conocer la obra de las escuelas toledanas, sus bibliotecas y su jardín botánico, permitiendo que tras su reconquista, la cultura hispano-árabe entrara en Castilla con todo su carácter andalusí.


ESCUELA FILOSÓFICA ANDALUSÍ

Hispanic Society of America

La Hispanic Society of America es un museo gratuito y biblioteca de investigación para el estudio de las artes y cultura de España, Latinoamérica y Portugal. Está situada en la ciudad de Nueva York.

Fundada por Archer Milton Huntington el 18 de mayo de 1904, abrió sus puertas en su edificio estilo Beaux-Arts, que es aún hoy su sede, en 1908, en la llamada Audubon Terrace, situada en la avenida Broadway entre las calles 155 y 156 de Nueva York. La Sociedad Hispánica cuenta con un museo, una biblioteca y el seminario de estudios hispánicos medievales (Hispanic Seminary of Medieval Studies), que es considerado como una de las más prestigiosas editoriales en su campo. La Sociedad, además, ha financiado expediciones, revistas académicas e importantes exposiciones de arte.

Actualmente, la Hispanic Society of America es el mayor y más importante museo de arte español fuera de España, con pinturas que abarca desde la época medieval hasta nuestros días, e incluyen auténticas joyas del Siglo de Oro, del XIX y de principios del XX.

Archer Milton Huntington nació en 1870 en Throggs Neck (Bronx). Hijo de un industrial, del que recibió una de las mayores fortunas de Estados Unidos, mostró desde muy joven un gran interés por la cultura española, viajando con tan sólo 20 años hasta España para conocerla in situ.

El 18 de mayo de 1904, Huntington fundó la Sociedad con el fin de establecer una biblioteca y un museo públicos para difundir la cultura española y Latinoamericana gratuitamente.


FACHADA DE LA SEDE

El museo cuenta con más de 800 pinturas, 600 acuarelas, 1.000 esculturas, y 6.000 objetos decorativos, incluyendo una colección de textiles. Asimismo posee una amplia colección de 15.000 grabados de varias épocas y más de 175.000 fotografías desde 1850.

Entre los cuadros más destacados del Siglo de Oro se encuentran La Piedad del Greco, obra que realizó durante su estancia en Roma y en la que muestra la gran influencia del renacentismo italiano, también Retrato de niñaEl cardenal Astalli El conde-duque de Olivares de Diego de Velázquez, y pinturas de MurilloFrancisco ZurbaránJusepe Ribera y Alonso Cano.

De Francisco José de Goya, cuenta con importantes dibujos, grabados y cuadros como el retrato de La Duquesa de Alba.

La colección de pinturas de la Sociedad la completan artistas del XIX y XX como Joaquín Sorolla y Bastida, Mariano Foruny, Ramón Casas, Santiago Ruisiñol, Isidro Nonell e Ignacio Zuloaga.

La colección Las regiones de España de Joaquín Sorolla está ubicada en una impresionante sala de grandes lienzos. Debido a obras de restauración, dichas pinturas se desmontaron y enviaron temporalmente a España, donde se expusieron en una muestra itinerante por varias ciudades que culminó en 2009, en el Museo del Prado y finalmente en Valencia.

Pero además, la Hispanic Society of America cuenta con una exposición de joyería, orfebrería, arqueología, tejidos, grabados, fotografía, etc., y una de las mejores colecciones de cerámica hispanomusulmana formada por más de 150 piezas desde el siglo XIV hasta el XX. El museo tiene objetos decorativos y utilitarios de cerámica y porcelana procedentes de distintos talleres de España, Italia y México.


LIENZOS DE LAS REGIONES DE ESPAÑA


La biblioteca alberga más de 15.000 libros impresos antes de 1701, de los cuales hay 250 incunables; uno de ellos es la "editio princeps" de La Celestina (Burgos, 1499). Entre los libros que custodia, se encuentra una rica colección de la escritora hispano-mexicana sor Juana Inés de la Cruz, la primera edición del Quijote, e infinidad de rarísimos impresos españoles.

La colección de manuscritos de la Sociedad Hispánica es la más importante fuera de España, con documentos tan importantes como el primer Fuero Real de Castilla, el de Aguilar de Campoo (Palencia). Por esta razón es un centro de documentación esencial para investigadores de la cultura hispánica de todo el mundo y paraíso de bibliófilos. Entre los manuscritos más preciados se encuentra el original de El alguacil endemoniado, uno de los Sueños de Quevedo, así como importantísimos documentos medievales.

