Laudos literarios al Imperio español


El ambiente literario patriótico de San Isidoro y de Alfonso X el Sabio renació vigoroso con los grandes sucesos de la España unida por los Reyes Católicos, a fines del siglo XV. Ya el cronista y arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada presagiaba el destino glorioso que llegaría dos siglos y medio después del reinado de Fernando III. El elogio a las formidables empresas de 1492 que fueron el final de la Reconquista y el descubrimiento del Nuevo Mundo, así como el canto a la famosa justicia popular de Isabel y Fernando frente al poder de la nobleza feudal volvieron a aparecer en las obras de teatro de los primeros clásicos.

La eclosión de un patriotismo desbordado surgió al cantar las glorias del emperador Carlos V, dando un sentido característico castellano a la idea del Imperio personificado e idealizado en el propio monarca.

Hernando de Acuña dedicó un altisonante soneto sobre la llegada a España del emperador Carlos V, Al rey nuestro señor:

Ya se acerca, señor, o ya es llegada
la gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio, en tal jornada,
os muestra el fin de nuestro santo celo
y anuncia al mundo, para más consuelo,
un Monarca, un Imperio y una Espada.



CARLOS V, POR TIZIANO


Garcilaso de la Vega es un ejemplo de aquellas gloriosas empresas en tiempos del emperador, genial poeta muerto heroicamente al pie de la fortaleza de Muy.

Otra muestra de gran poeta que expuso su patrimonio a las victorias del rey fue Gutierre de Cetina, que le dedicó a estos versos:

El vencer tan soberbios enemigos,
sujetar tantos monstruos, tanta gente
con el valor que el cielo en vos derrama,
al siglo por venir serán testigos
del honor que dará perpetuamente
a Carlos Quinto Máximo la fama.


Era lógico que fray Prudencio de Sandoval, por ejemplo, se extasiara al contemplar la triple coronación de Carlos V: en 1520, en Aquisgrán, como emperador del Sacro Romano Imperio; en 1530, en Bolonia, por el papa Paulo III, con la corona de hierro; y con la de oro por el papa, como emperador de Romanos.

En la cumbre del poderío y prestigio de Carlos V, España siguió una aventura universal desligada de la tradición romana y carolingia. Se trataba de descubrir y conquistar el Nuevo Mundo, una empresa moderna y renacentista. Junto a este cometido, España lideró la defensa, la exaltación y la propaganda de la fe y de la Iglesia católica, fuertemente amenazada por la Reforma protestante.

Rubén Darío expresa esta noble hazaña de España en Al rey Óscar:

Sire de ojos azules, gracias por los laureles,
de cien bravos vestidos de honor; por los claveles,
de la tierra andaluza y la Alhambra del moro,
por la sangre solar de una raza de oro,
por la armadura antigua y el yelmo de la gesta,
por las lanzas que fueron una vasta floresta,
de gloria y que pasaron Pirineos y Andes,
por Lepanto y Otumba, por el Perú, por el Flandes,
por Isabel que cree, por Cristóbal que sueña,
y Velázquez que pinta y Cortés que domeña,
por el león simbólico, y la Cruz, gracias, Sire.

¡Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire,
mientras la onda cordial aliente un sueño,
mientras haya una viva pasión, un noble empeño,
un buscado imposible, una imposible hazaña,
una América oculta que hallar, vivirá España!



POSESIONES TERRITORIALES EUROPEAS DE CARLOS V


En los textos de la mayor parte de los escritores del Siglo de Oro, como por ejemplo en los de Fernández Navarrete y Saavedra Fajardo, puede apreciarse una concepción de Castilla como alma y núcleo vital de aquel noble espíritu y enorme empresa. Cuando en Madrid se instauró la Corte de los Habsburgo, Vicente Espinel la llamó "madre del mundo" y "reina universal", y San Barbadillo "madre universal de extranjeros". Y de forma parecida hicieron Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Castillo Solórzano, etc.

