Movimiento dinámico de Juan de Celaya


Filósofo, teólogo, matemático, físico y astrónomo del Renacimiento español, Juan de Celaya fue uno de los llamados calculatores. Destacaron sus investigaciones en física sobre el movimiento cinemático y dinámica, en filosofía sobre la lógica.

Juan de Celaya nació en Valencia en 1490. Pertenecía a una familia de hidalgos que había participado en la reconquista de Granada en 1492. Comenzó sus estudios en la Universidad de Valencia y continuó en París en el Colegio de Montaigu hasta 1509. Allí fue introducido en las ideas matemáticas del nominalista inglés John Maior siendo alumno de Gaspar Lax, de Jean Dullaer de Ghent y de Juan Martínez Guijarro, los cuales ejercieron una gran influencia en su pensamiento.


ESTUDIO GENERAL DE VALENCIA, SIGLO XV


Desde 1510 a 1515, impartió clases de física y lógica en el Colegio de Coqueret, junto con el portugués Álvaro Thomaz y el escocés Robert Caubraith.

Entre los años 1510 y 1513, uno de los condiscípulos de Celaya, el aragonés Juan Dolz de Castellar, publicó tres libros sobre lógica, el último de los cuales fue fuertemente criticado por Celaya en sus Summulae logicales, publicado en París en 1515. Tres años después, Dolz contestó a Celaya en un amplio prefacio titulado Cunabula omnium... difficultatum in proportionibus et proportionalibus.

De 1515 a 1524, estuvo trabajando en el Colegio de Santa Bárbara, teniendo a Domingo de Soto y al portugués Juan Ribeyro como alumnos.

Autor muy prolífico, publicó una gran cantidad de obras de lógica y filosofía natural, hasta convertirse en una de las figuras más destacadas del grupo de nominalistas y calculatores parisinos de las primeras décadas del siglo XVI, siendo uno de los impulsores de la Lógica nominalista.


CLASES EN LA UNIVERSIDAD DE PARÍS


Pero fueron más trascendentales sus estudios sobre la física de Aristóteles y el movimiento. Ideas que recopiló en la obra Expositio in octo libros phisicorum Aristotelis, publicada en París en 1517. Esta obra tiene un especial interés para el estudio de los orígenes de la moderna ciencia del movimiento. En ella incorporó las principales contribuciones de los filósofos bajomedievales: mertonianos como Thomas Bradwardine, William Heytesbury o Richard Swineshead, franceses como Jean Buridan y Alberto de Sajonia, e italianos como Pablo de Venecia, Gaethano da Thiene y Bernardo Torni. Además incluyó las investigaciones que sus compañeros de la Universidad de París fueron desarrollando, en especial las del portugués Álvaro Thomaz.

Inspirado por las ideas mertonianas de los calculatores acerca de la física moderna, Celaya efectuó investigaciones en cinemática y dinámica. Y estableció el Movimiento dinámico basándose en la teoría del "impetus" de Jean Buridan, en contraposición a la dinámica aristotélica, por la cual los cuerpos deben tener una causa externa para iniciar el movimiento en un objeto móvil. De acuerdo con el erudito francés, consideraba que el "impetus" es una disposición distinta del móvil que, según Alberto de Sajonia, le confiere el carácter de una cualidad secundaria, en comparación a los conocimientos y a las disposiciones del alma.

Investigó en profundidad los problemas relativos a las "latitudes" y a los procesos de "intensio" y de "remissio" en el movimiento local, mostrándose a favor de las aplicaciones de esta teoría a la medicina y a la teología.

Sus ideas influyeron el desarrollo de la ciencia moderna hasta el punto en que enunció la primera Ley de la dinámica un siglo antes que lo hiciera Isaak Newton. El científico inglés afirmó en su primera Ley que "todo cuerpo preserva en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él".

En In quatuor libros de coelo et mundo Aristotelis y In libros Aristotelis de generationes et corruptiones, publicados en 1517 y 1518, Celaya trató temas cosmológicos como la pluralidad de mundos existentes, el centro de gravedad y el centro de magnitud de la tierra y su situación respecto al mundo, la posibilidad de que exista una magnitud infinita, etc.


VALENCIA, SIGLO XVI


En 1520, Celaya mantuvo una controversia con el también profesor de la Universidad parisina, Gervasio Wain, filósofo y teólogo del Nominalismo, como su oponente, pero muy influido por el Humanismo.

Es probable que el auge del Humanismo y las críticas que los terministas parisinos recibían de autores humanistas como el también valenciano Luis Vives influyeran en su decisión de regresar a su ciudad natal. Tras doctorarse en teología, regresó a la Universidad de Valencia en 1524. El 3 de octubre de 1525 fue nombrado rector perpetuo de esta universidad. Además trabajó como profesor de teología de la reestructuración de su estudio.

El Estudio General de Valencia siempre estuvo a favor de la doctrina del Nominalismo. Pero desde la llegada de Celaya como rector, esta corriente sufrió una progresiva desaparición. 

Desde el principio, impuso su Eclecticismo y la obligación de leer en las tres vías: Tomismo, Nominalismo y Realismo. En la facultad de artes durante el curso 1526-1527, los términos "realista" y "nominalista" de las cátedras desaparecieron, aunque continuaron autores de una y otra tendencia.

En Valencia, Celaya solo publicó una obra, titulada Comentarios a las Sentencias de Pedro Lombardo, en la que la sentencia dominante sigue siendo la lógica nominalista; sin embargo, en las enseñanzas desde su cátedra evolucionó hacia la doctrina tomista de Santo Tomás.

Otro aspecto destacado de su actuación en Valencia es el relativo a sus ataques al Eramismo y a su aversión hacia las corrientes del Humanismo. En este sentido, el episodio más conocido es su oposición a que le dieran una cátedra de griego y latín al humanista Pedro Juan Oliver.


CLAUSTRO DE LA UNIVERSIDAD DE VALENCIA, SIGLO XVI

Doctrina de la Guerra Justa por Juan Ginés de Sepúlveda


El derecho al dominio político español en el Nuevo Mundo conllevaba implícita la legitimidad de la guerra. Esta es la doctrina de la guerra justa que defendió Juan Ginés de Sepúlveda en la denominada "polémica de los naturales" frente a las tesis de Francisco de las Casas, y que tuvo como resolución la controversia de la Junta de Valladolid sobre los Derechos Humanos en 1550.