Lo más significativo de la sección de manuscritos y libros raros (que reúne 200.000 ejemplares de los siglos XI al XX) es la colección del Marqués de Jerez de los Caballeros. Cuando Huntington la adquirió en 1904 al marqués, Manuel Pérez de Guzmán y Boza, se decía que era la mejor biblioteca de libros españoles de todo el mundo. Son 10.000 obras, entre impresos y manuscritos, y cuando salieron de España, Ramón Menéndez Pidal dijo que se trataba de "una pérdida peor que la de Cuba".

Destaca el mapamundi realizado por Juan Vespucio (sobrino del navegante) en 1526 que incluye la representación más temprana y precisa del Golfo de Florida y el Manual de instrucciones para los pilotos de mar, un libro de la Universidad de Mareantes de mediados del XVI. También posee la primera edición de Tirant lo Blanch (1490) y obras de Alfonso X el SabioAntonio de Nebrija, el Marqués de Santillana o la ya citada primera edición de El Quijote.

Otra parte de los fondos de la biblioteca de la Hispanic Society pertenece a autores del siglo XX que fueron amigos personales de Huntington: cartas, manuscritos y ediciones firmadas de Rubén Darío, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Emilia Pardo Bazán o Antonio Machado y, aunque Huntington no llegó a conocer a Federico García Lorca, se conserva la versión original a máquina con anotaciones manuscritas de Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, gracias a una importante donación que realizó Mildred Adams, estudiosa de Lorca.


AYAMONTE, DE JOAQUÍN SOROLLA


La plaza que se encuentra junto a la Hispanic Socitety, conocida como Audubon Terrace, ofrece uno de los mejores conjuntos de escultura monumental de Nueva York. La plaza de las Bellas Artes fue diseñada en 1908, pero fue Anna Hyatt Huntington, distinguida escultora americana y esposa del fundador, quien transformó más tarde el lugar con sus esculturas.

En el nivel inferior se encuentra una estatua ecuestre del Cid Campeador, con cuatro guerreros sentados alrededor de la base. El Cid ocupa este lugar de honor por el amor de Huntington por la literatura española y, sobre todo por el romance El poema del mío Cid. El conjunto se completa con dos astas de bandera en cuya base se representan personificaciones de las artes, monjes arrodillados, eclesiásticos y escenas de batallas.

El conjunto de bronce exento se complementa con relieves de piedra caliza representando a Boabdil, último califa de Granada, y Don Quijote, ambos de perfil y a caballo. El interés especial de Anna Hyatt por la escultura de animales queda también patente en las figuras de leones, ciervos, osos, jaguares, buitres y jabalíes, que completan Audubon Terrace.


ESTATUA ECUESTRE DEL CID

Caridad social y Liberalismo cristiano de Concepción Arenal


Periodista, abogada y escritora, está considerada como la promotora del Feminismo y al mismo tiempo la primera gran precursora del trabajo social en España. Impulsora de reformas sociales y culturales, fue una de las personalidades más influyentes del siglo XIX español. Sus aportaciones teóricas intentaban superar la dicotomía entre pensamiento y acción desde la influencia de la Ilustración, el Humanismo liberal, el Cristianismo reformista, la defensa de la mujer y la visión caritativa de la pobreza.


RETRATO DE CONCEPCIÓN ARENAL


Concepción Arenal nació en 1820, en El Ferrol, durante el reinado de Fernando VII y pocos años después de la Guerra de la Independencia española. En aquella época, España volvía a abrazar el Antiguo Régimen, sin embargo las ideas liberales comenzaban a extenderse entre la sociedad, especialmente entre la burguesía y en las élites culturales. Por entonces, el Liberalismo no estaba únicamente vinculado a cuestiones económicas, sino también a aspectos políticos y sociales.

Su trayectoria vital y profesional se fue desarrollando en el proceso de implantación del Estado liberal, con las consecuentes tensiones ideológicas y políticas. De ahí su excepcionalidad debido a su condición de mujer y su empeño en incidir en unos ámbitos reservados a los varones como son las cuestiones sociales, el sistema penitenciario, el derecho penal y el derecho internacional.