Tirso de Molina, por ejemplo, en El caballero de Gracia, dedicó esta redondilla:

¡Oh madre de gente extraña,
madre, punto y excelencia
de la real circunferencia
con que te corona España!


Como diría Ortega y Gasset, se trataba de una España "sin vertebrar", pero había conseguido una unidad política, diversidad de elementos étnicos, sociales y lingüísticos; una heterogeneidad de tradiciones históricas, instituciones políticas, costumbres populares y lenguas y dialectos entre 1500 y 1600.

Fernando de Herrera llegó a la apoteosis en su fervor carolino en:

El excelso rey de España,
oh gran Emperador, gran caballero,
teniendo tu valor, tu ardiente espada,
sublime Carlo, el barbaro africano,
y el espantoso a todos otomano
la altiva frente indina quebrantada.

Alce España los arcos en memoria,
y en columnas a una y otra parte
despojos u coronas de victoria;
que ya en tierra y en mar no queda parte,
que no sea trofeo de tu gloria
ni resta más honor al fiero Marte.


Otro poeta, Bernardo de Balbuena, lanzó sus octavas reales cuando en el Imperio no se ponía el sol:

¿En qué región del mundo sus banderas
no han de dar sombra y asombrar al mundo,
en Persia, África, Arabia y las postreras
islas que ciñe y bate el mar profundo?
Oh, venturosa España…


Y el dramaturgo y guerrero Lope de Vega, llamado "Fénix de los Ingenios", no se quedó corto en cuanto a laudos por la gloria de España:

Cante las armas de Fernando Santo
o el de Aragón en la nevada sierra,
del duque de Alba en la flamenca tierra
y del hijo de Carlos en Lepanto.
Otro cante a Cortés, que por España
levanta las banderas sobre el polo
que cuenco nace el sol, de sombras baña.


PRIMER DESEMBARCO DE CRISTÓBAL COLÓN EN AMÉRICA, POR DIÓSCORO PUEBLA


La Leyenda Negra española, un falso infundio sobre el modo de colonización en el Nuevo Mundo y los procedimientos de la santa Inquisición con el fin de desprestigiar a una España victoriosa y engrandecida quedó contrarrestada por una generación de artistas que componían el llamado 
Siglo de Oro de las Artes españolas: escritores como Cervantes, Quevedo, Góngora, o pintores como Velázquez, Murillo, el Greco, lograron prestigiar al castellano en todo el mundo y elevar el arte español convirtiéndolo en signo de identidad en el extranjero durante siglos.

Dámaso Alonso aplaudió la magia de la literatura dorada de aquel siglo:

Juan de la Cruz prurito de Dios siente,
furia estética a Góngora agiganta,
Lope chorrea y vida canta:
tres frenesí de nuestra sangre ardiente.

Quevedo prensa pensamiento hirviente;
Calderón en sistema lo atiranta,
León herido, al cielo se levanta;
Juan Ruiz, ¡qué cráter de hombredad bullente!

Teresa es pueblo y habla como un oro;
Garcilaso, un fluir, melancolía;
Cervantes, toda la naturaleza.

Hermanos en mi lengua, qué tesoro
nuestra heredad, oh amor, oh poesía,
esta lengua que hablamos, oh belleza.



La mayoría de estos poetas, sobre todo los dramaturgos, no disimulaban los sacrificios, los dolores y las pérdidas, incluso los fracasos parciales, que eran precedentes o consecuencias de aquellas grandes victorias y, con elegancia, no solían despreciar al enemigo. Contratiempos que en modo alguno empañaban la gloria de la patria. Es el caso de Herrera al referirse a la "Armada Invencible" o de Miguel de Cervantes al describir a la desdichada jornada de Argel. En su Soneto al conde de Gelves añadió:

… de España con voz alta y noble aliento
cantaré los triunfos y victoria,
y alzando al cielo igual su eterna gloria
daré a vuestro valor insigne asiento.