Era un humanista, filósofo, jurista e historiador, situado en el lado más extremo y antítesis de la teología española del siglo XVI, que defendió con argumentos difícilmente compatibles con la doctrina de la no-violencia predicada por Jesucristo, por mucho que pretendiera apoyar sus tesis en San Agustín, Tomás de Aquino y otros doctores de la Iglesia.


JUAN GINÉS DE SEPÚLVEDA


Juan Ginés de Sepúlveda había nacido en Pozoblanco, Córdoba, en 1490. Desde 1510 a 1515 cursó estudios de artes en la Universidad de Alcalá de Henares, donde obtuvo el título de bachiller, y el de teología en Sigüenza, siendo discípulo del anti-erasmista Sancho Miranda de Carranza.

Mediante una ceba concedida por el cardenal Cisneros en 1515, estudió en el Colegio de San Clemente de Bolonia, creado por Gil de Albornoz, que aún existe, y escribió la biografía de su fundador De vita et rebus gestis Aegidii Albornotii. Allí ingresó en la Orden de los Dominicos, entró en contacto con las corrientes humanistas destacándose pronto por su erudición en lenguas clásicas y doctorándose en artes y teología. Durante su estancia, consiguió la protección del príncipe de Capri, el anti-erasmista Alberto Pío, también la amistad de humanista Luis de Lucena, conociendo además a Julio de Médicis y Adriano VI.

Entre los años 1523 y 1526, residió en Roma, sirviendo en la Corte pontificia y asistiendo a las lecciones de Pietro Pomponazzi.

En 1527, se trasladó a Nápoles al lado del cardenal Cayetano (Tomás de Bio), que le encargó la revisión del texto griego del Nuevo Testamento.

Contrario a las reformas eclesiásticas del siglo XVI, entabló correspondencia con Erasmo de Rotterdam, al que combatió por no compartir su idea sobre el libre albedrío, y refutó las ideas de Lutero en De fato et libero arbitrio, libri tres.

Apoyó a Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, casada con el rey de Inglaterra Enrique VIII, en su obra Antapollogia pro Alberto Pio Comite Carpensi in Erasmum Roterodamum, publicada en Roma y París, en 1532.

En 1535, acompañó al cardenal Francisco de los Ángeles Quiñones a Génova, encargado de cumplimentar a Carlos V. El emperador quedó tan prendado de Ginés de Sepúlveda que le nombró capellán y cronista real. De regreso a España, vivió en la Valladolid cortesana y en su Córdoba natal.

Sepúlveda era un hombre de vasta cultura, conocedor de las lenguas clásicas. Su interés por Aristóteles le llevó a traducir su Política, su Ética y otros libros del Estagirita en 1548, y los Comentarios a la Metafísica de Alejandro de Afrodisia.

De Aristóteles asumió la tesis que defendía que existen hombres que habían nacido para ser esclavos. También estaba a favor del sometimiento de las culturas inferiores, cuya influencia fue determinante para sostener la legitimidad de la Conquista de América en función de infundir a los indios una cultura superior y cristiana. Partiendo de esta tesis racista, calificaba a los indios como bárbaros y justificaba como legítimo y necesario la utilización de la violencia como único procedimiento para erradicar sus ritos idolátricos y su incultura. Fue contrario al espíritu de Las Leyes Nuevas.

A pesar que las conquistas de Cortés y Pizarro ya habían acabado con los dos mayores imperios y regiones de América, Sepúlveda defendió la justicia de aquellas guerras, sentando por principio:
"… que es lícito subyugar con las armas á aquellos, cuya condición por naturaleza es tal, que necesariamente han de obedecer á otros. …, que siendo los Americanos naturalmente siervos, bárbaros, incultos é inhumanos; y rehusando como lo hacían el imperio de hombres mas perfectos que ellos, era justo conquistarlos y sujetarlos, por la razón misma que la materia se sujeta á la forma, el cuerpo al alma, el apetito á la razón, lo peor á lo mejor."

No satisfecho con querer someter a los habitantes del Nuevo Mundo, incitaba a Carlos V a expandir los dominios del Imperio español hasta Asia Menor, a mayor gloria del Cristianismo y de España, pero sin dejar de mencionar las riquezas existentes en aquella región.


EPISTOLARIUM LIBRI SEPTEM

En su Exhortación a Caros V (Oratio ad Carolum V ut bellum suscipiat in Turcas) escribía al emperador en 1535 con delirios de grandeza, proponiéndole desorbitados planes expansionistas: "¿Por qué no te decides, César, y te lanzas, sin temor, por este camino que Dios y el destino te muestran para las cosas más altas y el dominio del mundo?" Sepúlveda hacía compatible la disciplina militar y la creencia cristiana defendiendo la guerra justa, solo en los casos que: sea declarada por autoridad legítima, con la intención de corregir, actuando con moderación y proporcionalidad, y para repeler agresiones, recuperar el expolio y castigar a los agresores.

Se convirtió en el defensor oficial de la conquista, colonización y evangelización de los indígenas americanos, justificando el derecho de unos pueblos a someter a otros para su civilización superior, y el derecho del dominador sobre el dominado para evangelizarlo y elevarlo a su misma cultura, ya que eran pueblos sin civilizar.

Era lógico que un hombre que razonaba en estos términos rechazase la política irénica y humanista postulada por los principales teólogos de su generación, especialmente chocó de frente con la tesis iusnaturalista de Francisco de Vitoria.

Esta teoría quedó escita en su obra Democrates alter, sive de justi bellis causis suscepti apud Indos (Diálogo de las justas causas de la guerra): sobre las causas justas de la guerra y la legitimidad de la conquista española en América y sobre la licitud de la guerra por el derecho de los cristianos a hacerla contra los idólatras en virtud de la autoridad del Papa.

