Represión filosófica andalusí


Abd el-Ramán III y su sucesor Al-Hakam II fueron califas letrados cordobeses con un alto grado de tolerancia, que protegieron a filósofos, artistas, científicos y eruditos en su Corte. Durante el califato de Abd el-Ramán III, entre los años 912 y 961, Córdoba experimentó un esplendor cultural que convirtió a esa ciudad en la más admirada y relevante de Occidente: aumentaron sus bibliotecas y escuelas, así como los eruditos y artistas al servicio del califa. Al-Hakam II fundó la mayor biblioteca de Occidente, con cerca de 400.000 volúmenes sobre todas las disciplinas del saber, traídos en su mayoría de otras ciudades islámicas.


CALIFATO DE CÓRDOBA CON ABDERRAMÁN III


Dos años antes de la muerte de Al-Hakam II, comenzaba el movimiento de regresión dogmática por parte de los Fuqahas, que estaban esperando una oportunidad para imponerse sobre sus adversarios, entre ellos los filósofos, los científicos y los artistas. El califa sufría una grave enfermedad y, aterrorizado por la idea de la muerte, concedió todas las exigencias de los fuqahas a cambio de que estos exculparan sus pecados de tolerancia dogmática.

Cuando al final murió Al-Hakam II, su sucesor, Hisham II no pudo retener las ambiciones revanchistas de su visir supremo, Huha­med lbn Yakba Al Mansur, al mando del Ejército cordobés. El general Almanzor relanzó la “guerra santa” contra los cristianos y emprendió una nueva política militar contra los reinos del norte peninsular. Dentro de Al-Ándalus, se declaró enemigo de los filósofos, haciéndolos víctimas de su ambición y su celo islámico. Para afianzar su poder, anuló la influencia de la culta aristocracia andalusí, hizo expurgar todas las bibliotecas, incluida la Biblioteca califal, y eliminar todas las obras filosóficas y científicas (excep­tuando las de medicina y matemáticas), aunque perdonó únicamente los tratados ortodoxos de jurisprudencia.

Tras él, Al Zubaydi de Sevilla, preceptor del ca­lifa Hisham II y consejero teológico de Al Mansur, publicó un panfleto contra aquellos islámicos díscolos: “Hay que arrancar la máscara a los impíos”. Enseguida tomó la palabra el tradi­cionalista Abu Omar Ibn Lub de Salamanca, que escribió un voluminoso tratado con el fin de “desenmascarar la impiedad”.


ALMANZOR


La inquisición de los fuqa­has malekitas se desencadenaba y eruditos, filósofos, artistas y todo aquel que no se sometió a la disciplina dogmática del Islam sufrió la persecución y la represión. Muchos musulmanes prefirieron la convivencia con los cristianos del norte que estar sometidos a los bárbaros africanos traídos por Almanzor, los almohades o los almorávides.

Los fuqa­has implantaron su ideología e hicieron reinar total­mente su oscurantismo, gracias al apoyo constante de un poder autoritario y centralizador. Entre sus víctimas se encontraron: Ibn Masa­rra, Ibn Bayya, Ibn Hazin, Ibn Tofayl, Ibn Ruschd (Averroes) o Ibn Arabi, entre otros.

El gran geómetra Abd er Rahman, conocido como el “Euclides español”, tuvo que exilarse de Córdoba. Saïd el Himar, de Za­ragoza, autor de un tratado de música y de una iniciación a la filosofía titulada El árbol de la ciencia, fue encarcelado acusado de ateísmo, y obligado a retractarse de sus ideas hasta que pudo refugiarse en Sicilia.

En tiempos de los reinos de Taifas, ya descompuesto el Califato de Córdoba, la escuela sufí de Ibn Masarra fue obligada a la clandestini­dad. Sus últimos discípulos, reunidos en Almería, fueron los únicos en protestar cuando los fanáticos fuqahas quemaron las obras de Ghazali por orden del sultán almorá­vide Yusuf Ibn Tashfin en el año 1106.

Toda la grandeza del pensamiento islá­mico de Occidente estaba en contradicción con la de estos fuqahas. Estos sacerdotes, que formaban una oligarquía jurídica, se convirtieron en un auténtico tribunal inquisitorial. Fueron ellos quienes prepararon la invasión extranjera de los almorá­vides en el año 1086, y fueron ellos los principales responsables de la decadencia y la derrota del Islam en la península Ibérica.

Su ortodoxia islámica degeneró hacia un forma­lismo sin alma y un ritualismo arcaico. Era un Islam de beatos, serviles con el poder, promotora de delaciones a la menor inobservancia de los ritos, predicadora del fatalismo y la resignación, que no podía extenderse como una idea vivificadora y que si lo había hecho el Islam primitivo, abierto y creador.

Un ejemplo de intransigencia religiosa de los faqihs que terminó causando una reacción en su contra fue la expulsión de los mozárabes de Al-Ándalus a tierras del norte de África en 1095, con el acuerdo del al­morávide Yussuf. Esos mismos cristianos, en el año 1125, pidieron ayuda al rey aragonés Alfonso I el Ba­tallador, para que los rescatara de aquel exilio.


PROCLAMA PÚBLICA DE LOS FUGAHAS


Paradójicamente, en aquel escenario de represión y oscurantismo al pensamiento libre, el califa almohade Yusuf consiguió abrir una vía de respeto y de paz sobre el cerco ideológico de los fuqahas malekitas, entre los años 1154 y 1182. Durante este corto periodo, el califa protegió a lbn Ruschd “Averroes”, hasta que el sectarismo tomó un nuevo impulso. Entonces, el pensamiento de Ibn Ruschd fue perseguido, o el judío Maimónides abandonaba Córdoba. El cadí de Toledo Ben Said llegó a relatar como los sabios y eruditos se refugiaban en los reinos cristianos, más tolerantes.

Pero la ciencia y la filosofía de la esplendorosa Al-Ándalus alcanzaron un nivel de erudición y profusión que ni la persecución de Almanzor y la posterior represión de los fuqahas en tiempos de los reinos de Taifas pudieron cerrar todas las escuelas y bibliotecas, quemar todos los libros e imponer un pensamiento ortodoxo único. Incluso, tras las invasiones de los almorávides y almohades sobresalieron grandes talentos de la cultura hispanoárabe. En ciudades como Sevilla, Toledo, Zaragoza y más tarde en otras del Al-Ándalus surgieron escuelas y centros de estudios que trataron de alcanzar el anterior nivel de producción filosófico y científico de Córdoba. Los reyes de Taifas acogieron a letrados en sus Cortes y sus bibliotecas reunieron miles de volúmenes de las obras más importantes. Las hospederías se multiplicaron, el comercio con el Mediterráneo se mantuvo en plena actividad y la artesanía continuó en progresión.

Los reyes Moctádir y Motamin, de la taifa de Toledo, hospedaron al Cid Rodrigo Díaz de Vivar durante su destierro y se distinguieron como filósofos y matemáticos. Y cuando los almorávides invadieron la península, Valencia y Zaragoza buscaron en el Cid su protección contra los africanos.

Quien también estuvo desterrado en Toledo fue el rey leonés Alfonso VI durante el reinado de Mamún. Esta era una práctica habitual: cuando los caballeros y príncipes cristianos eran desterrados por sus señores, solían refugiarse en las cortes musulmanas. Alfonso pudo conocer la obra de las escuelas toledanas, sus bibliotecas y su jardín botánico, permitiendo que tras su reconquista, la cultura hispano-árabe entrara en Castilla con todo su carácter andalusí.


ESCUELA FILOSÓFICA ANDALUSÍ