Cervantes dedicó unas Canciones a la madre España, en las que no se olvidó de relatar con más gloria que pena la más dudosa de las expediciones de la Real Armada de Felipe II a la invasión de Inglaterra en 1588, donde el rey "prudente" envió sus naves a luchar contra los elementos:

Éstos ansí informados,
entra en el esquadrón de nuestra gente
y allá verás, mirando a todas partes,
mill Cides, mill Roldanes y mill Martes,
valiente aquél, aquéste más valiente;
a estos solos les dirás que miren
para que luego aspiren
a concluir la más dudosa hazaña:
¡Hijos, mirad que es vuestra madre España!

No te pareçca acaso desventura,
¡O España, madre nuestra!,
ver que tus hijos vuelven a tu seno
dejando el mar de sus desgraçias lleno,
pues no los vuelve la contraria diestra:
vuélvelos la borrasca yncontrastable
del viento, mar, y el çielo que consiente
que se alle un poco la enemiga frente,
odiosa al çielo, al suelo detestable,
porque entonçes es çierta la cayda
quando es soberbia y vana la subida.


COMBATE DE LEPANTO


Miguel de Cervantes escribió en el primer capítulo de El Quijote una biografía donde narraba su gloriosa participación en la batalla de Lepanto de 1571. Allí estuvo con la compañía de Urbina en la galera Marquesa y, aunque enfermo y con fiebres, insistió en pelear en primera línea en la "más alta ocasión que vieron los siglos". Recibió tres disparos de arcabuz, dos en el pecho y uno en la mano izquierda que se la dejó inútil, por lo que fue conocido como el "manco de Lepanto":
Alcancé a ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamado Diego de Urbina, y al cabo de algún tiempo que llegué a Flandes, se tuvo nuevas de la liga que la Santidad del papa Pío Quinto había hecho con Venecia y con España contra el enemigo común que es el turco. Súpose que venía de general don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey don Felipe; divulgóse el grandísimo aparato y el dese de verme en la jornada que se esperaba. Digo que yo me halle en aquella felicísima jornada, que fue para la cristiandad tan dichoso porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban creyendo el orgullo y soberbia otomana quebrantada, entre tantos venturosos como allí hubo, yo solo fui el desdichado.

La muerte del pontífice y la división de intereses entre venecianos y españoles disolvieron la alianza e impidieron sacar partido a la victoria asestando un golpe final al Imperio otomano. Pero la gloria de tan grandiosa victoria siempre será recordada por escritores como Fernando de Herrera en la Canción de la victoria de Lepanto:

Cantemos al señor,
que en la llanura venció
del mar al enemigo.
Tú, Dios de las batallas,
tú eres diestra,
salud y gloria nuestra.


Todos los poetas cantaban a la patria, España, pero concentraban su atención en reyes y príncipes, caudillos y capitanes, en los españoles cuya acción y cuyo impulso exaltaron. Por ejemplo, Francisco de Quevedo dedicó un túmulo al cardenal, Francisco Jiménez de Cisneros. Promotor del Humanismo y de expediciones navales sobre varias plazas norteafricanas:

Esta que ves colgada y muda trompa,
que en el silencio sacro
honra de tal varón la noble pompa
y el triste simulacro,
ya fue tiempo que el viento
le dio fuerza de ley en la batalla
que dio a España
más gloria y ornamento.

Ves la agora que calla,
dando lugar a que la Fama suene
lo que en los labios tiene,
por ser en alabanza de su dueño.

Ves las banderas que en el alto ceño
de las torres de Orán, hechas pedazos,
al suelo dieron paz y al aire abrazos;
las armas que vestía,
donde, aumentando en luz,
vio al Sol el día.

Así que, aquestas señas, pasajeros,
os ahorrará el consultar la losa
que nombra al gran Ximénez de Cisneros:
suya es aquesta tumba dolorosa.
Agraviará sin duda a tanto luto
quien de aquí se partiera el rostro enjuto.