El obispo de Segovia, Antonio Ramírez de Haro, consiguió que se prohibiera el Democrates Alter gracias a la intervención de Francisco de las Casas y a la influencia de las universidades de Salamanca y Alcalá. Finalmente, Sepúlveda logró publicar en Roma bajo el título de Apología pro libro de justis belli causis (Defensa de las justas causas de la guerra), gracias a la intervención de su amigo Antonio Agustín, presidente del Tribunal de la Rota Romana, y miembro destacado de la Corte pontificia.
"Con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas.
¿Qué cosa pudo suceder a estos bárbaros más conveniente ni más saludable que el quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres civilizados en cuanto pueden serlo.
Por muchas causas, pues y muy graves, están obligados estos bárbaros a recibir el imperio de los españoles [...] y a ellos ha de serles todavía más provechoso que a los españoles [...] y si rehusan nuestro imperio (imperium) podrán ser compelidos por las armas a aceptarle, y será esta guerra, como antes hemos declarado con autoridad de grandes filósofos y teólogos, justa por ley natural.
La primera [razón de la justicia de esta guerra de conquista] es que siendo por naturaleza bárbaros, incultos e inhumanos, se niegan a admitir el imperio de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos; imperio que les traería grandísimas utilidades, magnas comodidades, siendo además cosa justa por derecho natural que la materia obedezca a la forma."

JUAN GINÉS DE SEPÚLVEDA


En contra de esta obra, Bartolomé de las Casas publicó sus Treinta proposiciones muy jurídicas, además consiguió impedir la entrada de este libro en España, e incluso se ordenó la quema de los ejemplares que ya hubiesen entrado; y también se prohibió su envío a las Indias. Pero Sepúlveda, no dándose por vencido, envió el libro al Concilio de Trento, que se desentendió del asunto.

En 1549, el Consejo de Indias propuso la celebración de una reunión de teólogos y juristas en Valladolid, formalizada en Junta, entre los meses de agosto y septiembre de 1550, con el objetivo de solucionar la disputa, que recibió el nombre Controversia de Valladolid. Fue la denominada "polémica de los naturales" el primer debate sobre los Derechos Humanos. Sus contendientes principales fueron Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas.

Sepúlveda, partidario de un Consuetudinarismo aristotélico y de la Razón de estado de Nicolás Maquiavelo, defendió sus ideas sobre la justicia de la guerra contra los indios a causa de sus costumbres caníbales y los sacrificios humanos, por su inferioridad cultural y para evitar guerras entre ellos, argumentos a los que ya se habían opuesto los seguidores del iusnaturalismo de Francisco de Vitoria. Además, él creía que las conquistas eran necesarias por el adelantamiento cultural de España, de forma que la civilización equivalía a derecho del dominador sobre el dominado para evangelizarlo y elevarlo a su misma altura.

Ginés de Sepúlveda basó su defensa en los argumentos siguientes:
1. los habitantes de la Tierra bíblica de promisión, antes de establecerse en ella los israelitas, fueron castigados por haber cometido idolatrías y sacrificios humanos. 
2. las palabras de Dios en el evangelio de San Lucas (cap. XIV, v.23) han de entenderse como compulsión física y corporal.

3. San Agustín aprueba que se coaccione a los paganos, y no sólo a los herejes, si bien esto ha de hacerse para apartarlos de la idolatría y predicarles la fe cristiana, no para obligarles a creer en ésta. 
4. el Papa San Silvestre, cuando convirtió y bautizó a Constantino, exhortó a éste a que castigase la idolatría con pena de muerte y pérdida de bienes.

5. las palabras de San Pablo en la Epístola I a los Corintios han de interpretarse como potestad de las iglesias y del Papa para predicar a los infieles, subordinando a dicho poder espiritual todas las cuestiones temporales. 
6. el poder y potestad que Cristo transmitió a San Pedro y a sus sucesores se extiende a los fieles. 
7. los canonistas enseñan que sólo por no guardar la Ley natural, o por ser idólatras, pueden los gentiles ser castigados. 
8. los indios eran realmente bárbaros por no vivir conforme a la razón natural y tener muchas costumbres, públicamente aprobadas entre ellos mismos. 
9. aunque la guerra irrita a los indios no por ello debe dejar de hacerse, pues la guerra sirve para preparar la predicación evangélica, y no debe confundirse nunca con ésta, labor tan sólo de frailes y misioneros pacíficos y de vida ejemplar. 
10. el Papa tiene mandamiento y poder para predicar el evangelio por todo el mundo, y en consecuencia tiene también potestad para forzar y obligar a oír tal predicación. 
11. no es verdad que las guerras a los indios traigan mayores males que sus prácticas idolátricas y de sacrificios humanos, pues sólo en la Nueva España morían sacrificados más de 20.000 inocentes al año, según los viajeros de tales regiones. 
12. en la intención de donación pontificia de Alejandro VI en 1493 entraba el ceder a los Reyes Católicos el dominio sobre aquellas tierras y sus habitantes, a fin de que tras el dominio político se facilitase la predicación evangélica.

El rey Felipe II le confirmó en el cargo de cronista en 1556, después de haber sido su preceptor cuando era príncipe. Ese año editó De rebus hispanorum gestis ad Novum Orbem Mexicumque, que era una historia de la conquista del Nuevo Mundo en 30 volúmenes. También una crónica de carácter panegírico sobre el emperador De rebus gestis Caroli V. Pero ya había decidido retirarse a su pueblo natal de Pozoblanco, dedicándose a escribir las obras de historia que le han dado su gran reputación, y allí falleció en 1573, a los 83 de su edad.


ESCULTURA A JUAN GINÉS DE SEPÚLVEDA EN POZOBLANCO

Anti-Colonialismo moderno por Bartolomé de las Casas


Cronista y obispo de Chiapas, protector de indios, uno de los principales promotores del ideal del buen Salvaje, escritor del primer alegato escrito contra el Colonialismo moderno.


BARTOLOMÉ DE LAS CASAS 
 
 
Fray Bartolomé de las Casas nació en Sevilla, en 1474. Provenía de una familia con ascendientes de origen judío-francés, que se apellidaban Casaus.

La reina Isabel II, ya en 1500, había prohibido la esclavitud, pero a menudo la realidad del Nuevo Mundo y las leyes que se dictaban desde la Corte no guardaban relación. Se trataba de un territorio vasto y difícil de controlar. Las buenas intenciones indigenistas de Montesinos y la orden dominica no hubieran tenido tanta influencia sin la intervención de Bartolomé de las Casas. Este se convirtió en el paradigma de la defensa indigenista frente a la parte más cruel de la colonización.