Su madre era María Concepción de Ponte y Tenreiro, perteneciente a la pequeña nobleza gallega. Su padre era Ángel del Arenal y de la Cuesta, un militar de profundas ideas liberales, que había sufrido duramente la represión del rey Fernando y su Régimen absolutista. Murió en la cárcel, cuando Concepción tenía solo 8 años de edad.

Junto a su madre y dos hermanas, Concepción fue a vivir en Armaño (Cantabria), donde residía su abuela paterna. Pero fue a los 14 años cuando se trasladaron a Madrid, ayudados por su tío Antonio Tenreiro, segundo conde de Vigo. Este le ayudó en su formación religiosa, pero además facilitó la lectura de libros y la asistencia a reuniones de tipo cultural. Pudo disfrutar de su biblioteca familiar con lecturas de tipo religiosas en su mayoría (san Agustín, santo Tomás, santa Teresa, san Pablo, Bossuet, etc.). No se conformó con las enseñanzas superficiales que se impartían en el colegio privado de la calle Tepa, al que acudía junto a su hermana Tonina, y sus aspiraciones a unos conocimientos más serios le generaron discusiones con su progenitora.

 
RETRATO DE CONCEPCIÓN ARENAL


En 1841, tras recibir la herencia del mayorazgo paterno, que le garantizaba una renta, pudo orientar su vida a la consecución de un objetivo: el estudio de leyes en la universidad. En su época las mujeres tenían denegado el acceso a cursar estudios universitarios, siendo pionero su propósito.

Para poder asistir a las clases de la Faculta de Derecho de la Universidad Central de Madrid (Universidad Complutense), entre los cursos 1842-43 y 1844-45, tuvo que disfrazarse con atuendo masculino. No pudo matricularse, examinarse y obtener titulación alguna.

Durante su etapa como estudiante "clandestine" conoció a su futuro marido, Fernando García Carrasco, también abogado, periodista y escritor de profundas ideas liberales. A pesar de tener trece años mayor que ella, ambos se casaron en Madrid en abril de 1848. Su marido generó un gran aporte en el desarrollo de su pensamiento; si hasta entonces, había recibido la influencia del liberalismo moderado a través de su familia paterna, su marido la introdujo en los círculos del liberalismo progresista. Frecuentaban las tertulias de esta disciplina ideológica y política, como las del Café Iris.

Ambos colaboraron juntos en la elaboración del periódico madrileño de tendencias liberales llamado La Iberia, fundada por Pedro Calvo Asensio en 1854. Se llamaba así porque ya entonces una idea brotaba por los entornos culturales: la unificación de España y Portugal. El objetivo de esta publicación era el de convertirse en la referencia del mundo intelectual español, pero también en un punto de unión para los liberales españoles. Apoyaba la Revolución de 1854 y elogiaba la figura de Baldomero Espartero.

En estas páginas, Concepción dio sus primeros pasos profesionales desde 1855, tanto con artículos divulgativos propios como colaborando en la elaboración de los editoriales del periódico junto a su marido.

Realizaba sus primeros escarceos literarios en el ámbito de la poesía, el teatro y la prosa. Solo una obra conoció el éxito, Fábulas (1851), que fueron utilizadas durante varios años como libro de lectura en las escuelas primarias. Pero en todas había dejado constancia de su personalidad inquieta, en plena lucha entre la amplitud de sus aspiraciones personales y las limitaciones de condición femenina. Siempre trató de ser fiel a unos principios: la razón, la verdad y la libertad.

 
RETRATO DE CONCEPCIÓN ARENAL


En 1857, moría su esposo de tuberculosis, con el que tuvo a dos hijos, Ramón y Fernando. La nueva Ley de Imprenta, aprobada en mayo de 1857, obligaba a incluir la firma del redactor en los artículos sobre política, filosofía y religión. Los editores jefe de La Iberia consideraron inapropiado la firma de una mujer, por lo que en junio Concepción causó baja.

Tras este doble trágico suceso, Arenal decidió retirarse a vivir en Potes (Asturias) para escribir algunas obras que fueron presentandas a premios literarios. Su obra La fórmula más bella del progreso es la de la perfección moral, que ganó el concurso literario de la Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País.

En esta época de madurez personal e intelectual, Arenal supo conjugar sus ideales sociales con sus creencias cristianas y, sobre la necesidad de establecer una solidaridad social.

En Dios y libertad, escrita en 1858 aunque publicada años después de su muerte, trató de establecer el diálogo entre dos culturas enfrentadas, la católica y la liberal, y preconizaba el estudio necesario para la constitución de una ciencia social que contribuyera con sus reformas al progreso moral, material y espiritual de la sociedad.