COMBATE DE LAS TERCERAS, POR ARTENAVALYMILITAR


En el mundillo en que se movía Felix Lope de Vega fascinaban las galas militares que traían a la corte los ecos de las proezas titánicas que hacían los españoles por mar y tierra. Sentó plaza de soldado por dos veces en los Tercios. La primera vez embarcó en Lisboa en la expedición al mando de Álvaro de Bazán, el marqués de Santa Cruz, quien derrotó a los franceses en las islas Azores durante el combate de las Terceras (isla San Miguel) en 1582. A su almirante general dedicó este soneto:

El fiero turco en Lepanto,
en la Tercera el francés,
y en todo el mar el inglés,
tuvieron de verme espanto.

Rey servido y Patria honrada
dirán mejor quién he sido,
por la cruz de mi apellido,
y con la cruz de mi espada.


Este triunfo u otros muchos hicieron de Álvaro de Bazán el más exitoso e invicto marino de la historia de España, si Blas de Lezo lo permite. Murió pocos meses antes de lanzarse a la más ambiciosa de sus expediciones: la conquista de Inglaterra. Luis de Góngora dedicó estos versos elogiando la brillante carrera del marqués de Santa Cruz, exaltando sus victorias de Lepanto y de Tercera, en el año de su muerte 1588:

No en bronces, que caducan, mortal mano,
oh católico Sol de los Bazanes
que ya entre gloriosos capitanes
eres deidad armada, Marte humano.

Esculpirá tus hechos, sino en vano,
cuando descubrir quiera tus afanes
y los bien reportados tafetanes
del turco, del inglés, del lusitano.

El un mar de tus velas coronado,
de tus remos el otro encanecido,
tablas serán de cosas tan extrañas.

De la inmortalidad el no cansado
pincel las logre, y sean tus hazañas
alma del tiempo, espada del olvido.



En cambio, al almirante Alonso de Contreras dedicó Lope de Vega una comedia, El rey sin reino. Según el almirante:

En nuestras mentes conservamos,
la grandeza del ayer,
tenemos voluntad de imperio,
que tendrá que renacer.




ÁLVARO DE BAZÁN EN EL COMBATE DE LAS TERCERAS



Hay un autor que vio en ello una especie de orgullo humano, de raza, más que nacional, la altiva arrogancia del español "con el mítico fulgor de la asistencia divina a un pueblo predestinado a regir el orbe y a la sublime misión de extender la religión revelada por todos los confines de la tierra".

Fue surgieron una prolífica e interesante literatura de la época, basada sobre todo en cuestiones militares. La vida y la conducta del soldado tienen ilustres precedentes clásicos, como por ejemplo Plauto y Terencio con sus obras Soldadesca y Tinellaria y la Comedia Rubena, y curiosamente, había tipos y acciones muy parecidas a los que en el siglo XVII llenaron elementos y escenas en las guerras de Flandes y de Italia. Son temas de marcada preferencia en las comedias y dramas de Calderón, Lope, Tirso y demás.

Es una literatura gloriosa en un tono levemente despectivo. Así lo explica Karl Vossler: son obras que sólo ven lo material e ignoran toda clase de ideas, creencias o aspiraciones que no sean españolas; lo no español es como si no existiera. En general, se trata de obras teatrales en verso que llevan a sus autores a un triunfalismo al borde de la exageración, una especie de ilusionismo que ignora cualquier signo de decadencia de la nación. "Para sus autores España sigue siendo la reina de las naciones y el centro del universo". Para encontrar una cierta preocupación sobre el presente y oscuros augurios para el porvenir, hay que ir a la prosa, pero no al teatro y a la poesía.

Por esas razones, autores como Calderón eligieron para sus obras hechos históricos de tiempo de los Reyes Católicos, con brillantes escenarios históricos de desfiles, paradas, príncipes y magnates, en contraste con el teatro mucho más medievalista de Lope, con todos sus personajes más pasionales y humanos, con reyes de carne y hueso, en pos de la justicia y en contacto con sus vasallos.

