Novela Picaresca: reflejo de la crisis socio-económica del Barroco


El en el siglo XVI, la novela Picaresca introdujo un modo de novelar, siendo uno de los productos más característicos de la cultura Barroca. Pero además la novela Picaresca ha sido calificada por muchos como reflejo de nuestra filosofía, aunque su medio de expresión no sea el discurso académico sino el lengua corriente.

El trasfondo socio-económico de la crisis barroca fue una amplia decadencia, que se produjo durante el reinado de Felipe II. Siendo esta decadencia distinta en el centro respecto a la periferia, por lo que surgieron el bandolero catalán y el pícaro castellano. Ambos fueron el resultado y productos del hambre, la miseria y el desempleo, pero con una diferencia: mientras el pícaro aceptaba las condiciones como se presentaban e intentaba conseguir provecho, el bandolero protestaba.


EL TRIUNFO DE BACO (LOS BORRACHOS), POR DIEGO VELÁZQUEZ


El pícaro y la sociedad en que vivía inspiraron la novela picaresca, reflejo de una España que no logró crear una sociedad burguesa basada en el trabajo y un nuevo orden económico. Cuando terminaron las etapas de conquistas y expansión imperial, el español encontró en las actividades antisociales la salida natural para su individualismo, y los antiguos soldados engrosaron el ejército de mendigos, rufianes, valentones, tahúres, embaucadores o hidalgos hambrientos y vanidosos, en los que se inspiró la novela picaresca.

En el centro de España la pobreza del campo incitó a una huida en masa hacia las ciudades, donde se podía vivir de la caridad o encontrar oficios serviles. Se llenaron pues las ciudades de sopistas y vagabundos, y crearon el ambiente apropiado para que surgiera la figura del pícaro: generalmente un pecador arrepentido que escribe sus memorias en edad madura, con carácter moralizador. El pícaro literario es así un pretexto para evidenciar ciertas lacras sociales: un protagonista nacido en los bajos fondos de la sociedad, sin oficio determinado, criado de muchos amos, que narra su vida con desenfado. Venía a ser pues un antihéroe conexionado con la literatura de los conversos, en tiempos en los que existió cierta rebeldía popular y alzamiento moral de los siervos.

La novela moderna surgió cuando el Realismo se impuso al Idealismo de la época renacentista, y el pícaro encarnó un nuevo personaje opuesto al pastor idealizado y al héroe caballeresco. Cambiaron los gustos literarios, porque el público deseaba ver la vida como era. La novela picaresca nace pues con la naturalidad del ambiente social, espiritual y material de su época, un cambio general de vida promovido por la crisis económica, moral e intelectual que se produjo entre la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII. El pícaro que narra su vida impuso un punto de vista libre e individual, como si deseara una inversión social. Por eso la novela picaresca tiene una significación ideológica que supera la simple innovación estética, con disertaciones morales y relatos didácticos, con una insatisfacción e inquietud desilusionada y escéptica, con la astucia como arma de defensa. El pícaro es por eso el desposeído por excelencia, el pobre absoluto, conciencia disidente que protesta ante la injusticia, denuncia de la sociedad en que vive y expresión de su conciencia disidente. La novela picaresca es así un producto pseudoascético, y algunos escritores de novelas picarescas escribieron también escritos religiosos o morales.

El fondo filosófico de la picaresca literaria ya se había originado en la escuela cínica griega y en el Estoicismo grecorromano. De ambas concepciones asumió el Individualismo y el espíritu de resistencia, también la indiferencia por el mundo exterior y por su reputación. La picaresca fue la continuación del Estoicismo con otros medios, amoldada a la manera española de protesta, menos crítica y sufrida, pero más irónica y risueña.

La novela picaresca es la respuesta a la fachada barroca y refulgente de su tiempo y el testimonio de los bajos fondos de la vida que no aparecen en las crónicas de sociedad escritas por los historiadores y cronistas. Su protagonista no es el héroe convencional de las novelas caballerescas, pastoriles o sentimentales, sino el anti-héroe marginado y excluido social.


COMIDA DE PÍCAROS, POR DIEGO VELÁZQUEZ


Este género dio sus primeros pasos con La lozana andaluza de Francisco Delicado en 1528, donde la peripecia de una prostituta de Roma permitió justificar el arrasamiento de esta ciudad por las tropas imperiales a causa de la degradación moral en que había caído. La obra es significativa ya que su autor era un sacerdote con una pésima opinión del clero católico, que describió los vicios sociales y eclesiásticos. En un ambiente donde los primeros en prostituirse eran los papas y los reyes, cortesanos y sacerdotes, la prostituta en un sentido estricto resultaba ser una simple superviviente dotada de más sentido moral que aquellos que viven de predicar a los demás.

Posiblemente fue la aparición del La vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, en 1554, lo que produjo una mayor diversificación y dilatación del género picaresco. En ella el autor recoge la vida de Lázaro desarrollada en Salamanca y Toledo, contraponiendo al imperio de Carlos V la existencia de un pobre desdichado que sólo encuentra acomodo cuando acepta convertirse en cornudo consentido. En este panorama quedaron mal parados los clérigos que traficaban con bulas en pleno estallido de la Reforma de Martín Lutero, los que carecían de compasión hacia las necesidades del prójimo, y los hidalgos que se negaban a trabajar convencidos de su superioridad moral. 

En Lázaro de Tormes es una obra erasmiana, muy contagiada de espíritu castellano. No aparece la amargura ni el resentimiento de los pícaros posteriores, pero es sin duda la primera gran novela picaresca y más genuina porque reúne las siguientes características: 1. forma autobiográfica; 2. protagonista de baja clase social; 3. relato desde la infancia a la madurez; 4. carácter vagabundo del protagonista; y 5. hambre y necesidades como móviles vitales.
"Como la necesidad es tan gran maestra, viéndose con tanta hambre siempre, noche y día estaba pensando la manera que tendría en sustentar el vivir. Y pienso, para hallar estos negros remedios, que me era luz el hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa."