Después de haber estudiado Humanidades, Filosofía y Derecho en la Universidad de Salamanca, en 1502, llegó a la isla La Española. Allí trabajó como doctrinero de Nicolás de Ovando, recibiendo una encomienda. Se ordenó sacerdote en 1510, y viajó a Cuba como capellán de Pánfilo de Narváez en 1512, ya muy influido por un sermón de fray Antonio de Montesinos de 1511, y por el encuentro que tuvo con fray Pedro de Córdoba, enviado por los dominicos a predicar en el Nuevo Mundo.

En 1514, recibió una encomienda en Jaguá, en la que los indios trabajaban en la minería, y ya calificó este trabajo de injusto. Tras renunciar a sus posesiones, decidió viajar a España, donde alzar la voz contra el brutal régimen de encomenderos. En la Corte se entrevistó con el rey Fernando el Católico y el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, que le nombró procurador universal y protector de los indios en 1516.

Aunque no fue el único, si llegaría a ser el más famoso de los eclesiásticos que eligieron ser fiel defensor de indios, siempre en litigio con los intereses de los conquistadores, del Consejo de Indias y de los teólogos y jurisconsultos que, como Ginés de Sepúlveda, rechazaron sus tesis.

Tras la muerte de Fernando y la regencia de Cisneros, sus buenas relaciones con el emperador Carlos V beneficiaron sus postulados y facilitaron la creación de las Nuevas Leyes de Valladolid, que prohibían a los encomenderos explotar a los indígenas Americanos. Este monarca además aprobó su Plan de Tierra Firme en Cumaná, en la actual Venezuela. Regresó a España en 1520, pero esta vez no pudo defender el pacifismo de los indios, porque se habían sublevado en su ausencia. Desengañado entró en la Orden de Santo Domingo, que ya criticaba en la Escuela de Salamanca, a través de Francisco de Vitoria, muchos aspectos de la colonización de América, entre ellos el sistema de encomiendas.

BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

A partir de 1521, comenzó a escribir su Historia de las Indias, obra que no fue publicada hasta el siglo XIX, y entre 1535 y 1539 intentó la colonización pacífica de Vera Paz en Guatemala, con relativo éxito.

Regresó de nuevo a España en 1540, visitó a Carlos I en Valladolid. Sus informes orales y escritos impresionaron tanto al emperador, que este dispuso la destitución de varios miembros del Consejo de Indias y la elaboración de las Leyes Nuevas, aprobadas en Barcelona el 20 de noviembre de 1542. El nuevo código de leyes era claramente favorables a los derechos de los indios y muy perjudicial a los intereses de los encomenderos: prohibía la esclavitud de los indios, y se ordenaba que quedaran libres de los encomenderos, y fueran puestos bajo la protección de la Corona, o que en las tierras aún no exploradas dos religiosos vigilaran que los contactos con los indios fueran pacíficos.

Se le ofreció el obispado de Cuzco, que no aceptó, pero sí el de Chiapas en 1543, con el encargo de poner en práctica sus teorías. Residió dos años en la Ciudad Real de Chiapas, hoy San Cristóbal de las Casas, y regresó a España en 1547. Durante el resto de su vida continuó su labor a favor de los indios, por lo que fue conocido como el Apóstol de los Indios.

Entre 1550 y 1551, formó parte principal de la llamada Controversia de Valladolid, el gran debate sobre los Derechos Humanos que puso en cuestión el modo en que se estaba realizando la colonización del Nuevo Mundo. El “debate sobre los naturales” entre teólogos y juristas españoles, De las Casas defendía las tesis de Francisco de Vitoria, enfrentándose a su principal rival, Juan Ginés de Sepúlveda, quien defendía la licitud de la conquista.

Encargado por el Consejo de Indias de elaborar un sumario, fray Domingo de Soto dictaminó a favor de las tesis lascasianas, y el Consejo declaró ilegítimo el uso de la esclavitud en los indígenas americanos, aunque se continuó con la conquista.

Recobrado su prestigio, De las Casas decidió retirarse al convento de San Pablo, de Sevilla, para redactar Memoriales.


BREVISIMA RELACIÓN DE LA DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS


A finales de 1552, publicó en Sevilla, aunque terminada provisionalmente diez años ates en Valencia, su Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias, dirigida al rey Felipe II, para que conociese las injusticias que se estaban dando en el Nuevo Mundo. En este libro había basado su defensa durante la Controversia de Valladolid.

Los treinta capítulos narran a modo de sumario lo ocurrido en el Nuevo Mundo (enumeración por provincias, siguiendo el orden de las conquistas) relatando la larga lista de abusos cometidos por los colonizadores. No se trata de una obra historiográfica, sino un memorial de agravios, con carácter tendencioso y tono panfletario. Aunque se basa en hechos reales, de las Casas exageró de forma deliberada lo sucedido para llamar más la atención sobre el caso. Menéndez Pidal, en su obra El padre las Casas, su doble personalidad, califica estas dramatizaciones como "enormizaciones". Aunque Gabriela Mistral resumió su admiración denominándole "honor del género humano".

Caracterizó a los indios como "ovejas mansas", y a sus opresores colonizadores de "leones y tigres crudelísimos de muchos días hambrientos". Durante cuarenta años, los españoles no han hecho otra cosa que "desplazar" a las mansas ovejas, "matarlas, aniquilarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas". Para ello, se han valido de dos procedimientos, el primero por medio de "injustas, crueles, sangrientas y tiránicas guerras”, el segundo, "oprimiéndoles con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres y bestias pudieron ser puestas". Y el único motivo de este cruel proceder no es otro que el afán de acumular "oro y henchirse de riqueza en muy breves días".

El dominico se sirvió de estas exageraciones de manera cuantitativa para describir el número de indígenas asesinados. En la obra habla de más de 15 millones de muertos, aunque si se suman realmente sus números el resultado es más de 24 millones, este dato es imposible. Además de las matanzas también hubo epidemias que acabaron con la vida de muchos indígenas (por ejemplo la de viruela en 1545) y plagas de hambre por falta de cosechas fructíferas. El hilo en sí del argumento es real, pero está exagerado.