Lope y Calderón son, cada uno en su estilo, fiel reflejo de su época, de los españoles de los siglos XVI y XVII, de su tradición y de su Catolicismo, que produjo una numerosa legión de místicos, de ascetas y de santos. Completaban así, en el aspecto religioso, la obra que realizaba la milicia de las armas. Por algo se llamó Compañía, a lo militar, a la orden fundada por el combatiente vasco en la resistencia de Pamplona, Ignacio de Loyola, santo entre los santos españoles de la hornada de los siglos XVI y XVII.


EL SOCORRO DE BRISACH, POR JUSEPE LEONARDO


El soldado español estaba a la vanguardia de los Tercios de la Monarquía hispánica, infante destinado a la gloria, con instinto guerrero de raza. Aquel soldado patriota que estuvo manteniendo el honor de España era un muchacho de Soria, de Jaén, de Lugo o de Murcia, tal vez como aquel capitán poeta Francisco de Aldana:

Este es el dulce son que acá se siente
España, Santiago, cierra, cierra!
¡oh, solo de hombres digno y noble estado!


Los combatientes españoles, capitanes o soldados, sentían en común un patriotismo, tal vez difícil de comprender en la actualidad. En ese ardor no había diferencias ni clases, sí a veces en las conductas fuera del campo de batallas. Puede hablarse de la fama de jactanciosos, de fanfarrones, de burladores de mujeres, que tenían los nuestros en todos los países de Europa. Fama justa pero exagerada por nuestros enemigos:

Qué doncella retirada de soldado está segura?
Promete, enamora u jura y después no cumple nada.


Lope de Vega lo contó como fiel cronista, aunque paternalmente afea estas conductas:

Vos sois hermosa y discreta y juzgáis como sabéis.
Soldado soy, no de aquellos sangrientos que imagináis.



LA RENDICIÓN DE BREDA, POR DIEGO VELÁZQUEZ


Con todos sus vicios y sus lacras aquellos hombres de los Tercios eran un claro exponente de bizarría. Calderón, en su obra El sitio de Breda, escribió en fragmentos de un vivaz diálogo entre una doncella y un soldado:

- ¿Sois español?

- Sí, ¿en qué los visteis?

- Lo vi en que sois tan arrogante.
No queréis ignorar nada.
todo a su brío lo fía,
la española bizarría,
con presunción confiada.


Y, más adelante, prosiguió Calderón:

Estos son españoles, ahora puedo
hablar encareciendo estos soldados,
y sin temor, pues sufren a pie quedo 
con un semblante, bien o mal pagados.

Nunca la sombra vil vieron de miedo
y aunque soberbios son, son reportados.
Todo lo sufren en cualquier asalto.
Sólo no sufren que les hablen alto.

Bernardo de Balbuena utilizó el mismo tono:

¿Quién a un brazo español en osadía
Y atrevido además pasó adelante
O al trato hidalgo y noble cortesía
Igualar pudo en ánimo arrogante?


LA RENDICIÓN DE JULIER, POR JUSEPE LEONARDO


El poema En Flandes se ha puesto el sol de Eduardo Marquina explica que el grueso de los Tercios de Infantería estaba formado por los hijos segundones de familias hidalgas y de casas nobiliarias que no percibían la herencia familiar (segundón de casa grande) y cuyo oficio más habitual era la Armada, el Ejército o la Iglesia. La percepción de la mayor de las herencias sería para cualquier hidalgo segundón comparable a poner una pica en Flandes:

No os preguntarán por mí,
que en estos tiempos a nadie
le da lustre haber nacido
segundón de casa grande;
pero si pregunta alguno,
bueno será contestarle
que, español, a toda vena,
amé, reñí, di mi sangre,
pensé poco, recé mucho,
jugué bien, perdí bastante,
y, porque esa empresa loca
que nunca debió tentarme,
que, perdiendo ofende a todos,
que, triunfando alcanza a nadie,
no quise salir del mundo
sin poner mi pica en Flandes.