EL LAZARILLO DE TORMES, POR LUIS SANTAMARÍA PIZARRO


El Guzmán de Alfarache, escrita por Mateo Alemán en 1599, es mucho más pesimista y exenta de la compasión del Lazarillo. Para él, pobreza y picaresca "salieron de la misma cantera". El pueblo hambriento es el eje central de esta novela:
"Los trabajos todos comiendo se pasan; donde la comida falta, no hay bien que llegue ni mal que no sobre, gusto que dure ni contento que asista."
Esta obra resultó extraordinaria en sus descripciones del sistema judicial y carcelario, y en la manera en que perfila el deterioro moral del protagonista. Guzmán ha sido considerado el pícaro por excelencia, satírico y moralizador, ejemplo a seguir por la doctrina contrarreformista. Mateo Alemán fue alumno del erasmista Juan de Mal-Lara, y autor de otra novela picaresca llamada ida de San Antonio de Padua.

A comienzos del siglo XVII, continuaron las publicaciones del género picaresco con notable acierto: La pícara Justina por Francisco López de Úbeda en 1605; La hija de Celestina o la ingeniosa Elena por Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo en 1612; Vida del Escudero Marcos de Obregón por Vicente Espinel en 1618; y Alonso, mozo de muchos amos por Jerónimo de Alcalá Yánez en 1626.

Uno de los grandes literatos del Siglos de Oro de las Letras españolas en abordar el género picaresco fue Francisco de Quevedo mediante la publicación de dos obras: Providencia de Dios y gobierno de Cristo e Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos. El Buscón, editado en 1626, resultó un denuncia social satírica y moralizadora, didáctica y doctrinal, conciencia religiosa de su época. La España imperial del Barroco aparecía mostrando su peor rostro, el de las bajezas y miserias que no conocían paliativo ni siquiera gracias a la acción de la Iglesia católica. Así el hambre era uno de sus peores males, que no ponían saciar el Buscón y sus compañeros: "Cenaron, y cenamos todos, y no cenó nadie."


VIEJA FRIENDO HUEVOS, POR DIEGO VELÁZQUEZ


De menor relevancia fue Alonso de Castillo Solórzano, pero de gran popularidad en su época y autor de novelas como La niña de los embustes Teresa de Manzanares, de 1632, Aventuras del Bachiller Trapaza, de 1637, y La garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas, de 1642.

La novela de Luis Vélez de Guevara titulada El diablo cojuelo, de 1641, es extraordinaria, donde un ser demoníaco iría desvelando las realidades que se viven bajo los tejados de las casas de Madrid. 

también notables es la Vida y Hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor, compuesta por él mismo, escrita por Gabriel de la Vega en Amberes en 1646. Se difundió por toda la península y algunos países europeos, cerrando un ciclo precisamente cuando la España de la Contrarreforma también estaba encaminada ya de manera irreversible a perder su hegemonía. 

Paulatinamente se fue produciendo una disminución en la intensidad de los caracteres, para ir acercándose a novelas de aventuras con carácter picaresco, muy próximo a lo que luego serían novelas costumbristas.


NIÑOS COMIENDO UVAS, POR ESTEBAN MURILLO


En la novela picaresca, el relato autobiográfico en primera persona sustituyó al tratado epistemológico, y la experiencia vivida al pensamiento abstracto. El tema central de la picaresca no fue la Metafísica ni el Más Allá, sino la Física y el Aquí, no el alma sino el cuerpo. La angustia es más cotidiana y menos trascendental, y su expresión máxima es el hambre del estómago vació y no el miedo al juicio final. Pero también el morir sin haber muerto pertenece al ámbito del hambre; el Lazarillo llegó a desear la muerte para librarse de la experiencia del hambre: "Pedí a Dios muchas veces la muerte." Pero deseaba también la muerte a quienes eran responsables de su escasez material.

Lo que Carlos Marx llamó "proletario lumpen" estaba ya configurado en el Lazarillo de Tormes, en el Guzmán de Alfarache, en Marcos Obregón o en el Buscón. De hecho, la cruzada de Feuerbach y Marx contra el Idealismo de Hegel y su afirmación de que la vida pertenece ante todo la satisfacción de las necesidades materiales del hombre, no es más que la versión germana y tardía del realismo introducido por la literatura picaresca española. Pero entre ambas concepciones existe una diferencia: mientras Feuerbach y Max trataron con aspectos filosóficos y científicos, Quevedo, Mateo Alemán o Espinel relataron los hechos y las vivencias de personajes con nombres y apellidos.

Dale J.B. Randall escribió en su libro The classical Ending of Quevedo´s Buscón, de 1964, que:
"Las novelas picarescas no son más que tratados morales en los que queda reflejada la sociedad y en donde muchos pueden ver sus culpas."

El hispanista alemán Albert Schuftheiss escribió en el siglo XIX en su obra Schelmenroman der Spanier und seine Nachbildugen (La novela picaresca de los españoles y sus imitaciones):
"Lo que ha convertido las novelas picarescas en creaciones originales se debe al hecho de que por primera vez el pueblo como tal es tenido en cuenta."

La novela picaresca constituyó uno de los testimonios más representativos del Escepticismo español. Pertenece a la dimensión realista del alma española, contrapunto de su vocación de trascendencia y ensueño. En ella existía un mensaje moral inequívoco: los culpables no son aquellos desventurados que tienen que recurrir a toda clase de trampas, mentiras y emboscadas para sobrevivir, sino los poderosos y privilegiados que permiten ese estado de cosas y que no hacen nada para remediarlo.