Gracias a la amistad con el músico asturiano José Monasterio, Concepción pudo conocer la obra asistencial de las Conferencias de San Vicente Paúl. Era una asociación de laicos católicos fundada por Federico Ozanam en París, en 1833, e introducida en España, en 1848, por el también músico Santiago Masarnau. Había encontrado en la asistencia social un terreno idóneo donde desarrollar sus ideas e intenciones reformadoras, por eso al año siguiente fundó la rama femenina de las Conferencias de San Vicente Paúl. La filosofía de actuación de este colectivo partía de la diferencia de concepto que para ella significaban los términos caridad, beneficencia y filantropía.

En su opinión, había que acercarse a los necesitados más allá de ofrecer recursos propios. Y es que el objetivo de esas conferencias era organizar grupos de tres personas con voluntad de adoptar a pobres y enfermos a los que visitar y cuidar en sus propias casas, conocer cuáles eran sus necesidades y cómo se podían cubrir. No sólo se trataba de dar limosna, sino también de aliviar sufrimientos y colaborar en la recuperación social de las personas a las que se ayudaba. Su filosofía tuvo éxito, ya que un año después se habían formado 70 grupos en toda España que habían realizado casi medio millón de visitas a los necesitados. El progreso, que ya había llegado a España en aquellas fechas, tenía esa doble cara, puesto que también creaba un grupo social de necesitados y pobres.

 
MONUMENTO A CONCEPCIÓN ARENAL EN MADRID,
POR JOSÉ MARÍA PALMA BURGOS
 
 
Fruto de su experiencia y pensamiento fue la redacción en 1860 del texto de La beneficencia, la filantropía y la caridad, basada en los "principios que convendría seguir para enlazar la caridad privada con la beneficencia pública". Fue presentada al premio literario de la Real Academia de las Ciencias Morales y Políticas, aunque firmada con el nombre de su hijo menor de edad Fernando. Al obtener el premio, desveló su verdadera autoría, presentándose desde entonces a la vida pública como una mujer de gran valía.

En esta obra diferenciaba los tres conceptos: "Beneficencia es la compasión oficial que ampara al desvalido por un sentimiento de orden y justicia; filantropía es la compasión, filosófica, que auxilia al desdichado por amor a la humanidad, y la conciencia de su dignidad y derecho". O más concretamente: "La beneficencia manda al enfermo a una camilla, la filantropía se acerca a él, y la caridad le da la mano".

Sus reflexiones constituyen una muestra de su liberalismo reformista-organicista, que buscaba resolver la cuestión social mediante una reforma moral y la movilización de la sociedad civil. Pretendía un Estado armónico, basado en el ciudadano consciente de sus derechos y deberes y que no tuviera por qué asumir funciones que la sociedad civil pudiese desempeñar por sí sola, aunque sí le correspondía velar por el contrato social y favorecer la justicia mediante leyes. Además, ponía énfasis en la necesidad de una sociedad civil activa y sensibilizada hacia el desfavorecido, que pudiera movilizarse a través de asociaciones orientadas a remediar las diversas necesidades. Su pensamiento ideal de la beneficencia combinaba razón, sentimiento e instinto: la razón representada por el Estado, el sentimiento por las asociaciones filantrópicas y el instinto por la caridad individual.

Para orientar la actuación de los miembros de las Conferencias de San Vicente de Paúl y otras asociaciones caritativas ocupadas de los marginados escribió, en 1863, Manual del Visitador del Pobre, editado por iniciativa de Santiago Masarnau, presidente de las Conferencias. Era un tratado de atención domiciliaria a los pobres y desamparados en la sociedad liberal.

Sus ideas a propósito de los desheredados de la sociedad, que incluía a enfermos, pobres y presidiarios, se fundamentaban en la necesidad de que la sociedad articulara mecanismos de solidaridad social, un concepto que por entonces apenas se concebía pero que supo desarrollar. Pese a sus fuertes convicciones liberales, no dudó en reclamar al Estado la participación de esta labor. Y también la de la Iglesia, puesto que consideraba que debería imponerse la obligación de ejercitar la caridad a todas las asociaciones religiosas que quisieran actuar como tales.