"La patria España es el rey" era dicho por el soldado Mondragón en Don Juan de Austria en Flandes, obra de Lope de Vega:


El Rey nuestro señor es
del honor de España el alma,
gran defensor de la fe,
mar de nuestras esperanzas.



EL SOCORRO DE GÉNOVA, POR ANTONIO DE PEREDA


Pedro Calderón de la Barca fue junto a Cervantes y Lope de Vega, otro de los grandes literatos soldados del Siglo de Oro de las Artes y las Letras españolas. Sentó plaza de soldado en Flandes y en Italia durante la Guerra de los Treinta Años. Sus obras reflejan su experiencia de soldado. En los hermosos versos de Para vencer a amor, querer vencerle, Calderón elogiaba el modo de entender la vida que tenían los soldados de los tercios que ha perdurado a través de los siglos. En esta obra, el protagonista llegaba al campamento de Carlos V y explicaba al criado, que hace de antihéroe, qué es un ejército, con versos que desde entonces aprenden los cadetes españoles en su primer día de Academia:

Oye y sabrás dónde estás:
ese ejército que ves,
vago al hielo y al calor,
la república mejor
y más política es del mundo
en que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda
sino por la que él adquiere;
porque aquí, a la sangre excede
el lugar que uno se hace,
y sin mirar cómo nace,
se mira cómo procede.

Aquí la necesidad no es infamia,
y si es honrado,
pobre y desnudo el soldado
tiene mayor calidad
que el más galán y lucido;
porque aquí, a lo que sospecho,
no adorna el vestido el pecho,
que el pecho adorna el vestido:
y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más
y de aparecer lo menos.

Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo como ha de ser
es ni pedir ni rehusar.
Aquí en fin la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la fineza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados,
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.



BATALLA DE ROCROI, POR AUGUSTO FERRER-DALMAU


La defensa española de Castelnuovo generó la admiración de toda Europa. El asedio les costó a los turcos cerca de 20.000 bajas y el sacrificio español sirvió para retener unas fuerzas que de otro modo hubieran podido causar verdaderos estragos en Occidente. Esta hazaña fue tomada como un ejemplo del valor hispánico, comparando a estos españoles con héroes mitológicos, y provocó que se compusieran numerosos poemas y canciones. Poetas como Fernando de Herrera, Gutierre de Cetina y Luigi Tansillo lo reflejaron en sus versos. Tras la lucha, durante mucho tiempo los cadáveres quedaron sin enterrar y sus huesos a la vista del viajero.

Gutierre de Cetina dedicó un soneto A los huesos de los españoles muertos en Castelnuovo, con estos impresionantes versos:

Héroes gloriosos, pues el cielo
os dio más parte que os negó la tierra,
bien es que por trofeo de tanta guerra
se muestren vuestros huesos por el suelo.

Si justo es desear, si honesto celo
en valeroso corazón se encierra,
ya me parece ver, o que sea tierra
por vos la Hesperia nuestra,
o se alce a vuelo.

No por vengaros, no, que no dejastes
a los vivos gozar de tanta gloria,
que envuelta en vuestra sangre la llevastes;
sino para probar que la memoria
de la dichosa muerte que alcanzastes,
se debe envidiar más que la victoria.


Testigo presencial de los acontecimientos bélicos de su época fue el poeta toledano Gerardo Lobo, quien dedicó un precioso poema al Ejército español con el título Soneto al salir la expedición de España contra Orán:

Ve, lucido escuadrón, ve, fuerte armada
del monarca de España empeño augusto,
y el pendón infeliz del moro adusto
su luna llore en tí siempre eclipsada.

Vete, y vuelve de triunfos coronada.
Gloria de Dios, y de la patria gusto,
haga en los moros tanto estrago el susto,
que quede en ocio la invencible espada.

Contra viles sectarios mahometanos.
¡Ah, Señor! de su causa no te olvides,
que en tu brazo se fían, no en sus manos.

Vuelve en triunfos, Señor, todas sus lides,
tiempo es ya de que en leones africanos
la clava esgrima el español Alcides.