Aunque el autor de este género no haga apología de la rebelión de los oprimidos, es una literatura subversiva y de protesta social. No necesitaron proclamas incendiarias como las de los escritores revolucionarios de los siglos XVIII y XIX, les bastaba con contar los vivido o visto. Su significado es claro: allí donde no es justa la ley, es lícito prescindir de ella, tomársela cada uno por su cuenta y actuar sin vergüenza. Así lo escribió Mateo Alemán en el Guzmán de Alfarache:
"Nunca pudieron ser amigos el hambre y la vergüenza. Sólo ten vergüenza de no hacer desvergüenza, que lo que llaman vergüenza no es sino necedad."
RINCONETE Y CORTADILLO, POR MANUEL RODRÍGUEZ DE GUZMÁN


La novela picaresca fue seguida con enorme interés no sólo en España, sino en el resto de Europa. Ha sido imitada, sin conseguir la creatividad española, por escritores europeos del nivel universal de Dickens, Balzac, Víctor Hugo, Dostoievski o Zola. 

En Francia de popularizó a partir de la publicación de Gil Blas de Santillana, cuyo autor Alain René La Sege (1668-1749) fue acusado por Voltaire de haber plagiado a los españoles, acusación a la que con otros argumentos se sumarían el padre Isla y Antonio Llorente.

En Inglaterra también tuvo mucha repercusión. Henry Fielding (1707-1754), considerado como uno de los fundadores de la novela inglesa y precursor de Charles Dickens, rompió con la narrativa edificante, puritana y sentimental de Samuel Richarson e inspirándose en la picaresca hispana, introdujo en su país la novela realista y satírica, de la que son testimonio obras como Joseph Andrew, The History of Tom James, A Foundling o Amelia. También las novelas de Tobías Smollett (1721-1771) reflejan la influencia de los picarescos hispanos en The Adventures of Roderich Randam, The Adventures of Peregrine Pickle y The Expedition of Humphry Clinker.

En Alemania la novela picaresca alcanzó una gran difusión bajo el nombre de Schelmenroman. Así pues, los Sueños de Quevedo inspiraron a Michael Moschrosh (1601-1669) para su novela Las sorprendentes y verdaderas caras de Filandro de Sittenwald. El autor alemán más importante del siglo XVII, Hans von Grimmelshausen (1625-1676), estuvo enormemente influido por Mateo Alemán, Espinel y Quevedo, cuyas obras habían sido traducidas al alemán. Su famosa novela Simplicius Simpliccisimus es fundamentalmente la versión teutónica de la picaresca hispana. De forma errónea, Albert Schulthiess definió a esta obra como "la novela picaresca por excelencia", sin comprobar que es literariamente inferior al modelo español.


EL ALMUERZO, POR DIEGO VELÁZQUEZ

El legado del Cristianismo en la Cultura occidental




El legado del Cristianismo en la Cultura occidental
César Vidal, editorial Espasa Libros (2002), 312 páginas

Cuando nació el Cristianismo en la primera mitad del siglo I hubiera sido difícil imaginar qué pasaría de ser un reducido movimiento judío. Sin embargo, ofreció esperanza a sectores sociales como las mujeres, los esclavos, los desposeídos o los enfermos. Durante la Edad Media, creó la Universidad y sentó las bases de la Revolución científica. En el siglo XVI, la Reforma proporcionó el concepto de libertades políticas, la recuperación del papel del individuo o la necesidad de controlar públicamente al poder mediante resortes democráticos. Durante los siglos siguientes combatió la esclavitud, defendió a los indígenas y apuntó hacia los peligros de un Capitalismo salvaje o de la utopía marxista. Así fue modelando un ámbito de justicia y libertad a lo largo de la Historia.

Gobernador cristiano de Juan Márquez


Escritor de literatura ascética, teología y tratadista político, miembro de la Escuela de Salamanca, conocido por escribir sobre el Gobernador cristiano en 1612.


FACHADA PLATERESCA DE LAS ESCUELAS MAYORES
DE LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA


Juan Márquez nació en Madrid en 1565. Ingresó en la Orden de San Agustín en el Monasterio de San Felipe el Real de Madrid, en 1581. Estudió teología y filosofía en la Universidad de Toledo, y practicó la docencia en la Universidad de Salamanca. Allí sufrió diversos avatares en la provisión de las cátedras, ganando finalmente la de teología en 1607. Además de ser un miembro de la reputada Escuela escolástica de Salamanca, ocupó los cargos de predicador en la Capilla Real y censor del Santo Oficio.

En 1604, Gómez Suárez de Figueroa, II duque de Feria y virrey en Sicilia, solicitó al agustino madrileño la composición de "un escrito de conformidades, para los que andan ocupados en cosas públicas y peligrosas, debido a las contradicciones de lo útil y lo honesto que tales cosas conllevan". En su misiva, le insinuaba que la elaboración de un tratado es aspiración de muchos consejeros de Estado, funcionarios y secretarios de las Cortes, para tomar de él las ideas que después emitirían en los estrados reales, en las sesiones de cámara y en las discusiones de cortesanos, de hombres de toga y de capa. En definitiva, tenía que ser un manual que completase la literatura jurídico-política existente en aquella época.

Ocho años tardó Juan Márquez en la redacción de El governador christiano, deducido de las vidas de Moysen y Josué, príncipes del pueblo de Dios. Es un tratado bíblico-moral del que se pudieran deducir reglas de prudencia cristiana para aquellos que ocupan puestos de responsabilidad pública. Intentaba describir el prototipo de caudillo cristiano inspirándose en la Biblia, principalmente en Moisés y Josué, claros ejemplos de prudencia cristiana y modelos a seguir por los mandatarios del momento. Estaba en contra de los modelos expuestos por Nicolás Maquiavelo y Jean Bodin, tan en auge en su época.

Estaba dividido en cinco partes: los Preliminares, los Capítulos, las Cuestiones, las cosas notables y los lugares de la Sagrada Escritura. Se incorporó al mismo la misiva del duque firmada el once de junio del referido año en Medina.