Los datos dados por De las Casas fueron recogidos por el italiano Jerónimo Benzoni en Historia nueva del mundo (1581), traducida a varios idiomas europeos, así como se tradujo también la Brevísima Relación al latín (1598), italiano (1626), flamenco (1567), francés (1579), inglés (1583) y alemán (1597). En cambio, en España el libro tuvo poca difusión, prohibido por la Inquisición en 1659, circuló más como un libro clandestino que público.

EL TORMENTO DE CUAUHTÉMOC, POR LEANDRO IZAGUIRRE (1898)

Bartolomé de las Casas ha pasado a la historia por ser precursor del pensamiento racionalista francés del siglo XVIII, defensor de los derechos humanos y un adelantado del anticolonialismo de la Modernidad.

Fue uno de los precursores del Anticolonialismo moderno, pues aunque aceptó a veces la tesis de la asimilación, en otros textos se reafirmó en la opinión de que todo régimen político o jurídico, impuesto por la fuerza, es ilegítimo: todos los pueblos son libres, por lo que no pertenecían a los reyes de Castilla. Incluso atacó el pretendido derecho de propiedad sobre las riquezas explotadas por los conquistadores, no admitió nunca el dominio político sobre América, sino un simple impulso de difusión pacífica del evangelio, siendo su crítica la primera que se hizo a la moderna colonización.

En la obra Apologetica historia sumaria, De las Casas tuvo el deliberado propósito de reivindicar al indio como el buen Salvaje, impugnando el concepto de salvaje aplicado al indio, pues gozan de plena capacidad racional.

El pensamiento de la Ilustración francesa del siglo XVIII estuvo muy influenciado por el mito del buen Salvaje de Bartolomé de las Casas, traducido en la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano, igualdad de los hombres ante la Ley. Fue de gran inspiración para los franceses ilustrados: Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Diderot y Holbach. Había inspirado el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1754) de Rousseau, y Supplément au voyage de Boungaillive (1772) de Diderot: taitianos bondadosos y felices, en vida primitiva, y europeos falsos y corruptos, en mundo artificial. El buen Salvaje de De las Casas fue un tópico del siglo XVIII, con antecedente en De los vehículos y De los caníbales de Montaigne.


Cuando De las Casas afirmaba que los judíos y musulmanes que habitaban en un reino cristiano no deberían estar sometidos, en materia religiosa, a la jurisdicción de sus príncipes, estaba reconociendo el principio de libertad religiosa. De la misma manera, cuando afirmó que a los judíos no se les podían imponer trabajos ni opinión contra Derecho, estaba señalando el trato de respeto y tolerancia que debe darse a una minoría racial y religiosa residente en una sociedad con otro tipo de creencias. Y llegó a reconocer el origen democrático del poder legislativo cuando dijo que todo legislador, al proceder su autoridad del pueblo o de la comunidad, puede obligar a sus súbditos a hacer o soportar lo que convenga al bienestar y salvación de toda República. Incluso se manifestó contra el genocidio al considerar que la antropofagia y el sacrificio de inocentes no son causas justificadas de guerra, por considerar que se ocasionaría así un mal mayor del que se pretende evitar. 


BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

Por otra parte, la obra de De las Casas dio lugar en Europa a la fundación de la Leyenda Negra, que sirvió de eficaz propaganda contra el Imperio de la Monarquía hispánica y a favor de sus enemigos. Supuso un violento ataque contra la imagen exterior, porque enfatizaba los defectos y crueldades de algunos colonos, narrando las matanzas y estragos de gentes inocentes, pero de forma exagerada, sin rigor científico. Además, el dominico sevillano profirió olvidarse de los muchos beneficios que tuvo la colonización española de América, y de la postura de la Corona española, siempre a favor de los indígenas americanos. Puso los intereses del Cristianismo muy por encima de los nacionales, y se comportó también como el judío converso que era, por lo que intentó cambiar su apellido en Casaus, para librarse en parte del odio que por él sintieron los cristianos viejos.

Es por eso que esta Brevísima relación y las Relaciones de Antonio Pérez hayan sido consideradas como el origen de la leyenda negra antiespañola. Posteriormente, fueron utilizados como libros propagandísticos desde los cuales lanzar violentos ataques contra el Imperialismo español. Se discutían las supuestas barbaries que cometían los españoles en suelo americano como una forma de desprestigiar su conquista y deslegitimar su autoridad para hacerlo. Países protestantes y enemigos de España (Portugal, Francia, Inglaterra, Países Bajos, etc.) fueron los principales valedores que fomentaron esa leyenda, ya que la conquista española iba en contra de sus intereses.


MONUMENTO A BARTOLOMÉ DE LAS CASAS EN SEVILLA

Cafés literarios de Madrid


Durante el final del siglo XIX y el principio del XX, la zona centro de Madrid se convirtió en sede de decenas de Cafés literarios donde artistas, políticos, escritores, periodistas, científicos y toda clase de intelectuales organizaron tertulias casi a diario, siempre en el mismo café, en cierto modo para socializar la soledad de su creación.

Cafés literarios como la Fontana de Oro, del Príncipe, de la Montaña, el Suizo, el Fornos, el Central, el Levante, el Comercial, el Pombo, el Sevilla, o el Gijón. Se podía observar un microclima en cada mesa, formado por el olor cargado a café y licor y la niebla del humo del tabaco expirado. Un ambiente entre romántico y londinense, entre añejo e intelectual. Allí acudían literatos, filósofos y eruditos de todo tipo para impulsar tendencias literarias y alentar posiciones políticas avanzadas. 

Un antecedente a estas tertulias cafeteras en Madrid estuvo en las academias literarias del Siglo de Oro. Se trataba de reuniones de poetas en el domicilio de algún noble o aristócrata, a imitación de las academias italianas renacentistas. En ellas se discutía sobre temas literarios e incluso se componían poemas y pequeñas obras para ser leídas en el transcurso de las mismas. En Madrid la más famosa fue quizás la Academia Mantuana, en la que participó Lope de Vega, donde leyó su Arte Nuevo de Hacer Comedias.