Evidentemente, su posición no fue entendida por los liberales más extremistas, quienes tampoco aceptaron que su posición a favor de la mujer en las jerarquías eclesiásticas, pero también en las sociales. Como puesta en práctica de su pensamiento fue la fundación en 1869 del Ateneo Artístico y Literario de Señoras con la ayuda del teólogo y filósofo Fernando de Castro, uno de los grandes defensores, junto a ella, de la mujer como parte fundamental en el desarrollo de la sociedad.

Consideraba que la sociedad disponía de las herramientas necesarias para equilibrar las diferencias sociales. Incluso en algunos de sus trabajos advirtió del peligro de la formación de guetos de enfermos y pobres, una realidad que por entonces empezaba a percibir como posible foco de delincuencia, pero teniendo bien claro, que la "la pobreza no es un crimen y que el pobre no está fuera de la ley". Al contrario, la sociedad debía de preocuparse de que no se pudiera llegar a situaciones de exclusión social. Al mismo tiempo, tanto sus ensayos como en sus artículos mostraba un convencimiento científico en diversas ramas que no sólo asimiló como parte de su intelecto: tenía perfectamente clara la necesidad de que la ciencia se pusiera en auxilio de quienes requerían de sus avances. No encontraba en la ciencia impedimento alguno para desarrollar sus profundos sentimientos religiosos.

Durante esta etapa de su vida, Concepción desarrolló gran parte de su ideario social, y en cierto modo también político, que fue poniendo en práctica en sus diferentes labores. Se había instalado en La Coruña, donde tomaba parte de las tertulias de la condesa de Espoz y Mina y en su asociación filantrópica. Fue entonces cuando fue nombrada visitadora de prisiones de mujeres por el ministro de gobernación Florentino Rodríguez Vaamonde en abril de 1864.

Posiblemente, el hecho de que su padre muriese en la cárcel condicionase su voluntad, pero también la dura experiencia en la cárcel de La Coruña, fuese el motivo para impulsar una reforma del sistema penitenciario nacional y de su Código Penal, así como la elaboración de un plan de reinserción para presos. Ideas que quedaron expuestas en 1865 en su obra Cartas a los delincuentes. Propiciaron su destitución del cargo que ocupaba porque, según Concepción, "yo era una rueda que no encajaba con ninguna otra del engranaje penitenciario y debía suprimirse".

Aquellas cartas tenían un objeto pedagógico como enseñar el código penal a los delincuentes y fundamentar sus preceptos en la naturaleza de las cosas para moverles a su cumplimiento. En ellas ponía énfasis en la necesidad de educar al presidiario, pues para ella la mayoría de los delitos se cometían por ignorancia de la ley, mostrándose convencida de la dignidad de los presos, una idea básica de la reforma que planteaba. Para Concepción el delincuente no siempre era el problema, sino una víctima más cuya única culpa eran sus circunstancias desfavorables en las que vivía. Por eso una de sus frases fue: "Condena el delito, pero no al delincuente". Y es que, a pesar de ser religiosa, no creyó en la justicia divina, sino en la injusticia humana como motor de lucha para combatir los problemas.

 
SELLO DEDICADO A ARENAL POR EL GOBIERNO DE LA II REPÚBLICA
 
 
A propósito de la dignidad humana del preso, escribió en una de sus cartas:
"Yo no soy de los que creen que un hombre condenado a presidio no es un hombre ya, que no merece en nada la consideración que debemos a nuestros semejantes, ni puede ser tratado como un ser racional. Yo no soy de los que creen que en una prisión no se comprende ninguna idea de justicia, ni halla eco ningún sentimiento honrado, ni gratitud a ningún beneficio. Yo os considero como hombres, como criaturas susceptibles de pensar y de sentir, como hermanos míos, hijos de Dios formados a su imagen y semejanza, y en quienes la huella de la culpa no ha podido borrar a su noble origen."

Otra idea fundamental para la reinserción del delincuente era la introducción de un sistema de visitas al preso por parte de sus familiares. Estaba convencida de que el régimen de visitas, además de ser una cuestión humanitaria, era imprescindible para el proceso de rehabilitación del presidario en la sociedad.

El nuevo gobierno de la Revolución de 1868, la "Gloriosa", volvió a requerir sus servicios nombrándola inspectora de la Casas de corrección de mujeres, cargo que ocupó hasta 1873. Desde entonces trabajó sin descanso en pro de reformas penales y penitenciarias inspirándose en su humanismo cristiano y la corriente del correccionalismo que se estaba fomentando en Europa. Para ello contó con destacadas personalidades como el catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Salamanca, Pedro Dorado, el médico y escritor criminólogo Rafael Salillas y el político liberal Salustiano Olózaga, y otros como Fermín Caballero y Ramón de la Sagra.