El 14 de julio de 1611, el maestro fray Luis de la Oliva permitía licencia para la impresión del texto por tratarse de:
"una bien deseada y alta materia del Estado Cristiano, en servicio de ambas Majestades, divina y humana, educación de príncipes, ejemplo de superiores y constitución de prelados, todo tan lleno de erudición, agudeza, sentencia de santos y dichos de filósofos."
Ya en los Preliminares explicaba que "las leyes de una República quiere san Agustín que sean pocas y constantes; porque siendo muchas se vendrían a quebrantar por menosprecio o por olvido, y mudadas cada día llegarían a causar turbación y confusión en el pueblo". Una enseñanza válida para el gobernador de cualquier época sería la de "alargar los ojos a ver las necesidades que padecen sus vasallos, mayormente cuando nacen de las injustas opresiones".

En sus consejos para el Gobernador cristiano, Márquez abordó la cuestión de los tributos legítimos, citando con audacia a Juan de Mariana, compañero suyo de la escuela escolástica:
"Por lo cual, deben los príncipes examinar con grande atención la justicia de las nuevas contribuciones; porque cesando ésta, como los Doctores resuelven, sería robo manifiesto gravar en poco o en mucho a los vasallos. Tan cierta y tan católica es esta verdad, que aun los tributos necesarios afirman hombres de buenas letras (J. de Mariana) que no los podría imponer de nuevo el Príncipe sin consentimiento del Reino."
Pero tampoco llegaba a defender con firmeza la postura del jesuita:
"Estos Doctores hablan cristiana y piadosamente, deseando cerrar la puerta a las tiranías de los malos Príncipes: mas tampoco es razón estrechar tanto la autoridad de los Reyes, que se venga a hacer cortesía lo que es deuda debida y natural."
Márquez consideraba legítimo que el pueblo condicionase la elección de su soberano al mantenimiento del actual nivel de impuestos, sin imposición de mayores cargas. Pero si el pueblo ha conferido todo su poder y autoridad al monarca, no se puede exigir a aquél otra cosa que magnanimidad en sus decisiones, ni se le podría impedir ejercer sobre los tributos que sean necesarios para el mantenimiento de la Hacienda Real.

El último apartado está dedicado a las figuras de Moisés y de Josué. Aunque Juan de Márquez siguió el texto del Antiguo Testamento, se apoyó en opiniones de doctores de la Iglesia y en teólogos posteriores, como Santo Tomás o el cardenal Cayetano, cuyos argumentos refuerzan sus comentarios e interpretaciones. Utilizó un discurso doctrinal, de consejo, ortodoxo y bien fundamentado, que estaba intercalado con glosas que contienen principios de política, de moral y de filosofía. 

Un ejemplo es siguiente reflexión:
"Si se debe fiar para las altas funciones de gobierno a personas de extracción humilde; a lo que responde que lo que se debe desear en el Ministro es suficiencia y verdad, y ésta no está anexa al nacimiento, ni sigue la nobleza de la casa."
En el dedicado a Josué los temas más representativos son: la obediencia que deben los reyes cristianos a Dios y en qué manera son ejemplo de las leyes civiles.

El gobernador cristiano ofrecía a los príncipes y gobernantes un consistente modelo para regir su conducta pública y privada, inspirado en reglas del derecho natural y en los argumentos sagrados, guía y fundamento del mundo cristiano.

Explicaba:
"La raíz de la obligación que tienen los reyes de someterse a las leyes civiles procede de que éstas son conformes con las divinas. Los reyes, y por extensión cualquier autoridad suprema, deben cumplir sus leyes, no obstante que ellos mismos las hayan puesto y nadie tenga autoridad de mandarles, porque no decimos que están obligados a cumplirlas porque se deban obediencia a sí mismos, sino porque la deben a Dios y a la ley natural, que quiere que la cabeza concuerde con los demás miembros y tenga por justo para sí lo que quiere que lo sea para otros."
Este libro tuvo una notable repercusión entre las élites políticas e intelectuales, ya que se convirtió en un modelo en su género y se reeditó en numerosas ocasiones, incluso al francés e italiano.

La prosa era de gran calidad literaria y todavía ajena a la retórica manierista del barroco; una prosa elogiada como elegante por Lope de Vega, Tirso de Molina y Juan de Mariana.


EL GOBERNADOR CRISTIANO


Los doctores de Salamanca, en general, compartieron la vieja teoría Pactista del Medievo, por la cual el pueblo establece un pacto con un príncipe cristiano para que sea su soberano a cambio de que respete sus leyes y sea justo. Esta doctrina fue reformulada por el fundador de esta escuela escolástica Francisco de Vitoria. Posteriormente, otros como Juan Roa Dávila, Juan de Mariana y Francisco Suárez adaptaron esos criterios a la realidad del gobierno con mayor o menor exigencia.

Juan Márquez se desmarcó de esta postura acercándose al rey en lo referente a los límites del poder, como dejó patente en su otra gran obra Respuesta a la consulta del Consejo de Castilla sobre la licitud y justicia de la aprobación de nuevos tributos, publicada en 1616.

En esta etapa de su vida ejercía como predicador de Felipe III, estaba acomodado a la cercanía del poder de la Corte. Por eso defendió una postura más cercana a la teoría de la Razón de Estado que a la mantenida por otros maestros de Salamanca. Además, el abandono de su docencia en la universidad le trajo ciertas complicaciones con los rectores. Aun así, llegó a ser prior de la casa de su orden en dicha ciudad, hasta su muerte, en 1621.

Su pensamiento era ya mucho más transigente en cuanto a las limitaciones impositivas:
"Es más probable la parte de que este tributo es justo que la contraria. Lo uno, porque en caso de duda se ha de presumir que el tributo que el Príncipe propone es justificado. Lo otro, porque hay muchos doctores que dicen que basta que el Príncipe siga opinión probable, para imponerle con justicia."
Su relevancia estuvo enmarcada dentro la gran erudición que sobre literatura política se estaba realizando en la Europa del Renacimiento y el Barroco, en medio del Maquiavelismo y Tacitismo, los defensores de la Razón de Estado, los críticos del poder absoluto o la corriente jesuítica sobre los límites del gobierno.