De la evolución de una de estas academias, la Academia del Buen Gusto, cuyos miembros se reunían entre los años 1749 y 1751 en un local de la plazuela del Ángel, convocado por la condesa de Lemos Josefa de Zúñiga, apareció la que es considerada la primera de las tertulias de café. Fue la Tertulia de la Fonda de San Sebastián, fundada por Nicolás Fernández de Moratín un par de década después que la anterior academia. Supuso el arma dialéctica de un grupo de ilustrados que querían acabar con el estilo rococó de la cultura española. Allí se hablaba de los ideales de Rousseau y los ilustrados franceses, se apostaba por una literatura distinta y vanguardista, y por un teatro neoclásico. Por aquellas tertulia innovadora, precedente de las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, pasaron entre otros intelectuales ilustrados Félix María Samaniego, Tomás de Iriarte, Gaspar Melchor de Jovellanos o Francisco de Goya.

PINTURA CAFÉ GIJÓN


A principios del siglo XIX, Madrid experimentaba una realidad sociopolítica bastante convulsa. Primero con el Levantamiento del Dos de Mayo y la resistencia frente a la invasión francesa. Tras la vuelta al trono del rey absolutista Fernando VII, fue seguido de un periodo de inestabilidad producido del Trienio liberal de 1820 y 1823. Fue aquella realidad convulsa la que impulsó los debates y tertulias en las céntricas cafeterías madrileñas. Los liberales encontraron en estos puntos de reunión un espacio en el que expresar sus ideales, defender la Constitución de las Cortes de Cádiz de 1812, apoyar el pronunciamiento liberal del general Riego y atacar las instituciones absolutistas.

Dos locales destacaron especialmente entre las mentes liberales: el Café Lorenzini, sito en la plaza del Sol, y la Fontana de Oro, a pocos metros en la calle de la Victoria. Ambos se convirtieron en círculos de pensamiento y poder políticos paralelos, cuyos usuarios exaltaron a Riego en su llegada a Madrid tras sublevarse en Cabezas de San Juan.

El escritor canario Benito Pérez Galdós, de tendencia liberal, dedicó su novela con el mismo título a aquel café que frecuentaba y describió:
"En la Fontana es preciso demarcar dos recintos, dos hemisferios, el correspondiente al café y el correspondiente a la política. En el primer recinto había unas cuantas mesas destinadas al servicio. Más al fondo, y formando un ángulo, estaba el local en el que se celebraban las sesiones. Al principio, el orador se ponía en pie sobre la mesa y hablaba; después, el dueño del café se vio obligado a construir una tribuna."

CAFÉ LA FONTANA DE ORO


El siglo XIX transforma el paisaje de Madrid, no solo era un lavado de cara a sus edificios, plazas y avenidas, sino que experimentó un amplio crecimiento demográfico. De los 176.000 habitantes que recogía el censo de 1804, se pasó a 540.000 en los primeros años del siglo XIX. Todo este auge contribuyó a una mayor expresión cultural, a un aumento de la relevancia de las tertulias, y a una decisiva influencia en el pensamiento político y social de finales de siglo y principios del siguiente.

El Romanticismo se impuso en el siglo XIX como la corriente literaria de mayor auge, gracias a la pluma de escritores romanticistas como Espronceda, Larra o Zorrilla.

Azorín denominó al Café del Príncipe como "el solar del romanticismo castellano", porque fue el que alcanzó mayor relevancia dentro del círculo sociocultural romántico. Estaba situado en la calle Príncipe, junto al actual Teatro Español, y su tertulia recibía el nombre del Parnasillo. Larra describió al lugar de encuentro literario más afamado y respetado de su época como "reducido, puerco y opaco", y miserable y mezquino por otros de sus moradores, pero acogía la esencia del movimiento en alza. Se reunían escritores, políticos y artistas de la talla de Larra, Zorrilla, Mesonero Romanos, Donoso Cortés, Bravo Murillo, Deleguer, etc. Todos ellos y muchos más formaban coloquio en al final del reinado de Fernando VII, cuando el Liberalismo comenzaba a asomar en la Historia del pensamiento político español.

Con el tiempo, este antro reformado fue recibiendo a los prohombres de la cultura y de la política hasta convertirse en el centro neurálgico del debate político y cultural del momento. El éxito se consideraba real cuando recibía el aplauso de sus compañeros de profesión en la tertulia del Parnasillo, en cuyo lugar el periodista romántico Mariano José de Larra recibió el pseudónimo de "Figaro", impuesto por el empresario teatral Juan Grimaldi, responsable del Teatro Español. Así, un escritor del siglo XIX lo es tanto por la obra que publique como por la asistencia a las tertulias.


PINTURA DE UN CAFÉ MADRILEÑO


Por lo general, lo cafés literarios madrileños eran sombríos y discretos, en contraposición a la suntuosidad y elegancia de los parisinos. Pero una excepción fue el Café Suizo, situado en la intersección de las calles Sevilla y Alcalá e inaugurado en 1845 por dos suizos. Poseía un elegante mobiliario, con lujosas mesas de mármol y grandes ventanales, y atraía a mujeres de clase alta. Allí, los hermanos Becquer organizaban una tertulia a la que tomaban parte artistas del nivel de José Casado de Alisal, el gran retratista de los principales sucesos históricos nacionales del siglo XIX.

Una de las tertulias más originales fue la de Bilis Club de carácter humorístico, que se organizaba en la Cervecería la Escocesa, situada en la carrera de San Jerónimo. Fue fundada en 1871 por un grupo de estudiantes universitarios de Derecho, liderados por Leopoldo Alas "Clarín", y que recibirían el pseudónimo de "los asturianos", por su lugar de procedencia. Se trataba de una tertulia de humor inteligente, que no permitía la torpeza y simpleza creativa. Apoyaban la corriente del Krausismo y el Regeneracionismo, y entre ellos se encontraban juristas como Adolfo Munillas o periodistas como José Ortega Munillas, padre de José Ortega y Gasset.