 
PELÍCULA LA VISITADORA DE CÁRCELES


Durante este tiempo, Concepción escribió sus experiencias y pensamientos tanto en libros como El visitador del preso, Estudios penitenciarios, La llamada cárcel modelo, como en numerosos artículos de periódicos, especialmente en el semanario La voz de la caridad, que fundó junto a la condesa de Espoz y Mina, en 1870. En esos textos denunció las pésimas condiciones de los establecimientos penales, la larga permanencia de los reclusos en prisión preventiva, la incompetencia de muchos funcionarios penitenciarios, la explotación del trabajo de los internos, las injustas leyes penales, e incluso la ineptitud de muchos jueces, así como el rechazo social que experimentaban los presos una vez volvían a la libertad. Proponía una nueva organización de las prisiones, bien dotadas en recursos y con un personal preparado para que respetasen la dignidad de los reclusos, y para su educación en favor de su reinserción social.

En La voz de la Caridad publicó Cartas a un obrero, un serial con una enorme relevancia, consiguiendo predilección en la derecha liberal en una época donde el Marxismo comenzaba a tener un gran impacto en una Europa que asistía a la eclosión del Comunismo. Aquellas cartas ofrecían un aire renovador:
"No debes recurrir a la violencia. Está más interesado en el orden el pobre que el rico… La miseria es efecto de múltiples y complejas causas, y se combaten elevando el nivel moral e intelectual de la sociedad. Hay que reformar las cosas sin que se tenga que reformar a las personas."

Pero en esta publicación también expresaba sus ideas sobre el sistema penalista, proponiendo que solo una orientación educativa y no represiva lograría reformar al delincuente en lugar de castigarle. Estas ideas ejercieron influencia incluso en el sistema penitenciario inglés.

Durante el Sexenio Democrático (1868-1874), Concepción empezó a defender algunas ideas del Krausismo, corriente filosófica a favor de la tolerancia académica y la libertad de cátedra en la universidad. Estableció relaciones intelectuales y profesionales con krausistas como el rector de la Universidad de Madrid, Fernando de Castro, y los políticos Giner de los Ríos o Gumersindo de Azcárate. Existían muchos aspectos comunes entre los planteamientos de Concepción y la filosofía krausista, basados en la tolerancia y progreso de la sociedad. Hechos de colaboración mutua fueron el apoyo al programa de educación a las mujeres impulsado desde el Ateneo Artístico y Literario de Señoras de Madrid por el rector Castro en 1868, o la participación de Giner, Azcárate y Arena en la Junta para la Reforma penitenciaria de 1873. Además, Azcárate trabajó en el La Voz de la Caridad, llegando a dirigir el semanario en 1877, mientras que Arenal contribuía en la redacción del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza.

 
PLACA DE LA CALLE CONCEPCIÓN ARENAL EN MADRID


En 1875 vivía en Gijón, pero manteniéndose cerca de su Galicia natal. Su hijo Fernando García Arenal era el ingeniero responsable de las obras del puerto de esta ciudad asturiana. Su otro hijo, Ramón, era militar que estuvo destinado en las colonias y murió en 1884. En su madurez personal y profesional, Arenal llevaba estilos de vida austeros, mantenía costumbres católicas y vestía oscuros ropajes de viuda con los que mostraba su inmaculada moral, ganándose el respeto en ámbitos políticos y culturales de administración masculina.

Para Arenal, la educación de las mujeres siempre fue una preocupación por la que luchó desde joven, revelándose contra la discriminación que sufría este género para cursar estudios universitarios. Pero fueron sus actividades caritativas y sus trabajos en las prisiones las que la llevaron a profundizar sobre las situaciones de las mujeres pobres, enfermas, prostitutas o delincuentes. La causa principal de tales miserias fue la falta de educación y formación. Esta escasa o nula instrucción de la mujer española, motivo principal de su baja situación en todos los ámbitos de la vida social, fue denunciada por Arenal durante el ciclo de Conferencias dominicales para la mujer, en el Paraninfo de la Universidad de Madrid, en el curso 1869-70, organizado por su gran amigo y colaborador el recto Fernando de Castro.