Se han perdido sus sermones, que no fueron impresos, así como un tratado que escribió Sobre el modo de predicar a los príncipes. Es conocido sobre todo por Los dos estados de la espiritual Jerusalén, publicada en 1603, obra inspirada en los Salmos 125 y 126 y donde se perciben recuerdos de la obra de San Agustín.


EL GOBERNADOR CRISTIANO

Laudos literarios al Imperio español


El ambiente literario patriótico de San Isidoro y de Alfonso X el Sabio renació vigoroso con los grandes sucesos de la España unida por los Reyes Católicos, a fines del siglo XV. Ya el cronista y arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada presagiaba el destino glorioso que llegaría dos siglos y medio después del reinado de Fernando III. El elogio a las formidables empresas de 1492 que fueron el final de la Reconquista y el descubrimiento del Nuevo Mundo, así como el canto a la famosa justicia popular de Isabel y Fernando frente al poder de la nobleza feudal volvieron a aparecer en las obras de teatro de los primeros clásicos.

La eclosión de un patriotismo desbordado surgió al cantar las glorias del emperador Carlos V, dando un sentido característico castellano a la idea del Imperio personificado e idealizado en el propio monarca.

Hernando de Acuña dedicó un altisonante soneto sobre la llegada a España del emperador Carlos V, Al rey nuestro señor:

Ya se acerca, señor, o ya es llegada
la gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio, en tal jornada,
os muestra el fin de nuestro santo celo
y anuncia al mundo, para más consuelo,
un Monarca, un Imperio y una Espada.



CARLOS V, POR TIZIANO


Garcilaso de la Vega es un ejemplo de aquellas gloriosas empresas en tiempos del emperador, genial poeta muerto heroicamente al pie de la fortaleza de Muy.

Otra muestra de gran poeta que expuso su patrimonio a las victorias del rey fue Gutierre de Cetina, que le dedicó a estos versos:

El vencer tan soberbios enemigos,
sujetar tantos monstruos, tanta gente
con el valor que el cielo en vos derrama,
al siglo por venir serán testigos
del honor que dará perpetuamente
a Carlos Quinto Máximo la fama.


Era lógico que fray Prudencio de Sandoval, por ejemplo, se extasiara al contemplar la triple coronación de Carlos V: en 1520, en Aquisgrán, como emperador del Sacro Romano Imperio; en 1530, en Bolonia, por el papa Paulo III, con la corona de hierro; y con la de oro por el papa, como emperador de Romanos.

En la cumbre del poderío y prestigio de Carlos V, España siguió una aventura universal desligada de la tradición romana y carolingia. Se trataba de descubrir y conquistar el Nuevo Mundo, una empresa moderna y renacentista. Junto a este cometido, España lideró la defensa, la exaltación y la propaganda de la fe y de la Iglesia católica, fuertemente amenazada por la Reforma protestante.

Rubén Darío expresa esta noble hazaña de España en Al rey Óscar:

Sire de ojos azules, gracias por los laureles,
de cien bravos vestidos de honor; por los claveles,
de la tierra andaluza y la Alhambra del moro,
por la sangre solar de una raza de oro,
por la armadura antigua y el yelmo de la gesta,
por las lanzas que fueron una vasta floresta,
de gloria y que pasaron Pirineos y Andes,
por Lepanto y Otumba, por el Perú, por el Flandes,
por Isabel que cree, por Cristóbal que sueña,
y Velázquez que pinta y Cortés que domeña,
por el león simbólico, y la Cruz, gracias, Sire.

¡Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire,
mientras la onda cordial aliente un sueño,
mientras haya una viva pasión, un noble empeño,
un buscado imposible, una imposible hazaña,
una América oculta que hallar, vivirá España!



POSESIONES TERRITORIALES EUROPEAS DE CARLOS V


En los textos de la mayor parte de los escritores del Siglo de Oro, como por ejemplo en los de Fernández Navarrete y Saavedra Fajardo, puede apreciarse una concepción de Castilla como alma y núcleo vital de aquel noble espíritu y enorme empresa. Cuando en Madrid se instauró la Corte de los Habsburgo, Vicente Espinel la llamó "madre del mundo" y "reina universal", y San Barbadillo "madre universal de extranjeros". Y de forma parecida hicieron Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Castillo Solórzano, etc.

Tirso de Molina, por ejemplo, en El caballero de Gracia, dedicó esta redondilla:

¡Oh madre de gente extraña,
madre, punto y excelencia
de la real circunferencia
con que te corona España!


Como diría Ortega y Gasset, se trataba de una España "sin vertebrar", pero había conseguido una unidad política, diversidad de elementos étnicos, sociales y lingüísticos; una heterogeneidad de tradiciones históricas, instituciones políticas, costumbres populares y lenguas y dialectos entre 1500 y 1600.

Fernando de Herrera llegó a la apoteosis en su fervor carolino en:

El excelso rey de España,
oh gran Emperador, gran caballero,
teniendo tu valor, tu ardiente espada,
sublime Carlo, el barbaro africano,
y el espantoso a todos otomano
la altiva frente indina quebrantada.

Alce España los arcos en memoria,
y en columnas a una y otra parte
despojos u coronas de victoria;
que ya en tierra y en mar no queda parte,
que no sea trofeo de tu gloria
ni resta más honor al fiero Marte.


Otro poeta, Bernardo de Balbuena, lanzó sus octavas reales cuando en el Imperio no se ponía el sol:

¿En qué región del mundo sus banderas
no han de dar sombra y asombrar al mundo,
en Persia, África, Arabia y las postreras
islas que ciñe y bate el mar profundo?
Oh, venturosa España…


Y el dramaturgo y guerrero Lope de Vega, llamado "Fénix de los Ingenios", no se quedó corto en cuanto a laudos por la gloria de España:

Cante las armas de Fernando Santo
o el de Aragón en la nevada sierra,
del duque de Alba en la flamenca tierra
y del hijo de Carlos en Lepanto.
Otro cante a Cortés, que por España
levanta las banderas sobre el polo
que cuenco nace el sol, de sombras baña.