En aquella época, finales del siglo XIX, España se convertía en un país periférico, con el trágico final de la pérdida de las últimas provincias ultramarinas: Cuba, Puerto Rico y Filipinas; en 1898. La conciencia nacional sufría con pasión la definitiva decadencia de su grandeza imperial. A artistas e intelectuales les "duele España", y encontraron en las tertulias un  modo de expresar sus sentimientos e ideales  al tiempo que hacían una reflexiva crítica a la clase política. Estos factores propiciaron el mayor auge de las tertulias en la historia nacional.


VALLE-INCLÁN EN CAFÉ DE LEVANTE


En la segunda mitad del siglo XIX, una docena de cafés con sus respectivas tertulias se ubicaban en los alrededores de la céntrica Plaza del Sol. Es el tiempo del Café de Levante, situado hasta en tres locales diferentes aunque próximos entre ellos. El más influyente fue el de la calle Arenal, gracias al magisterio que mostraba la gran figura de la tertulia española, Ramón María del Valle Inclán, quien llegó a escribir que "el Café de Levante ha ejercido más influencia en la literatura y el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias juntas".

Allí se produjeron anécdotas como la que escribió el intelectual republicano y masón Mateo Hernández Barros, en su obra El oso y el madroño
"Hay un episodio formidable en la historia de aquella tertulia. Anita Delgado y su hermana, preciosas danzarinas malagueñas, fueron gloria de aquel Kursaal. Por entonces estaba en Madrid el maharajá de Kapurtala; todas las noches iba a ver a Anita Delgado, entusiasmado y prendado de ella. A sus requerimientos halló siempre la misma respuesta: o casamiento, o nada. Y entonces, en la tertulia de Nuevo Levante se armó la conspiración de facilitar aquella boda… Decía Valle Inclán: Casamos a una española con un maharajá indio, va a India; allí a instancias de Anita el maharajá armarla sublevación contra los ingleses, libera la India y nos vengamos de Inglaterra que nos robó Gibraltar."

En aquel ambiente de farolas con luces de gas se movía la figura de la bohemia madrileña que tanto inspiró a Valle Inclán para crear al personaje de Max Estrella en Luces de Mohemia.

En el modernista Café del Gato Negro, situado situado en la calle Príncipe, se desarrollaba la tertulia de Jacinto Benavente. 

El Café Fornos estaba ubicado frente al antiguo Café Suizo, en una esquina de la calle Alcalá. Fue inaugurado en 1870, siendo durante el día un respetable restaurante, y por la noche los reservados de sus sótanos se llenaban de música y juerga. Los reyes Alfonso XII y Amadeo I eran asiduos, y Pío Baroja y Miguel de Unamuno se conocieron en él.


TERTULIA DEL CAFÉ DE POMBO, POR JOSÉ GUTIÉRREZ SOLANA


La tertulia del Café de Pombosituado en la calle Carretas, alcanzó gran relevancia desde su fundación, en 1912, por su promotor, el escritor Ramón Gómez de la Serna. Junto a él, se reunían reputados escritores dedicados a la novela, el ensayo, la poesía, el teatro, la crítica artística y el periodismo como Manuel Abril, Tomás Borrás, José Bergamín, José Cabrero, Mauricio Bacarisse y Pedro Emilio Coll, y además los pintores Salvador Bartolozzi y José Gutiérrez Solana. Este último inmortalizó estos encuentros en su obra Tertulia del Café de Pombo.

Otros muchos café que se abrieron a comienzos del siglo XX estableció habitual tertulia en su interior: Café Colonial, Café Oriental, Café Sevilla, etc. La mayoría de ellos terminaron cerrando durante la Guerra Civil.

El que sobrevivió fue el Café Comercial, situado en la glorieta de Bilbao y abierto en 1887. Fue durante un tiempo lugar de tertulia de periodistas y punto de juego entre ajedrecistas. Algunos de sus ilustres de la posguerra fueron Alfonso Paso, Ignacio Aldecoa o Berlanga. 

Pero fue el Café Gijón el café literario que alcanzó más fama durante el Régimen franquista. Fue fundado en 1888 por Gurmenesindo García, un emigrante asturiano en Cuba, en el paseo de Recoletos. Su tertulia fue un medio vertebrador de una España intelectual perseguida, asesinada o exiliada. Su elegancia supo atraer a intelectuales del nivel de Pío Baroja, Santiago Ramón y Cajal, Benito Pérez Galdós o Jacinto Benavente. Los jóvenes de la Generación del 27 pudieron intercambiar impresiones e ideales en su interior, convirtiéndose en fuente de inspiración para escritores como Camilo José Cela, que se sirvió de él para ambientar La Colmena

A partir de los años 50, fue lugar de reunión habitual para cineastas como Fernán Gómez, Manuel Aleixandre o Paco Rabal, novelistas como Francisco Umbral o Buero Vallejo, y poetas como Ángel González o García Nieto.


CAFÉ GIJÓN

Represión filosófica andalusí


Abd el-Ramán III y su sucesor Al-Hakam II fueron califas letrados cordobeses con un alto grado de tolerancia, que protegieron a filósofos, artistas, científicos y eruditos en su Corte. Durante el califato de Abd el-Ramán III, entre los años 912 y 961, Córdoba experimentó un esplendor cultural que convirtió a esa ciudad en la más admirada y relevante de Occidente: aumentaron sus bibliotecas y escuelas, así como los eruditos y artistas al servicio del califa. Al-Hakam II fundó la mayor biblioteca de Occidente, con cerca de 400.000 volúmenes sobre todas las disciplinas del saber, traídos en su mayoría de otras ciudades islámicas.


CALIFATO DE CÓRDOBA CON ABDERRAMÁN III


Dos años antes de la muerte de Al-Hakam II, comenzaba el movimiento de regresión dogmática por parte de los Fuqahas, que estaban esperando una oportunidad para imponerse sobre sus adversarios, entre ellos los filósofos, los científicos y los artistas. El califa sufría una grave enfermedad y, aterrorizado por la idea de la muerte, concedió todas las exigencias de los fuqahas a cambio de que estos exculparan sus pecados de tolerancia dogmática.