El contenido de aquella crítica constructiva, elaborado durante años de reflexión, fueron publicadas en La mujer del porvenir en 1869. Se trataba de un manifiesto que definitivamente abría el debate sobre la emancipación femenina, que consideraba esencial para poder reformar a la sociedad en su conjunto. Intentaba contrarrestar las teorías frenológicas de F. J. Gall sobre la menor capacidad intelectual femenina debida al menor tamaño de su cerebro. Combatía estos errores y prejuicios, tan en alza en aquella época, basándose en las cuestiones culturales y no orgánicas y físicas, causantes de la discriminación femenina. Puso por caso contradictorio que una mujer pueda ser reina y jefa de Estado, pero se impedía a todas las demás acceder a profesiones. Y por caso discriminatorio que el Derecho Civil tratase de forma distinta a hombres y mujeres, pero el Derecho Penal se aplicase por igual.

Para Arenal, la mejor manera de superar estas adversidades pasaba por el reconocimiento de todos los derechos de la mujer, su acceso a la educación y a las profesiones y oficios. Pero, paradójicamente, no aconsejaba aún la introducción de la mujer en el ejército y la justicia, incluso en la política debido a su "natural dulzura", aunque si en la Iglesia. Por lo tanto, Arenal no reivindicaba una total integración de la mujer en la vida social y profesional, no reclamaba una igualdad plena de derechos entre ambos géneros, sino la complementariedad de papeles del hombre y mujer en la familia, la cual consideraba como la unidad básica de la sociedad.

Algunas de estas ideas fueron explicandas en La mujer de su casa (1874), Estado actual de la mujer en España (1884) y La educación de la mujer (1892). Esta última obra fue presentada por Emilia Pardo Bazán en el II Congreso Pedagógico Hispanoamericano en Madrid, sustituyendo a Arenal por su delicado estado de salud.

 
RETRATO DE CONCEPCIÓN ARENAL
 
 
Durante esta etapa de su vida en Vigo, siguió poniendo en práctica sus ideales, manteniendo el contacto con círculos reformistas y krausistas, ayudando en los hospitales de campaña organizados por la recién fundad Cruz Roja durante la III Guerra Carlista, y escribiendo artículos para revistas, especialmente en La Voz de la Caridad. También daba continuidad a su carrera como escritora, publicando obras dedicadas a resolver problemas sociales como Cartas a un obrero y Cartas a un señor, reunidas bajo el título La cuestión social (1880), La instrucción del pueblo (1878), y a asuntos jurídicos y penitenciarios. En este ámbito, escribió Ensayo sobre el derecho de gentes (1879) y sus comunicaciones a los Congresos internacionales de Estocolmo (1878), Roma (1885), San Petersburgo (1890) y Amberes (1892). Con Juicio crítico de las obras de Feijoo obtuvo otro premio literario.
Según explicó el historiador José María Lacalzada:
"Concepción Arenal fue el último liberal ilustrado y el primer regeneracionista. Dentro de las tendencias españolas quedó situada en un cruce de perspectivas, pues instigó a la reforma intelectual de la burguesía y del obrero en unos términos que no correspondían ni a la moralidad del sistema dominante, ni a las expectativas que abría la Internacional obrera. Las formulaciones que dio a la moral, a la religiosidad y al derecho proyectaron su obra más allá de su propio contexto histórico, no solo en el espacio, sino en el tiempo."

El 4 de febrero de 1893, Concepción Arenal fallecía en Vigo, cuya noticia tuvo enorme repercusión en la prensa, especialmente en medios de tendencia liberal y republicana. El Ateneo de Madrid organizó un homenaje a su personalidad científica y humana, con intervenciones de Azcárate, Salillas y Sánchez Moguel. Su obra y pensamiento fue reivindicada por la Iglesia integrista, que destacaba su concepto de caridad basado en su religiosidad frente a la ideología liberal. Tanto, católicos como liberales, se aprovecharían de la figura de Arenal durante el siglo XX, a los que habría que añadir a las feministas. Pero, ya en 1993, durante el I Centenario de su muerte, fue estudiada sin apropiaciones interesadas y analizado en profundidad su pensamiento liberal y reformista. Su epitafio tiene grabado el lema póstumo: "A la virtud a una vida y a la ciencia".
 
ESTATUA A ARENAL EN ORENSE, POR ANICETO MARINAS (1898)