PRIMER DESEMBARCO DE CRISTÓBAL COLÓN EN AMÉRICA, POR DIÓSCORO PUEBLA


La Leyenda Negra española, un falso infundio sobre el modo de colonización en el Nuevo Mundo y los procedimientos de la santa Inquisición con el fin de desprestigiar a una España victoriosa y engrandecida quedó contrarrestada por una generación de artistas que componían el llamado 
Siglo de Oro de las Artes españolas: escritores como Cervantes, Quevedo, Góngora, o pintores como Velázquez, Murillo, el Greco, lograron prestigiar al castellano en todo el mundo y elevar el arte español convirtiéndolo en signo de identidad en el extranjero durante siglos.

Dámaso Alonso aplaudió la magia de la literatura dorada de aquel siglo:

Juan de la Cruz prurito de Dios siente,
furia estética a Góngora agiganta,
Lope chorrea y vida canta:
tres frenesí de nuestra sangre ardiente.

Quevedo prensa pensamiento hirviente;
Calderón en sistema lo atiranta,
León herido, al cielo se levanta;
Juan Ruiz, ¡qué cráter de hombredad bullente!

Teresa es pueblo y habla como un oro;
Garcilaso, un fluir, melancolía;
Cervantes, toda la naturaleza.

Hermanos en mi lengua, qué tesoro
nuestra heredad, oh amor, oh poesía,
esta lengua que hablamos, oh belleza.



La mayoría de estos poetas, sobre todo los dramaturgos, no disimulaban los sacrificios, los dolores y las pérdidas, incluso los fracasos parciales, que eran precedentes o consecuencias de aquellas grandes victorias y, con elegancia, no solían despreciar al enemigo. Contratiempos que en modo alguno empañaban la gloria de la patria. Es el caso de Herrera al referirse a la "Armada Invencible" o de Miguel de Cervantes al describir a la desdichada jornada de Argel. En su Soneto al conde de Gelves añadió:

… de España con voz alta y noble aliento
cantaré los triunfos y victoria,
y alzando al cielo igual su eterna gloria
daré a vuestro valor insigne asiento.


Cervantes dedicó unas Canciones a la madre España, en las que no se olvidó de relatar con más gloria que pena la más dudosa de las expediciones de la Real Armada de Felipe II a la invasión de Inglaterra en 1588, donde el rey "prudente" envió sus naves a luchar contra los elementos:

Éstos ansí informados,
entra en el esquadrón de nuestra gente
y allá verás, mirando a todas partes,
mill Cides, mill Roldanes y mill Martes,
valiente aquél, aquéste más valiente;
a estos solos les dirás que miren
para que luego aspiren
a concluir la más dudosa hazaña:
¡Hijos, mirad que es vuestra madre España!

No te pareçca acaso desventura,
¡O España, madre nuestra!,
ver que tus hijos vuelven a tu seno
dejando el mar de sus desgraçias lleno,
pues no los vuelve la contraria diestra:
vuélvelos la borrasca yncontrastable
del viento, mar, y el çielo que consiente
que se alle un poco la enemiga frente,
odiosa al çielo, al suelo detestable,
porque entonçes es çierta la cayda
quando es soberbia y vana la subida.


COMBATE DE LEPANTO


Miguel de Cervantes escribió en el primer capítulo de El Quijote una biografía donde narraba su gloriosa participación en la batalla de Lepanto de 1571. Allí estuvo con la compañía de Urbina en la galera Marquesa y, aunque enfermo y con fiebres, insistió en pelear en primera línea en la "más alta ocasión que vieron los siglos". Recibió tres disparos de arcabuz, dos en el pecho y uno en la mano izquierda que se la dejó inútil, por lo que fue conocido como el "manco de Lepanto":
Alcancé a ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamado Diego de Urbina, y al cabo de algún tiempo que llegué a Flandes, se tuvo nuevas de la liga que la Santidad del papa Pío Quinto había hecho con Venecia y con España contra el enemigo común que es el turco. Súpose que venía de general don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey don Felipe; divulgóse el grandísimo aparato y el dese de verme en la jornada que se esperaba. Digo que yo me halle en aquella felicísima jornada, que fue para la cristiandad tan dichoso porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban creyendo el orgullo y soberbia otomana quebrantada, entre tantos venturosos como allí hubo, yo solo fui el desdichado.

La muerte del pontífice y la división de intereses entre venecianos y españoles disolvieron la alianza e impidieron sacar partido a la victoria asestando un golpe final al Imperio otomano. Pero la gloria de tan grandiosa victoria siempre será recordada por escritores como Fernando de Herrera en la Canción de la victoria de Lepanto:

Cantemos al señor,
que en la llanura venció
del mar al enemigo.
Tú, Dios de las batallas,
tú eres diestra,
salud y gloria nuestra.


Todos los poetas cantaban a la patria, España, pero concentraban su atención en reyes y príncipes, caudillos y capitanes, en los españoles cuya acción y cuyo impulso exaltaron. Por ejemplo, Francisco de Quevedo dedicó un túmulo al cardenal, Francisco Jiménez de Cisneros. Promotor del Humanismo y de expediciones navales sobre varias plazas norteafricanas:

Esta que ves colgada y muda trompa,
que en el silencio sacro
honra de tal varón la noble pompa
y el triste simulacro,
ya fue tiempo que el viento
le dio fuerza de ley en la batalla
que dio a España
más gloria y ornamento.

Ves la agora que calla,
dando lugar a que la Fama suene
lo que en los labios tiene,
por ser en alabanza de su dueño.

Ves las banderas que en el alto ceño
de las torres de Orán, hechas pedazos,
al suelo dieron paz y al aire abrazos;
las armas que vestía,
donde, aumentando en luz,
vio al Sol el día.

Así que, aquestas señas, pasajeros,
os ahorrará el consultar la losa
que nombra al gran Ximénez de Cisneros:
suya es aquesta tumba dolorosa.
Agraviará sin duda a tanto luto
quien de aquí se partiera el rostro enjuto.