Cuando al final murió Al-Hakam II, su sucesor, Hisham II no pudo retener las ambiciones revanchistas de su visir supremo, Huha­med lbn Yakba Al Mansur, al mando del Ejército cordobés. El general Almanzor relanzó la “guerra santa” contra los cristianos y emprendió una nueva política militar contra los reinos del norte peninsular. Dentro de Al-Ándalus, se declaró enemigo de los filósofos, haciéndolos víctimas de su ambición y su celo islámico. Para afianzar su poder, anuló la influencia de la culta aristocracia andalusí, hizo expurgar todas las bibliotecas, incluida la Biblioteca califal, y eliminar todas las obras filosóficas y científicas (excep­tuando las de medicina y matemáticas), aunque perdonó únicamente los tratados ortodoxos de jurisprudencia.

Tras él, Al Zubaydi de Sevilla, preceptor del ca­lifa Hisham II y consejero teológico de Al Mansur, publicó un panfleto contra aquellos islámicos díscolos: “Hay que arrancar la máscara a los impíos”. Enseguida tomó la palabra el tradi­cionalista Abu Omar Ibn Lub de Salamanca, que escribió un voluminoso tratado con el fin de “desenmascarar la impiedad”.


ALMANZOR


La inquisición de los fuqa­has malekitas se desencadenaba y eruditos, filósofos, artistas y todo aquel que no se sometió a la disciplina dogmática del Islam sufrió la persecución y la represión. Muchos musulmanes prefirieron la convivencia con los cristianos del norte que estar sometidos a los bárbaros africanos traídos por Almanzor, los almohades o los almorávides.

Los fuqa­has implantaron su ideología e hicieron reinar total­mente su oscurantismo, gracias al apoyo constante de un poder autoritario y centralizador. Entre sus víctimas se encontraron: Ibn Masa­rra, Ibn Bayya, Ibn Hazin, Ibn Tofayl, Ibn Ruschd (Averroes) o Ibn Arabi, entre otros.

El gran geómetra Abd er Rahman, conocido como el “Euclides español”, tuvo que exilarse de Córdoba. Saïd el Himar, de Za­ragoza, autor de un tratado de música y de una iniciación a la filosofía titulada El árbol de la ciencia, fue encarcelado acusado de ateísmo, y obligado a retractarse de sus ideas hasta que pudo refugiarse en Sicilia.

En tiempos de los reinos de Taifas, ya descompuesto el Califato de Córdoba, la escuela sufí de Ibn Masarra fue obligada a la clandestini­dad. Sus últimos discípulos, reunidos en Almería, fueron los únicos en protestar cuando los fanáticos fuqahas quemaron las obras de Ghazali por orden del sultán almorá­vide Yusuf Ibn Tashfin en el año 1106.

Toda la grandeza del pensamiento islá­mico de Occidente estaba en contradicción con la de estos fuqahas. Estos sacerdotes, que formaban una oligarquía jurídica, se convirtieron en un auténtico tribunal inquisitorial. Fueron ellos quienes prepararon la invasión extranjera de los almorá­vides en el año 1086, y fueron ellos los principales responsables de la decadencia y la derrota del Islam en la península Ibérica.

Su ortodoxia islámica degeneró hacia un forma­lismo sin alma y un ritualismo arcaico. Era un Islam de beatos, serviles con el poder, promotora de delaciones a la menor inobservancia de los ritos, predicadora del fatalismo y la resignación, que no podía extenderse como una idea vivificadora y que si lo había hecho el Islam primitivo, abierto y creador.

Un ejemplo de intransigencia religiosa de los faqihs que terminó causando una reacción en su contra fue la expulsión de los mozárabes de Al-Ándalus a tierras del norte de África en 1095, con el acuerdo del al­morávide Yussuf. Esos mismos cristianos, en el año 1125, pidieron ayuda al rey aragonés Alfonso I el Ba­tallador, para que los rescatara de aquel exilio.


PROCLAMA PÚBLICA DE LOS FUGAHAS


Paradójicamente, en aquel escenario de represión y oscurantismo al pensamiento libre, el califa almohade Yusuf consiguió abrir una vía de respeto y de paz sobre el cerco ideológico de los fuqahas malekitas, entre los años 1154 y 1182. Durante este corto periodo, el califa protegió a lbn Ruschd “Averroes”, hasta que el sectarismo tomó un nuevo impulso. Entonces, el pensamiento de Ibn Ruschd fue perseguido, o el judío Maimónides abandonaba Córdoba. El cadí de Toledo Ben Said llegó a relatar como los sabios y eruditos se refugiaban en los reinos cristianos, más tolerantes.

Pero la ciencia y la filosofía de la esplendorosa Al-Ándalus alcanzaron un nivel de erudición y profusión que ni la persecución de Almanzor y la posterior represión de los fuqahas en tiempos de los reinos de Taifas pudieron cerrar todas las escuelas y bibliotecas, quemar todos los libros e imponer un pensamiento ortodoxo único. Incluso, tras las invasiones de los almorávides y almohades sobresalieron grandes talentos de la cultura hispanoárabe. En ciudades como Sevilla, Toledo, Zaragoza y más tarde en otras del Al-Ándalus surgieron escuelas y centros de estudios que trataron de alcanzar el anterior nivel de producción filosófico y científico de Córdoba. Los reyes de Taifas acogieron a letrados en sus Cortes y sus bibliotecas reunieron miles de volúmenes de las obras más importantes. Las hospederías se multiplicaron, el comercio con el Mediterráneo se mantuvo en plena actividad y la artesanía continuó en progresión.

Los reyes Moctádir y Motamin, de la taifa de Toledo, hospedaron al Cid Rodrigo Díaz de Vivar durante su destierro y se distinguieron como filósofos y matemáticos. Y cuando los almorávides invadieron la península, Valencia y Zaragoza buscaron en el Cid su protección contra los africanos.

Quien también estuvo desterrado en Toledo fue el rey leonés Alfonso VI durante el reinado de Mamún. Esta era una práctica habitual: cuando los caballeros y príncipes cristianos eran desterrados por sus señores, solían refugiarse en las cortes musulmanas. Alfonso pudo conocer la obra de las escuelas toledanas, sus bibliotecas y su jardín botánico, permitiendo que tras su reconquista, la cultura hispano-árabe entrara en Castilla con todo su carácter andalusí.


ESCUELA FILOSÓFICA ANDALUSÍ