COMBATE DE LAS TERCERAS, POR ARTENAVALYMILITAR


En el mundillo en que se movía Felix Lope de Vega fascinaban las galas militares que traían a la corte los ecos de las proezas titánicas que hacían los españoles por mar y tierra. Sentó plaza de soldado por dos veces en los Tercios. La primera vez embarcó en Lisboa en la expedición al mando de Álvaro de Bazán, el marqués de Santa Cruz, quien derrotó a los franceses en las islas Azores durante el combate de las Terceras (isla San Miguel) en 1582. A su almirante general dedicó este soneto:

El fiero turco en Lepanto,
en la Tercera el francés,
y en todo el mar el inglés,
tuvieron de verme espanto.

Rey servido y Patria honrada
dirán mejor quién he sido,
por la cruz de mi apellido,
y con la cruz de mi espada.


Este triunfo u otros muchos hicieron de Álvaro de Bazán el más exitoso e invicto marino de la historia de España, si Blas de Lezo lo permite. Murió pocos meses antes de lanzarse a la más ambiciosa de sus expediciones: la conquista de Inglaterra. Luis de Góngora dedicó estos versos elogiando la brillante carrera del marqués de Santa Cruz, exaltando sus victorias de Lepanto y de Tercera, en el año de su muerte 1588:

No en bronces, que caducan, mortal mano,
oh católico Sol de los Bazanes
que ya entre gloriosos capitanes
eres deidad armada, Marte humano.

Esculpirá tus hechos, sino en vano,
cuando descubrir quiera tus afanes
y los bien reportados tafetanes
del turco, del inglés, del lusitano.

El un mar de tus velas coronado,
de tus remos el otro encanecido,
tablas serán de cosas tan extrañas.

De la inmortalidad el no cansado
pincel las logre, y sean tus hazañas
alma del tiempo, espada del olvido.



En cambio, al almirante Alonso de Contreras dedicó Lope de Vega una comedia, El rey sin reino. Según el almirante:

En nuestras mentes conservamos,
la grandeza del ayer,
tenemos voluntad de imperio,
que tendrá que renacer.




ÁLVARO DE BAZÁN EN EL COMBATE DE LAS TERCERAS



Hay un autor que vio en ello una especie de orgullo humano, de raza, más que nacional, la altiva arrogancia del español "con el mítico fulgor de la asistencia divina a un pueblo predestinado a regir el orbe y a la sublime misión de extender la religión revelada por todos los confines de la tierra".

Fue surgieron una prolífica e interesante literatura de la época, basada sobre todo en cuestiones militares. La vida y la conducta del soldado tienen ilustres precedentes clásicos, como por ejemplo Plauto y Terencio con sus obras Soldadesca y Tinellaria y la Comedia Rubena, y curiosamente, había tipos y acciones muy parecidas a los que en el siglo XVII llenaron elementos y escenas en las guerras de Flandes y de Italia. Son temas de marcada preferencia en las comedias y dramas de Calderón, Lope, Tirso y demás.

Es una literatura gloriosa en un tono levemente despectivo. Así lo explica Karl Vossler: son obras que sólo ven lo material e ignoran toda clase de ideas, creencias o aspiraciones que no sean españolas; lo no español es como si no existiera. En general, se trata de obras teatrales en verso que llevan a sus autores a un triunfalismo al borde de la exageración, una especie de ilusionismo que ignora cualquier signo de decadencia de la nación. "Para sus autores España sigue siendo la reina de las naciones y el centro del universo". Para encontrar una cierta preocupación sobre el presente y oscuros augurios para el porvenir, hay que ir a la prosa, pero no al teatro y a la poesía.

Por esas razones, autores como Calderón eligieron para sus obras hechos históricos de tiempo de los Reyes Católicos, con brillantes escenarios históricos de desfiles, paradas, príncipes y magnates, en contraste con el teatro mucho más medievalista de Lope, con todos sus personajes más pasionales y humanos, con reyes de carne y hueso, en pos de la justicia y en contacto con sus vasallos.

Lope y Calderón son, cada uno en su estilo, fiel reflejo de su época, de los españoles de los siglos XVI y XVII, de su tradición y de su Catolicismo, que produjo una numerosa legión de místicos, de ascetas y de santos. Completaban así, en el aspecto religioso, la obra que realizaba la milicia de las armas. Por algo se llamó Compañía, a lo militar, a la orden fundada por el combatiente vasco en la resistencia de Pamplona, Ignacio de Loyola, santo entre los santos españoles de la hornada de los siglos XVI y XVII.


EL SOCORRO DE BRISACH, POR JUSEPE LEONARDO


El soldado español estaba a la vanguardia de los Tercios de la Monarquía hispánica, infante destinado a la gloria, con instinto guerrero de raza. Aquel soldado patriota que estuvo manteniendo el honor de España era un muchacho de Soria, de Jaén, de Lugo o de Murcia, tal vez como aquel capitán poeta Francisco de Aldana:

Este es el dulce son que acá se siente
España, Santiago, cierra, cierra!
¡oh, solo de hombres digno y noble estado!


Los combatientes españoles, capitanes o soldados, sentían en común un patriotismo, tal vez difícil de comprender en la actualidad. En ese ardor no había diferencias ni clases, sí a veces en las conductas fuera del campo de batallas. Puede hablarse de la fama de jactanciosos, de fanfarrones, de burladores de mujeres, que tenían los nuestros en todos los países de Europa. Fama justa pero exagerada por nuestros enemigos:

Qué doncella retirada de soldado está segura?
Promete, enamora u jura y después no cumple nada.


Lope de Vega lo contó como fiel cronista, aunque paternalmente afea estas conductas:

Vos sois hermosa y discreta y juzgáis como sabéis.
Soldado soy, no de aquellos sangrientos que imagináis.



LA RENDICIÓN DE BREDA, POR DIEGO VELÁZQUEZ


Con todos sus vicios y sus lacras aquellos hombres de los Tercios eran un claro exponente de bizarría. Calderón, en su obra El sitio de Breda, escribió en fragmentos de un vivaz diálogo entre una doncella y un soldado:

- ¿Sois español?

- Sí, ¿en qué los visteis?

- Lo vi en que sois tan arrogante.
No queréis ignorar nada.
todo a su brío lo fía,
la española bizarría,
con presunción confiada.


Y, más adelante, prosiguió Calderón:

Estos son españoles, ahora puedo
hablar encareciendo estos soldados,
y sin temor, pues sufren a pie quedo 
con un semblante, bien o mal pagados.

Nunca la sombra vil vieron de miedo
y aunque soberbios son, son reportados.
Todo lo sufren en cualquier asalto.
Sólo no sufren que les hablen alto.

Bernardo de Balbuena utilizó el mismo tono:

¿Quién a un brazo español en osadía
Y atrevido además pasó adelante
O al trato hidalgo y noble cortesía
Igualar pudo en ánimo arrogante?


LA RENDICIÓN DE JULIER, POR JUSEPE LEONARDO


El poema En Flandes se ha puesto el sol de Eduardo Marquina explica que el grueso de los Tercios de Infantería estaba formado por los hijos segundones de familias hidalgas y de casas nobiliarias que no percibían la herencia familiar (segundón de casa grande) y cuyo oficio más habitual era la Armada, el Ejército o la Iglesia. La percepción de la mayor de las herencias sería para cualquier hidalgo segundón comparable a poner una pica en Flandes:

No os preguntarán por mí,
que en estos tiempos a nadie
le da lustre haber nacido
segundón de casa grande;
pero si pregunta alguno,
bueno será contestarle
que, español, a toda vena,
amé, reñí, di mi sangre,
pensé poco, recé mucho,
jugué bien, perdí bastante,
y, porque esa empresa loca
que nunca debió tentarme,
que, perdiendo ofende a todos,
que, triunfando alcanza a nadie,
no quise salir del mundo
sin poner mi pica en Flandes.


"La patria España es el rey" era dicho por el soldado Mondragón en Don Juan de Austria en Flandes, obra de Lope de Vega:


El Rey nuestro señor es
del honor de España el alma,
gran defensor de la fe,
mar de nuestras esperanzas.



EL SOCORRO DE GÉNOVA, POR ANTONIO DE PEREDA


Pedro Calderón de la Barca fue junto a Cervantes y Lope de Vega, otro de los grandes literatos soldados del Siglo de Oro de las Artes y las Letras españolas. Sentó plaza de soldado en Flandes y en Italia durante la Guerra de los Treinta Años. Sus obras reflejan su experiencia de soldado. En los hermosos versos de Para vencer a amor, querer vencerle, Calderón elogiaba el modo de entender la vida que tenían los soldados de los tercios que ha perdurado a través de los siglos. En esta obra, el protagonista llegaba al campamento de Carlos V y explicaba al criado, que hace de antihéroe, qué es un ejército, con versos que desde entonces aprenden los cadetes españoles en su primer día de Academia:

Oye y sabrás dónde estás:
ese ejército que ves,
vago al hielo y al calor,
la república mejor
y más política es del mundo
en que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda
sino por la que él adquiere;
porque aquí, a la sangre excede
el lugar que uno se hace,
y sin mirar cómo nace,
se mira cómo procede.

Aquí la necesidad no es infamia,
y si es honrado,
pobre y desnudo el soldado
tiene mayor calidad
que el más galán y lucido;
porque aquí, a lo que sospecho,
no adorna el vestido el pecho,
que el pecho adorna el vestido:
y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más
y de aparecer lo menos.

Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo como ha de ser
es ni pedir ni rehusar.
Aquí en fin la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la fineza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados,
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.



BATALLA DE ROCROI, POR AUGUSTO FERRER-DALMAU


La defensa española de Castelnuovo generó la admiración de toda Europa. El asedio les costó a los turcos cerca de 20.000 bajas y el sacrificio español sirvió para retener unas fuerzas que de otro modo hubieran podido causar verdaderos estragos en Occidente. Esta hazaña fue tomada como un ejemplo del valor hispánico, comparando a estos españoles con héroes mitológicos, y provocó que se compusieran numerosos poemas y canciones. Poetas como Fernando de Herrera, Gutierre de Cetina y Luigi Tansillo lo reflejaron en sus versos. Tras la lucha, durante mucho tiempo los cadáveres quedaron sin enterrar y sus huesos a la vista del viajero.

Gutierre de Cetina dedicó un soneto A los huesos de los españoles muertos en Castelnuovo, con estos impresionantes versos:

Héroes gloriosos, pues el cielo
os dio más parte que os negó la tierra,
bien es que por trofeo de tanta guerra
se muestren vuestros huesos por el suelo.

Si justo es desear, si honesto celo
en valeroso corazón se encierra,
ya me parece ver, o que sea tierra
por vos la Hesperia nuestra,
o se alce a vuelo.

No por vengaros, no, que no dejastes
a los vivos gozar de tanta gloria,
que envuelta en vuestra sangre la llevastes;
sino para probar que la memoria
de la dichosa muerte que alcanzastes,
se debe envidiar más que la victoria.


Testigo presencial de los acontecimientos bélicos de su época fue el poeta toledano Gerardo Lobo, quien dedicó un precioso poema al Ejército español con el título Soneto al salir la expedición de España contra Orán:

Ve, lucido escuadrón, ve, fuerte armada
del monarca de España empeño augusto,
y el pendón infeliz del moro adusto
su luna llore en tí siempre eclipsada.

Vete, y vuelve de triunfos coronada.
Gloria de Dios, y de la patria gusto,
haga en los moros tanto estrago el susto,
que quede en ocio la invencible espada.

Contra viles sectarios mahometanos.
¡Ah, Señor! de su causa no te olvides,
que en tu brazo se fían, no en sus manos.

Vuelve en triunfos, Señor, todas sus lides,
tiempo es ya de que en leones africanos
la clava esgrima el español Alcides.